Pasaron los días y así, de pronto, estaba a solamente una noche de volver a entrar al quirófano. Había estado hablando con mi Psiquiatra para evitar que esta nueva situación trajera consigo heridas profundas y retrocesos significativos a mi recuperación; yo ya había pisado muchas veces un hospital, ya había entrado al quirófano, ya había estado bajo la lupa de infinidad de doctores y de procedimientos y ya no quería, no podía más. Esa noche el insomnio llegó a mí y ni la música, ni las respiraciones ni los medicamentos me ayudaron a filtrar de mi cabeza la idea de verme una vez más en ese cuarto frío rodeada de médicos, llena de tubos y monitores.
La mañana de la cirugía todos nos levantamos temprano, mi hermano se quedó a cargo de alguien más (como siempre sucedía) mientras que yo subía de nuevo al coche para recorrer el camino hacia el hospital. Hacer ese trayecto me ponía a pensar en todos y cada uno de los momentos en que terminaba en la sala de urgencias con crisis tan fuertes que me hacían patear, golpear o sacudir el coche sin importar nada ni nadie, dominada por la angustia y el sufrimiento que no sabía cómo expresar y buscando de alguna manera obtener un momento de paz ante lo que mi propia cabeza generaba. Esta vez era diferente, no había crisis, llantos, gritos, ni nada de eso, pero sí había una promesa de que ese instrumento que me ayudaba a comer se quedaría conmigo todavía por un tiempo indefinido.
Llegamos a admisión para realizar el mismo proceso de ingreso, entré a la sala de urgencias para que me prepararan, me canalizaron, revisaron las condiciones de la sonda y esperaron a que llegaran los médicos importantes para que todo comenzara. Para ese momento yo ya conocía a mi nuevo huésped, un pequeño botón que se abría como si abrieras una envase de jugo cualquiera, sí, era mucho menos visible pero se veía mucho más permanente y eso me asustaba aún más que la cirugía misma.
Al poco tiempo, mi camilla comenzó a moverse, mis padres ya se habían despedido y aguardaban en la sala de espera del quirófano mientras yo recorría los pasillos neutros del hospital hasta llegar a un pequeño cuarto todavía más blanco lleno de enfermeras y otras personas que no sabía lo que eran. Me cambiaron a la camilla al centro del lugar y comenzaron a conectarme a más monitores: ritmo cardíaco, presión, respiración etcétera, y fue justo en ese momento que mi ansiedad comenzó a elevarse, los recuerdos de las veces que estuve en esa situación traían consigo las mismas emociones.... ¿por qué estaba ahí otra vez? ¿no ha sido ya suficiente? ¿puede todavía el pozo ser más hondo? ¿puede doler aún más? Todo eso me preguntaba y, mientras esperaban al anestesiologo, dentro de mi cabeza comencé a buscar razones por las que merecía haber vivido todo lo que hasta ese punto había sucedido, ¿era un castigo divino? ¿era para darle una lección a alguien? ¿había sido una persona tan mala?
Esa búsqueda se vio interrumpida cuando por fin llegó el médico que me pondría a dormir; recuerdo que mi gastroenterologo había tratado de mantenerme tranquila prometiéndome que todo saldría bien y que no tenía nada de qué preocuparme, lo hizo hasta el momento justo en que ese líquido espeso (al menos así se ve) comenzó a entrar a mi cuerpo, al poco tiempo de eso mi cuerpo dejó de ser mío y una vez más dejé de existir para que ellos, "los que saben", pudieran retirar la sonda provisional que tanto me había costado y colocar en su lugar ese pequeño e inofensivo tapón que iba con toda la intención de mantenerse ahí por un período muy largo de tiempo.
El procedimiento duró poco y el médico comenzó a despertarme cuando todavía estaba dentro del quirófano: "todo salió bien", "vamos a recuperación." Yo no estaba consciente todavía de lo que recién había pasado hasta que ya en un estado mucho más alerta pude tocar en mi cuerpo a mi nuevo huésped ya instalado; no quería verlo, no quería nada que me atara todavía a todo lo que había sucedido conmigo, a la "vida" que había llevado y que apenas estaba recuperando. El gastroenterologo habló con mis padres para decirles que todo había salido perfecto, que era mucho mejor este aparato, que no habría ningún problema y otras tantas cosas. Yo lo oía casi sin entender y pensando ¿Cómo puede alguien decir que todo salió perfecto?, ¿ Cómo puede él hablar de que esto es lo mejor cuando yo lo único que quiero es terminar mi relación con los hospitales y con todo lo que esos lugares representaban?
Ni siquiera hubo necesidad de mantenerme muchos días internada, afortunadamente no hubo dolor, ni infecciones ni nada que contradijera la "perfección" del procedimiento; así que, tras darme de alta, mis padres y yo hicimos de nueva cuenta el mismo recorrido ahora rumbo a nuestra casa para comenzar de nuevo nuestras vidas en donde las habíamos dejado.
Aunque retomé mi vida y mis actividades de siempre: ir a la escuela, convivir con mis amigos, salir a jugar, alimentarme con ayuda de mi botón nuevo, etcétera, me sentía un tanto estancada pensando en que la posibilidad de ser yo, sólo yo, estaba todavía muy lejos de ser; sin embargo, poco a poco y con ayuda de las sesiones mi grupo,de la musicoterapia y de la reestructuración que lograba conmigo la psiquiatra retomé de nueva cuenta la fuerza que necesitaba para hacer frente, primero, a las ideas en mi cabeza que sanguijuelas se pegaban a mi cabeza haciéndome pensar en que todo podía repetirse y,segundo, a la compañía constante del botón que funcionaba no como un auxiliar en mi alimentación, para mí era el recordatorio claro de que nada había terminado aún.
Los momentos más difíciles del tiempo de ese aparato conmigo eran cuando me bañaba y cuando debía elegir qué ropa usar. Cada vez que entraba a la regadera y debía retirar las gasas para hacer limpieza pensaba en todo lo que simbolizaba, pensaba en que su presencia en mi cuerpo estaba determinada por la imposibilidad de muchas personas de descubrir lo que estaba sucediendo conmigo y que me había llevado a experimentar las más horribles y aplastantes emociones que alguien puede sentir, además, me hacía sentir fea, defectuosa e imposibilitada para ser atractiva para alguien más, todo eso se iba conmigo también al momento de escoger la ropa con la que me vestiría, no podía usar blusas cortas ni ajustadas ni nada de lo que todas las demás usaban porque en mi estomago se veía la evidencia clara de que algo más había ahí.
No obstante, aprendí a aceptarlo pero no a hacerlo parte de quien era, existía solamente cuando era necesaria su presencia. Muy poca gente en mi escuela sabía de él y como a partir de esa última entrada al quirófano todo había retomado su curso de nuevo, decidí que era mejor así. Todo esto , la ansiedad, la sonda, los tranquilizantes y mi vida en el hospital existían en la medida en que yo lo alimentaba así que lo mejor fue no hacerlo más, con la esperanza última de que tarde o temprano todo quedara para siempre en el pasado como un capítulo malo de un libro que todavía no terminaba.