lunes, 30 de marzo de 2015

Pasaron los días y así, de pronto, estaba a solamente una noche de volver a entrar al quirófano. Había estado hablando con mi Psiquiatra  para evitar que esta nueva situación trajera consigo heridas profundas y retrocesos significativos a mi recuperación; yo ya había pisado muchas veces un hospital, ya había entrado al quirófano, ya había estado bajo la lupa de infinidad de doctores y de procedimientos y ya no quería, no podía más. Esa noche el insomnio llegó a mí y ni la música, ni las respiraciones ni los medicamentos me ayudaron a filtrar de mi cabeza la idea de verme una vez más en ese cuarto frío rodeada de médicos, llena de tubos y monitores.

La mañana de la cirugía todos nos levantamos temprano, mi hermano se quedó a cargo de alguien más (como siempre sucedía) mientras que yo subía de nuevo al coche para recorrer el camino hacia el hospital. Hacer ese trayecto me ponía a pensar en todos y cada uno de los momentos en que terminaba en la sala de urgencias con crisis tan fuertes que me hacían patear, golpear o sacudir el coche sin importar nada ni nadie, dominada por la angustia y el sufrimiento que no sabía cómo expresar y buscando de alguna manera obtener un momento de paz ante lo que mi propia cabeza generaba. Esta vez era diferente, no había crisis, llantos, gritos, ni nada de eso, pero sí había una promesa de que ese instrumento que me ayudaba a comer se quedaría conmigo todavía por un tiempo indefinido.

Llegamos a admisión para realizar el mismo proceso de ingreso, entré a la sala de urgencias para que me prepararan, me canalizaron, revisaron las condiciones de la sonda y esperaron a que llegaran los médicos importantes para que todo comenzara. Para ese momento yo ya conocía a mi nuevo huésped, un pequeño botón que se abría como si abrieras una envase de jugo cualquiera, sí, era mucho menos visible pero se veía mucho más permanente y eso me asustaba aún más que la cirugía misma.

Al poco tiempo, mi camilla comenzó a moverse, mis padres ya se habían despedido y aguardaban en la sala de espera del quirófano mientras yo recorría los pasillos neutros del hospital hasta llegar a un pequeño cuarto todavía más blanco lleno de enfermeras y otras personas que no sabía lo que eran. Me cambiaron a la camilla al centro del lugar y comenzaron a conectarme a más monitores: ritmo cardíaco, presión, respiración etcétera, y fue justo en ese momento que mi ansiedad comenzó a elevarse, los recuerdos de las veces que estuve en esa  situación traían consigo las mismas emociones.... ¿por qué estaba ahí otra vez? ¿no ha sido ya suficiente? ¿puede todavía el pozo ser más hondo? ¿puede doler aún más? Todo eso me preguntaba y, mientras esperaban al anestesiologo, dentro de mi cabeza comencé a buscar razones por las que merecía haber vivido todo lo que hasta ese punto había sucedido, ¿era un castigo divino? ¿era para darle una lección a alguien? ¿había sido una persona tan mala?

Esa búsqueda se vio interrumpida cuando por fin llegó el médico que me pondría a dormir; recuerdo que mi gastroenterologo había tratado de mantenerme tranquila prometiéndome que todo saldría bien y que no tenía nada de qué preocuparme, lo hizo hasta el momento justo en que ese líquido espeso (al menos así se ve) comenzó a entrar a mi cuerpo, al poco tiempo de eso mi cuerpo dejó de ser mío y una vez más dejé de existir para que ellos, "los que saben", pudieran retirar la sonda provisional que tanto me había costado y colocar en su lugar ese pequeño e inofensivo tapón que iba con toda la intención de mantenerse ahí por un período muy largo de tiempo.

El procedimiento duró poco  y el médico comenzó a despertarme cuando todavía estaba dentro del quirófano: "todo salió bien", "vamos a recuperación." Yo no estaba consciente todavía de lo que recién había pasado hasta que ya en un estado mucho más alerta pude tocar en mi cuerpo a mi nuevo huésped ya instalado; no quería verlo, no quería nada que me atara todavía a todo lo que había sucedido conmigo, a la "vida" que había llevado y que apenas estaba recuperando. El gastroenterologo habló con mis padres para decirles que todo había salido perfecto, que era mucho mejor este aparato, que no habría ningún problema y otras tantas cosas. Yo lo oía casi sin entender y pensando ¿Cómo puede alguien decir que todo salió perfecto?, ¿ Cómo puede él hablar de que esto es lo mejor cuando yo lo único que quiero es terminar mi relación con los hospitales y con todo lo que esos lugares representaban?

Ni siquiera hubo necesidad de mantenerme muchos días internada, afortunadamente no hubo dolor, ni infecciones ni nada que contradijera la "perfección" del procedimiento; así que, tras darme de alta, mis padres y yo hicimos de nueva cuenta el mismo recorrido ahora rumbo a nuestra casa para comenzar de nuevo nuestras vidas en donde las habíamos dejado. 

Aunque retomé mi vida y mis actividades de siempre: ir a la escuela, convivir con mis amigos, salir a jugar, alimentarme con ayuda de mi botón nuevo, etcétera, me sentía un tanto estancada pensando en que la posibilidad de ser yo, sólo yo, estaba todavía muy lejos de ser; sin embargo, poco a poco y con ayuda de las sesiones mi grupo,de la musicoterapia y  de la reestructuración que lograba conmigo la psiquiatra retomé de nueva cuenta la fuerza que necesitaba para hacer frente, primero, a las ideas en mi cabeza que sanguijuelas se pegaban a mi cabeza haciéndome pensar en que todo podía repetirse y,segundo, a la compañía constante del botón que funcionaba no como un auxiliar en mi alimentación, para mí era el recordatorio claro de que nada había terminado aún. 

Los momentos más difíciles del tiempo de ese aparato conmigo eran cuando me bañaba y cuando debía elegir qué ropa usar. Cada vez que entraba a la regadera y debía retirar las gasas para hacer limpieza pensaba en todo lo que simbolizaba, pensaba en que su presencia en mi cuerpo estaba determinada por la imposibilidad de muchas personas de descubrir lo que estaba sucediendo conmigo y que me había llevado a experimentar las más horribles y aplastantes emociones que alguien puede sentir, además, me hacía sentir fea, defectuosa e imposibilitada para ser  atractiva para alguien más, todo eso se iba conmigo también al momento de escoger la ropa con la que me vestiría, no podía usar blusas cortas ni ajustadas ni nada de lo que todas las demás usaban porque en mi estomago se veía la evidencia clara de que algo más había ahí.

No obstante, aprendí a aceptarlo pero no a hacerlo parte de quien era, existía solamente cuando era necesaria su presencia. Muy poca gente en mi escuela sabía de él y como a partir de esa última entrada al quirófano todo había retomado su curso de nuevo, decidí que era mejor así. Todo esto , la ansiedad, la sonda, los tranquilizantes y mi vida en el hospital existían en la medida en que yo lo alimentaba así que lo mejor fue no hacerlo más, con la esperanza última de que tarde o temprano todo quedara para siempre en el pasado como un capítulo malo de un libro que todavía no terminaba.

sábado, 14 de marzo de 2015

El fin de ese ciclo representaba, de alguna manera, la cúspide de mi éxito, verme sentada en ese salón y rodeada de todos los demás, esperando para recoger el pedazo de papel que acreditaba que una parte había terminado era la validación que faltaba de que ahora todo estaba mejor, de que esas ideas, voces o intrusos en mi cabeza se habían apaciguado (al menos por ahora) y me estaban dando tregua para que fuera yo más normal  y sin tantos demonios que perseguir. Pero, al mismo tiempo, era una puerta que no sabía si podía atravesar, era un nuevo reto al que ya debía hacer frente sin tantos respaldos y sin tantas redes que pudieran protegerme si me caía de nuevo.

La cautela fue una de mis mejores aliadas al inició de mi época en la secundaria ya que la clase de medicamentos que tomaba para contener mis ideas y tranquilizar mi cuerpo no era algo que pudieras ir diciendo por la vida como si hablaras de suplementos de alimentación y la extensión que tenía y que salía de mi estómago ayudándome a mantener mi peso tampoco era algo que me gustaba presumir, ya había aceptado su presencia, pero no la había adoptado como una parte permanente de mí.

En mi nuevo grupo había mucha gente que ya eran mis amigos y otra tanta que no, pero que al poco tiempo lo fueron también. Disfrutaba de las cosas nuevas que estaba viviendo y fácilmente me había enrolado en la nueva rutina, en las nuevas actividades y en las nuevas pláticas y relaciones que ese nuevo ciclo había traído consigo.

Para ese entonces yo seguía experimentando crisis, no iguales, no tan intensas ni tan abrumadoras, pero había momentos en los que tocaban a mi puerta ideas apremiantes y discursos fatales que hacían que mi corazón se agitara, que mis manos temblaran y que la sensación de ahogo llegara a mi cuerpo; yo terminaba por abrir ligeramente esa puerta para poder enfrentarme con seguridad a cada una de esas ideas, algunas veces lo lograba rápidamente y otras tantas me costaba un poco más de trabajo, pero siempre era yo quien ganaba.

Parte de ese éxito se debía a que seguía de cualquier manera el camino con mi Psiquiatra, continuábamos dentro de grupo de apoyo hablando de nuestras voces o intrusos , escuchábamos atentamente la manera en que cada uno de nosotros se enfrentaba a ellos y entre todos formábamos una comunidad diferente en la que nos ayudábamos y apreciábamos pero deseábamos también no haber tenido que conocernos, al menos no así. 
Cada uno ganaba o perdía luchas constantes contra sus propios intrusos y se sentían juzgados o rechazados por muchas personas, incluso familia o amigos, pero no ahí, ya que en ese cuarto todos habíamos sido o éramos presa todavía de nuestra cabeza y podíamos, aunque fuera por el tiempo que duraban las sesiones, sentirnos en un ambiente completamente protegido. Ahí éramos algo más que el diagnóstico que teníamos marcado en nuestra frente.

Las sesiones, los días, las materias y otros momentos fueron pasando...era hasta cierto punto increíble que mi estabilidad se hubiera mantenido por tanto tiempo; todavía no hablábamos de retirar la sonda o de disminuir el medicamento, pero todo iba bien, todo se movía bien aunque no por mucho tiempo. Todas las mañanas, como todos los días, me despertaba temprano junto con mi mamá para preparar los vasos de comida, pasarlos a mi cuerpo, bañarme e irme a la escuela y ese día no fue la excepción...La rutina comenzó a la misma hora de siempre aunque a mitad de mi "comida" algo se complicó, el globo que estaba dentro de mí y que mantenía la sonda en su lugar se reventó, así sin más y todo e equipo salió de mí: la manguera, a base, el globo, todo.

Por unos segundos ninguna de las dos reaccionó, mi mamá se quedó sosteniendo el embudo y la manguera y yo me quedé inmóvil hasta que mi mamá gritó, le gritó a mi papá que en ese momento se estaba bañando para que viniera a ayudarnos a reaccionar o a pensar qué hacer. Yo todavía estaba acostada en la cama sin saber si podía moverme o no, la sonda ya no estaba ahí y en su lugar había un agujero, una abertura por la que fácilmente podía haber entrado cualquier cosa; mi papá como pudo tomó el teléfono para hablare a mi Gastroenterólogo quien nos indicó que me tapara con una gasa y que en ese mismo momento nos fuéramos al hospital y eso hicimos. Yo tenía miedo de pararme, de tocarme, de caminar e incluso de respirar, era demasiado extraño para mí caminar sabiendo que había un agujero en mi estómago aunque para ese entonces ya muy pocas cosas se me hacían imposibles.

Llegamos a la sala de urgencias donde ya había un medico esperándonos, de inmediato me pasaron a una sala donde había varias camillas separadas por cortinas, me recostaron y me pidieron que esperara a mi médico quien al poco tiempo llegó para revisar y valorar la situación en la que nos encontrábamos. Recuerdo que me dijo: -estas heridas cicatrizan muy rápido, si ustedes se hubieran tardado más quizá ya hasta hubiera cerrado, qué bueno que llegaron a tiempo, lo malo aquí es que necesito meter ya una nueva sonda y no nos da tiempo de hacerlo en el quirófano- esto lo iba diciendo mientras sacaba materiales nuevos y los ponía en una mesita: gasas, jeringas, hisopos, y una nueva sonda de color verde. Para cuando terminó de hacer estas dos cosas, me dijo -tenemos que ponerla ya, quizá te va a doler mucho pero vas a tener que ser fuerte y aguantar-

Dentro de todo lo que me decía y o que veía logré descifrar lo que me había dicho entre líneas "te vamos a poner una sonda provisional, en este momento, así, sin anestesia." Mi mente se heló ante el miedo que sentía, aunque no me dieron mucho tiempo para pensar o sentir un poco más ya que, de pronto, ya estaba siendo sostenida por un enfermero mientras el doctor limpiaba el agujero que estaba ahí, se aseguró de que todo estuviera en condiciones y así, sin más, insertó la nueva sonda. Decidí no ver todo el proceso, ya que el dolor que sentí al momento en que la nueva sonda estaba entrando a mi cuerpo me hizo no ver, no escuchar y no sentir nada más...grité, lloré y pensé que por más que lo intentara, mi vida nunca sería tan normal o sencilla como la de los demás.

Fue muy poco tiempo el que duro ese proceso, así que a los pocos minutos ya tenía yo un nuevo huésped aunque su estancia sería mucho más corta ya que el médico nos dijo que al ser una sonda provisional era mucho más probable que se saliera con mayor facilidad así que era necesario pedir una nueva y más práctica, un modelo más reciente por decirlo de alguna manera, y en cuanto llegará con nosotros debíamos agendar también mi entrada al quirófano para que fuera colocada. Yo ya no quería saber de eso, yo ya no quería entrar a quirófanos, a salas de urgencias, ya no quería ponerme batas de hospitales y respirar ese aire de limpieza tan característico que poseen esos lugares, pero era algo que no podía evitar así que me fui de ahí con la consigna clara de regresar a que por una vez más jugaran con mi cuerpo.





jueves, 5 de marzo de 2015

Conforme pasaba el tiempo yo continuaba adaptándome a la escuela, a tareas, a ver a mis amigos, convivir con ellos y todo lo que de manera normal alguien de esa edad hacía. Mis citas con la Psiquiatra continuaban ahora cada mes, mis medicamentos seguían igual y aunque comenzaba a ingerir más alimento por la boca, todavía utilizábamos la sonda cada día de la semana; mis ejercicios de respiración continuaban así como la música, que se había convertido en un aliado más, un escape a las ideas apremiantes que me hacían pensar en muchas ocasiones que la historia aún no terminaba... si, eran menos intensas pero seguían ahí.

Mi grupo de amigas se había convertido en un gran apoyo hasta ese momento, para ellas, yo era una persona como cualquiera otra... No había ansiedad, ni intruso, ni sondas, ni psiquiatra, era solamente una más del grupo y eso fue transformandose en una parte más del sistema de ayuda que me estaba terminando de curar. Como a cualquier otra adolescente, comenzaron a atraerme de una manera "romántica" las demás personas, en especial uno, comenzaba a mirar a alguien de mi salón de clases de una manera diferente y hasta ese entonces desconocida. Mis amigas lo supieron, esos temas abundaban en nuestras conversaciones a la hora del descanso o cuando nos veíamos en casa de alguna de nosotras, sugirieron que era una buena idea que lo supiera y así ver qué más podía suceder... yo no estaba muy segura de si eso era lo mejor.

Comenzamos a involucrarlo en mayor medida a nuestro grupo, platicábamos mas con él, convivíamos más y, de esa manera, fui acercándome yo también a el; eso me gustaba, me sentía rara aunque de una manera positiva, era algo quizá muy inocente pero... me gustaba. Empecé a confiar en él y en algún momento del proceso en que nos volvíamos más cercanos decidí contarle parte de lo que había sido mi vida hasta ese o momento, así que le hablé de mi sonda, de esa pequeña manguera que me ayudó a sobrevivir y que ahora era parte de mi rutina diaria; en ese momento él lo entendió y me hizo saber que no había nada diferente, que eso no significaba nada malo y que me agradecía el haberle contado. En ese momento me sentí aliviada y pensé en la posibilidad de que él también podía sentir esas cosas raras que yo estaba experimentando cuando lo veía o cuando conversaba con él.

Ahí terminó nuestra conversación y pensé que ese tema no volvería a salir entre nosotros, pero estaba muy equivocada.

A los pocos días de esto uno de mis compañeros se acercó a preguntarme acerca de la sonda en mi cuerpo (él no sabía nada al respecto),  así que cuando le pregunté -¿tu cómo sabes?-  y me respondió el nombre de él, mi mente se pausó y me quedé dudando por unos momentos sin pensar siquiera que esa posibilidad podía ser verdad, yo había decidido que todo esto lo sabrían solamente las personas que yo escogiera y eso se lo hice saber a él, así que cuando me repitió quién se lo había dicho yo no hice otra cosa mas que lamentarme por la decisión que había tomado. Fui a buscarlo en compañía de mis amigas para preguntarle si eso había sido cierto y cuando él mismo me lo confirmó yo no pude hacer otra cosa más que arrepentirme y de manera automática mi cabeza comenzó a bombardearme de ideas que me hacían pensar que esa siempre sería la reacción de las demás personas...contarle a alguien más como si fuese la información del momento. Obviamente todos se enteraron y yo me vi en medio de situaciones que hubiera preferido evitar. 

Esto lo trabajé también con mi Psiquiatra y fui comprendiendo y descubriendo la manera de lidiar con este tipo de situaciones... muchas personas se sentirían incómodas, se reirían o se burlarían de mi y eso no podía cambiarlo yo, pero lo que sí podía cambiar era cómo recibía esos comentarios y cómo me iban a afectar a partir de ese momento, de nueva cuenta me veía en la necesidad de aprender a manejar algo nuevo y aunque me asustaba pensar en que muy probablemente estas situaciones se repetirían yo necesitaba aprender a lidiar con ellas.

Posterior a estas sesiones, la doctora nos informó que ahora pasaría a formar parte de una terapia grupal en la que trabajaría en conjunto con otras personas que habían pasado por algo similar a lo que yo había experimentado y con las que buscaría encontrar más soluciones y sobre todo comprensión de que no era la única, que no era solamente yo la que había tenido experiencias de ese tipo; además, comenzaríamos con sesiones de musicoterapia.

Adopté una actitud diferente en la escuela, me volví mucho más cautelosa al momento de decidir contarle a alguien o no lo que había pasado con mi vida antes de regresar a la escuela, aunque eso ya no importaba demasiado ya que tras ese incidente ahora todo mi grupo, por lo menos, sabía lo que tenía en mi cuerpo, algunos ni siquiera le dieron importancia y otros comenzaron a curiosear y preguntar al respecto pero yo siempre me mantenía al margen. Eso sí, mi relación con aquella persona ya no fue la misma y esas sensaciones raras que me hacían querer platicar o pasar tiempo con él fueron desapareciendo... junto con la amistad  que nos había estado uniendo.

Asistí entonces a mi primera sesión de grupo, el camino al consultorio de la psiquiatra ya me lo sabía de memoria, pero la sensación de llegar y ver a otras personas que habían pasado por episodios iguales o peores a los míos era completamente nueva para mí y así fue como de pronto en la sala de consulta nos vimos 5 personas desconocidas en apariencia pero que compartíamos un gran lazo que estábamos buscando comprender.

Uno de ellos era ya un hombre adulto lo que por un lado me hizo pensar en la posibilidad de que esto podía repetirse en mi vida cuando fuera yo también una adulta, otras dos personas jóvenes: un hombre y una mujer en edad universitaria y, por último, una niña aproximadamente de mi edad... todos nos vimos por primera vez en la oficina de la doctora y bajo su guía comenzamos a abordar nuestras propias experiencias, lo qué habíamos pasado, lo que habíamos intentado hacer para solucionarlo y cómo nos encontrábamos hasta ese momento de nuestras vidas; todas y cada una de las historias diferentes pero parecidas en el hecho de que la ansiedad, las ideas apremiantes, las conductas repetitivas, la angustia y el miedo se habían apoderado de nosotros en algún momento del camino.

A la par de las sesiones en las que nos guiaba la doctora y en las que como equipo buscábamos encontrar respuesta y herramientas para hacer frente a la situación por la que atravesábamos también recibíamos ayuda de la musicoterapia en la que a través de sonidos, melodías y otro acordes lográbamos expresar  y manejar nuestras emociones de una manera diferente, de una manera que resultaba más efectiva para todos nosotros.

Para mí, el equipo que se había formado entre la Psiquiatra, los medicamentos, el grupo de apoyo y la musicoterapia me estaba llevando a una estabilidad que hacía mucho tiempo no sentía, la reestrucutración de mi vida y la de toda mi familia estaba consolidándose y la posibilidad de deshacerme de todos los estragos que la ansiedad había traído a mi vida se veía ahora mucho más cerca, más alcanzable y a la vista de todos nosotros

Así, sin pensarlo y sin darme cuenta del tiempo de pronto me vi a unos días de la graduación de mi educación primaria, meses atrás ni mis padres ni yo hubiéramos pensado en ese evento que ahora era una realidad. Para nosotros se había convertido en uno de los últimos puentes a cruzar hacia una recuperación total, representaba la oportunidad de comenzar una etapa nueva en mi vida con una perspectiva diferente y con más tiempo de por medio entre el inicio de aquel incidente y mi persona actual, lo que permitiría que las cicatrices sanaran más rápido aún.

Todavía faltaban otras cosas que debía encarar, pero eso, en ese momento todavía no lo sabía.