EN
algún punto todo fue demasiado, por un lado la nada que se sentía cuando
bailaba, que aunque era pasajero y no siempre sucedía, era lo que más
disfrutaba de mis clases o de las milongas. Pero cuando no era así, la ansiedad
se volvía a hacer presente, pensamientos tan automáticos que me dejaban sentir
tanta angustia y miedo que a veces me descubría pensando en no volver más a
Tango.
--Si
ya sabes que no puedes, ¿a qué vas?--
--Todos
te van a juzgar--
--Nunca
te va salir --
--Te
ves Ridícula--
Imagina
pensar eso de manera persistente, repetitiva y muchas veces incontrolable
mientras haces aquello que por increíble que pareciera, era lo único que me
alejaba un poco de la realidad y me llevaba a un lugar libre, un lugar de
movimientos y de conocimiento propio. Cada idea fue acumulándose, no eran
batallas ganadas, eran encuentros ignorados en los que a pesar de no alimentar
la ansiedad, tampoco la eliminaba.
Además
del baile, para esos momentos había retomado mi vida de estudiante en una
maestría, siempre había sido buena para eso, a pesar del costo que representaba
en mi vida: ansiedad, gastritis, estrés y demás. Por mucho tiempo, a pesar de
mi deseo de seguir estudiando, había permitido que una “solidaridad” fantasma
hacia el que en ese entonces era mi pareja y quien no tenía la oportunidad de
hacerlo, me detuviera de alcanzar esta meta; me decía: “Lo voy a hacer sentir
mal”, “no puedo hacerle eso a alguien a quien quiero tanto” y estúpidamente deje
que esa “apoyo” hacia alguien que termino siendo una persona completamente
diferente, me alejara de una meta clara para mí.
Las
clases eran interesantes y de temas que conocía con cierta profundidad, pero de
alguna manera me sentía intimidada por el contexto donde estaba, por lo que
cada sábado, al despertar, lo primero que pensaba era “¿y si me da ansiedad?” “¿Y
si me siento mal?” y además de eso sentía tantas cosas en mí: ardor, nauseas,
temblor y angustia; era tanta mi inquietud que pensé que lo mejor era renunciar
a las clases y tomarlas todas en línea, sin tener que salir de mi casa para
ello, una buena solución, ¿no?
-Si,
definitivamente es una buena solución, así ya no vas a sentir ansiedad—
-Es
mejor que te quedes en casa—
-No
salgas—
Así
de fácil mi cabeza me daba las “respuestas” que necesitaba y ese fue el punto
de alerta en el que dije no puedo más, había estado yendo al gastroenterólogo,
había estado tomando medicamento, había adelgazado. Era suficiente, no estaba
disfrutando una sola cosa de las que hacía y comenzaba a sentir que me perdía
en las ideas que asaltaban con tanta insistencia.
Fue
así que volví a hablar con mi Psiquiatra, por un lado sabía que era la
respuesta, pero por otro estaba un tanto decepcionada de mí, ¿Otra vez? ¿Iba a
necesitar medicamentos de nuevo? Me odiaba un poco por estar de nuevo frente a
esa incertidumbre. Le mandé un mensaje y me dijo –Habla con mi asistente y saca
una cita-- Así lo hice y en la espera de
esa cita, seguían adoleciendo mi cuerpo y mi cabeza.
A
los pocos días me vi de nuevo en ese sillón, sosteniendo ese cojín y viendo
directamente hacia el mueble donde ella tiene todos sus libros, escuchándola mientras
me preguntaba qué era lo que sucedía, qué me había llevado de nuevo ahí. Le
conté todo con la exactitud suficiente para que comprendiera lo mal que me
sentía en esos momentos; era como si estuviera contado la historia a mi reflejo
en el espejo. Preguntas posteriores y respuestas no tan alentadoras la llevaron
a sacar un pequeño instrumento para el que debía responder en base a una escala
y de ahí se desprendió una noticia que no me gustaba para nada.
Preguntas
más, preguntas menos:
¿Experimentas
molestias gástricas? –Pff, 24/7
¿Te
sientes incomoda entre la gente y lugares concurridos? –Ja, es la única constante
que he tenido últimamente
¿Ansiedad,
temblores, angustia? – Como si nunca se hubieran ido de mi vida
Cada
respuesta que le daba me hacía ver que no me encontraba en la mejor situación de
mi vida, escucharme hacía que se me revolviera el estómago y pensaba que no
podía ser posible que 7 años después de nueva cuenta, así de mal.
Cuando
terminó la prueba y las ideas posteriores a ella, sacó su recetario y comenzó a
prescribir lo que iba a necesitar: Altruline, ese viejo amigo que tomé por
mucho tiempo y al que para nada extrañaba y un nuevo ansiolítico, más ligero
que los otros, pero igual de entristecedor. Escuchar las indicaciones que me
daba, las dosis, el tiempo y algunos cupones de descuento hizo que comenzara a
llorar, lo hice y mucho.
--¿No
quieres tomar medicamentos?—Me preguntó
Mi
respuesta fue lo primero que en ese momento pudo salir de mi boca:
--Nunca
me ha preocupado tomarlos, sé que me van a ayudar, no me da miedo eso, pero
chingado, ¿Otra vez? Ya no quiero, quiero ser normal, quiero no necesitarlos—
Obviamente
en ese momento no había nada más que hacer, me extendió la receta y pidió que
nos viéramos en un mes más. Salí del consultorio sintiéndome esperanzada porque
sabía que comenzaría la subida de nuevo hacia el lugar donde todo puede verse
más claro, pero también me sentía derrotada una vez más por eso que es
invisible pero que en ocasiones siento que será mi compañera durante toda la
vida.
A
mis papás tampoco les quedó otra opción más que aceptar la nueva, pero ya
conocida situación. Para ellos era igualmente desagradable el verme consumir
pastillas para tranquilizarme y para corregir todo lo que en ese momento no
funcionaba bien, pero igual tuvieron que reconocer que no había mejor opción.
De inmediato surtí los medicamentos, no sin las miradas recelosas y hasta
cierto punto juiciosas de quienes en la farmacia se veían en la necesidad de
pedirme la receta, de pedirme mi identificación, y mi información de contacto
personal solamente para poder revisar si en la tienda tenían o no lo que yo
necesitaba con urgencia.
Me
los dieron, y de nuevo, como por arte de magia ante la primera pastilla que
puse debajo de mi lengua, tuve la dicha de sentir paz de nuevo, mucho sueño
también, pero eso era sólo cuestión de habituarme de nuevo, lo importante era que comenzaba a sentirme
mejor, así de fácil, así de rápido.