Otra de las razones que en ese momento me llevaron a buscar la ayuda de mi Psiquiatra fue que me encontraba en un punto confuso, en una zona pantanosa de la que no sabía cómo salir. A final de cuentas los pensamientos automáticos (pero negativos) son mi especialidad; habían pasado dos años ya de la ruptura de la última y única relación que he tenido y me sentía enfrascada en un problema de percpeción personal que no se sentía bien.
Mi cabeza, el intruso o el nombre que sea comenzó también a insertar ideas erróneas que bien cumplían su función en mí:
- Con estos problemas no es posible que alguien se interese genuinamente en ti-
(Tal vez tengas razón)
- Debes tener algo malo para que el amor funcione tan bien para los demás, pero no para ti-
(Eso ya lo había pensado antes)
¿Qué validaba esas ideas? En una de esas citas con la Psiquiatra pude expresarle (después de algunos años) las circunstancias ocultas que llevaron a mi "relación" a la ruptura y supongo que la validación que mi intruso necesitaba para que las ideas se arraigaran más, provenían justamente de esa relación.
- Lo que no entiendo es cómo te quedaste ahí- preguntaba ella con un gran signo de interrogación en su rostro
La verdad es que ni siquiera yo lo sabía, por alguna razón yo justificaba todos esos comportamientos y desdenes como si fueran normales en cualquier pareja...
-Muchas veces me decía que me vistiera diferente, otras que debía ir al gimnasio, que me maquillara más, e incluso que recurriera a alguna cirugía estética para que el pudiera ser feliz y lo señalaba cuando al ver a una mujer que cumplía con todo eso, me decía ¡Es que mírala! - (¿En serio?) Claro que en el momento justo en que esas palabras salían de mi boca podía sentir la misma interrogante que la doctora me estaba planteando ¿Cómo chingados fue que me quede tanto tiempo en una relación así? Fui muy pendeja, es lo único que se me ocurre.
Sin embargo, ese no fue el punto fuerte de la sesión, porque lo que vino después desató ooootro proceso de preguntas y respuestas en mi cabeza. Ella me dijo -Bueno, pero después de todo eso qué más ha sucedido, puedo pensar en muchas razones por las que alguien se fijaría en una persona como tu (que puedo o no creer aún) ¿Por qué no ha sucedido?
Entre las ideas que el ex había dejado bien cimentadas y la ansiedad que me generaban algunas situaciones, la razón que ganó en mi cabeza y que fue la que salió de mi boca me dejó sintiéndome un poco más confundida: -Bueno es que la verdad si me da miedo, tengo la idea de lo que fue mi relación pasada, ¿Por qué la siguiente tendría que ser diferente?-
Obviamente su respuesta a esa pregunta no tiene una respuesta única -No podemos saber lo que representará la siguiente relación, pero sí podemos saber lo que queremos y no aceptar nada menos que eso, ¿Te invitan a salir? Sal, conoce, escucha lo que el otro tiene que decir, eso no significa que ya estés obligada a empezar una relación con alguien y menos cuando no es lo que buscas -
Definitivamente esa sesión dejó muchas cosas que masticar y digerir, pero obviamente tenía razón, claro que me daba miedo, pero una cosa había quedado clara y era que no solamente sufrí con esa "relación" también aprendí y seguía aprendiendo, sobre todo a tratar de dejar de escuchar las cosas negativas que los demás o yo me decía, no depender de otra persona para ser feliz y sobre todo tratar de sentirme bien con lo que soy: sin cirugías ni alguna de esas cosas que él necesitaba para poder sentirse bien y "quererme" más.
En algunas ocasiones posteriores acepté salir con algunas personas, no sin antes pasar por ese pequeño ritual ansioso que ponía mi cabeza a luchar, por un lado las ideas negativas "Vas a tener una crisis" "Vas a hacer el ridículo" "No le vas a gustar" "¿Por qué aceptaste?" "Mejor cancela" y por otro el empuje que me había dado la Psiquiatra y las ganas que tenía de conocer gente nueva. Nunca se presentó la oportunidad de algo más allá, pero esos intentos fueron ayudándome a modular un poco la ansiedad y a reconocer aquello que me hacía sentir bien y lo que no estaba dispuesta a aceptar.
Sin embargo, estaba el otro lado de la moneda, en el que la cosa esa que aparece en mi cabeza preguntaba y taladraba con ideas ya conocidas en las que encontraba mil y un razones por las que esa persona que estaba conmigo en la cena, en el cine o en algún otro lugar "decidía" que no era yo lo que estaba buscando; y en una ocasión esas ideas fueron de cierta manera validadas por alguien más, personas cuya opinión era importante y que en una cena comenzaron la lección de por qué era necesario que cambiara muchas cosas: que si un poco más femenina, que si menos niño, que si más delicada, que si el fútbol, que si luego por qué me quejo.
Por un momento toda esa información me movió, pero en esa ocasión, por alguna razón me resultó más sencillo dominar lo que mi cabeza decía respecto a esos comentarios y me sentí bien, dueña de mí.
En definitiva la presencia de los medicamentos, de la Psiquiatra, de la gastritis, de mi cabeza y demás, son razones que a veces me resultan válidas para que cualquier persona opte por no meterse en esas broncas y ver en mi una amiga y no algo más allá de eso; sin embargo, todo eso y otras muchas cosas son parte de lo que me ha formado, no soy la ansiedad, no soy las pastillas ni soy todas esas cosas raras, soy yo, nada más.
Me,myself and anxiety
sábado, 11 de febrero de 2017
lunes, 12 de diciembre de 2016
Victan
EN
algún punto todo fue demasiado, por un lado la nada que se sentía cuando
bailaba, que aunque era pasajero y no siempre sucedía, era lo que más
disfrutaba de mis clases o de las milongas. Pero cuando no era así, la ansiedad
se volvía a hacer presente, pensamientos tan automáticos que me dejaban sentir
tanta angustia y miedo que a veces me descubría pensando en no volver más a
Tango.
--Si
ya sabes que no puedes, ¿a qué vas?--
--Todos
te van a juzgar--
--Nunca
te va salir --
--Te
ves Ridícula--
Imagina
pensar eso de manera persistente, repetitiva y muchas veces incontrolable
mientras haces aquello que por increíble que pareciera, era lo único que me
alejaba un poco de la realidad y me llevaba a un lugar libre, un lugar de
movimientos y de conocimiento propio. Cada idea fue acumulándose, no eran
batallas ganadas, eran encuentros ignorados en los que a pesar de no alimentar
la ansiedad, tampoco la eliminaba.
Además
del baile, para esos momentos había retomado mi vida de estudiante en una
maestría, siempre había sido buena para eso, a pesar del costo que representaba
en mi vida: ansiedad, gastritis, estrés y demás. Por mucho tiempo, a pesar de
mi deseo de seguir estudiando, había permitido que una “solidaridad” fantasma
hacia el que en ese entonces era mi pareja y quien no tenía la oportunidad de
hacerlo, me detuviera de alcanzar esta meta; me decía: “Lo voy a hacer sentir
mal”, “no puedo hacerle eso a alguien a quien quiero tanto” y estúpidamente deje
que esa “apoyo” hacia alguien que termino siendo una persona completamente
diferente, me alejara de una meta clara para mí.
Las
clases eran interesantes y de temas que conocía con cierta profundidad, pero de
alguna manera me sentía intimidada por el contexto donde estaba, por lo que
cada sábado, al despertar, lo primero que pensaba era “¿y si me da ansiedad?” “¿Y
si me siento mal?” y además de eso sentía tantas cosas en mí: ardor, nauseas,
temblor y angustia; era tanta mi inquietud que pensé que lo mejor era renunciar
a las clases y tomarlas todas en línea, sin tener que salir de mi casa para
ello, una buena solución, ¿no?
-Si,
definitivamente es una buena solución, así ya no vas a sentir ansiedad—
-Es
mejor que te quedes en casa—
-No
salgas—
Así
de fácil mi cabeza me daba las “respuestas” que necesitaba y ese fue el punto
de alerta en el que dije no puedo más, había estado yendo al gastroenterólogo,
había estado tomando medicamento, había adelgazado. Era suficiente, no estaba
disfrutando una sola cosa de las que hacía y comenzaba a sentir que me perdía
en las ideas que asaltaban con tanta insistencia.
Fue
así que volví a hablar con mi Psiquiatra, por un lado sabía que era la
respuesta, pero por otro estaba un tanto decepcionada de mí, ¿Otra vez? ¿Iba a
necesitar medicamentos de nuevo? Me odiaba un poco por estar de nuevo frente a
esa incertidumbre. Le mandé un mensaje y me dijo –Habla con mi asistente y saca
una cita-- Así lo hice y en la espera de
esa cita, seguían adoleciendo mi cuerpo y mi cabeza.
A
los pocos días me vi de nuevo en ese sillón, sosteniendo ese cojín y viendo
directamente hacia el mueble donde ella tiene todos sus libros, escuchándola mientras
me preguntaba qué era lo que sucedía, qué me había llevado de nuevo ahí. Le
conté todo con la exactitud suficiente para que comprendiera lo mal que me
sentía en esos momentos; era como si estuviera contado la historia a mi reflejo
en el espejo. Preguntas posteriores y respuestas no tan alentadoras la llevaron
a sacar un pequeño instrumento para el que debía responder en base a una escala
y de ahí se desprendió una noticia que no me gustaba para nada.
Preguntas
más, preguntas menos:
¿Experimentas
molestias gástricas? –Pff, 24/7
¿Te
sientes incomoda entre la gente y lugares concurridos? –Ja, es la única constante
que he tenido últimamente
¿Ansiedad,
temblores, angustia? – Como si nunca se hubieran ido de mi vida
Cada
respuesta que le daba me hacía ver que no me encontraba en la mejor situación de
mi vida, escucharme hacía que se me revolviera el estómago y pensaba que no
podía ser posible que 7 años después de nueva cuenta, así de mal.
Cuando
terminó la prueba y las ideas posteriores a ella, sacó su recetario y comenzó a
prescribir lo que iba a necesitar: Altruline, ese viejo amigo que tomé por
mucho tiempo y al que para nada extrañaba y un nuevo ansiolítico, más ligero
que los otros, pero igual de entristecedor. Escuchar las indicaciones que me
daba, las dosis, el tiempo y algunos cupones de descuento hizo que comenzara a
llorar, lo hice y mucho.
--¿No
quieres tomar medicamentos?—Me preguntó
Mi
respuesta fue lo primero que en ese momento pudo salir de mi boca:
--Nunca
me ha preocupado tomarlos, sé que me van a ayudar, no me da miedo eso, pero
chingado, ¿Otra vez? Ya no quiero, quiero ser normal, quiero no necesitarlos—
Obviamente
en ese momento no había nada más que hacer, me extendió la receta y pidió que
nos viéramos en un mes más. Salí del consultorio sintiéndome esperanzada porque
sabía que comenzaría la subida de nuevo hacia el lugar donde todo puede verse
más claro, pero también me sentía derrotada una vez más por eso que es
invisible pero que en ocasiones siento que será mi compañera durante toda la
vida.
A
mis papás tampoco les quedó otra opción más que aceptar la nueva, pero ya
conocida situación. Para ellos era igualmente desagradable el verme consumir
pastillas para tranquilizarme y para corregir todo lo que en ese momento no
funcionaba bien, pero igual tuvieron que reconocer que no había mejor opción.
De inmediato surtí los medicamentos, no sin las miradas recelosas y hasta
cierto punto juiciosas de quienes en la farmacia se veían en la necesidad de
pedirme la receta, de pedirme mi identificación, y mi información de contacto
personal solamente para poder revisar si en la tienda tenían o no lo que yo
necesitaba con urgencia.
Me
los dieron, y de nuevo, como por arte de magia ante la primera pastilla que
puse debajo de mi lengua, tuve la dicha de sentir paz de nuevo, mucho sueño
también, pero eso era sólo cuestión de habituarme de nuevo, lo importante era que comenzaba a sentirme
mejor, así de fácil, así de rápido.
lunes, 14 de marzo de 2016
Here it goes again
Después de eso, la vida siguió
como se supone que deben hacerlo las vidas normales, como si nada hubiera
pasado, como si nunca hubiera estado en el hospital, como si nunca hubieran
metido una sonda a mi cuerpo, como si nunca hubiera conocido a mi Psiquiatra.
En la casa poco se continuó hablando del tema y todos nos avocamos a vivir, el
camino mismo nos fue enseñando a desechar lo poco que quedaba de esos eventos y
dejamos ir todo, al menos en la conciencia.
Pasó la preparatoria, yo seguí
siendo la misma, pero diferente,
estudiaba, hacía tareas, buscaba buenos promedios y aunque me estresaba en
ocasiones, la ansiedad no volvió a tocar mi puerta, conocí a quienes se
convertirían en dos de mis mejores amigas y ellas fueron en ese momento las
únicas que conocieron esa parte de mi historia y me apoyaron cuando entré de
nuevo al quirófano al poco tiempo después.
Mi existencia había sido renovada
en ese momento, pero había un recuerdo imborrable que bajo circunstancias
específicas me ponía en posición de tener que dar explicaciones: la cicatriz
que había quedado cuando quitaron la sonda, no era común, no era fácilmente
ignorada, parecía un ombligo ¿cómo explicas que tengas dos ombligos? Así que
cuando las cosas se daban, cuando la gente podía observarme y comenzaban las
preguntas, la curiosidad y en algunos casos, la sorpresa, yo me sentía un poco
incomoda así que buscaba que nadie me viera. Mis papás comenzaron a pensar en
la idea de remover esa cicatriz, ¿por estética? Tal vez, pero más allá de eso
implicaba borrar de mi cuerpo la última evidencia de lo sucedido, ¿quería yo
hacerme eso? A veces.
En algún lado había leído que las
cicatrices nos recordaban que el pasado era real así que no estaba del todo
segura de querer cambiar esa parte de mí; por un lado buscaba dejar todo atrás,
pero igual pensaba que si lo hacía y ponía en una cajita todo lo que había
pasado para nunca más saber de eso, estaría en posibilidades de que en algún
momento todo comenzara de nuevo. Me tomó un tiempo decidirlo, pero a final de
cuentas le entré y una vez más se presentó la oportunidad de ver mi muñeca
envuelta en gasas, parches y agujas, de escuchar el sonido de las camas de
hospital cuando te recuestas y mueves en ellas y de transitar por los pasillos
en una camilla buscando el lugar donde me quitarían ese recuerdo. ¿Dolió?,
apenas. Realmente poco recuerdo de ese evento, pero sin duda me gusté más
después de él.
Todo se manejó con mucha
discreción así que a los pocos días regresé a la escuela y continúe con lo que
había dejado pendiente: mis materias, mis amigas, una próxima graduación y la búsqueda de mi siguiente decisión ¿qué iba a hacer después de la
prepa? Cuando les planteé a mis padres la posibilidad de estudiar Psicología,
la reacción fue la esperada y comenzaron a cuestionarse si era sano o si era
bueno para mí, afortunadamente dejaron que fuera yo quien decidiera (tal como
debía ser) y me permitieron ir tras lo que yo consideraba era mi camino. Todo
era tan disfrutable, las últimas clases, los registros para la Facultad, la
Graduación, los viví como pensé que los viviría y mis padres estaban igual o
más entusiasmados que yo por terminar una parte y comenzar una nueva.
Justo un día después de haber
celebrado el término de la Preparatoria me vi caminando a la Universidad para
revisar si mi nombre aparecía en la lista de los aceptados…sí estaba. ¿Qué
seguía? Nada menos que comenzar a transitar por uno de los caminos que más he
disfrutado y más me ha enseñado en lo que llevó de vida. Cada una de las
materias, de las personas, de los momentos fueron disfrutados y me aventuré a
vivir algo que quizá nunca había considerado hacer. La primera vez que le hablé
a mis padres de buscar la posibilidad de ser una estudiante de intercambio se
encendieron las alarmas de la protección y el temor de que yo, con la cabeza
que tenía, estando en un lugar diferente a casa pudiera resultar herida, pero una
vez más me abrieron la puerta y me dejaron la decisión nada más a mí.
Todo se hizo, todo se buscó y
justo en la mitad de la Carrera me fui a vivir a Guadalajara con otra de mis
mejores amigas, fue una experiencia única, por primera vez estaba yo sola, por
primera vez era yo quien estaba cargo de lo que hacía, de lo que no hacía, de
cómo vivía y era algo que necesitaba y que ansiaba vivir. Sentí miedo solamente
cuando me despedía de mi familia, nunca había visto llorar a mi mamá así que
verla con lágrimas cuando me dejó, me hizo dudar un poco, sólo ahí y nada más
en ese momento.
El viaje me presentó una nueva
escuela, nuevos maestros, nuevos aprendizajes, pero sobre todo la oportunidad
de conocer gente que hasta el día de hoy sigue presente en mi vida, eso y lo
que compartí con ellos fue lo que más saboreé de toda la experiencia, porque
cuando eres alguien así de aprehensivo, ante la oportunidad de vivir en
libertad y bajo tus propios pasos, puedes o quebrarte o dejarte ir con la vida
te está regalando y ser feliz y yo hasta ese momento había escogido lo segundo.
Todo duró 6 meses, tiempo en el que me sentí feliz y liberada, nunca cruzó por
mi cabeza lo que poco tiempo después sucedería.
Regresé a casa, con mis padres y
mi hermano, volví a la escuela y a la vida como la había estado viviendo, todo
iba bien…todo regresó a como era antes, hasta que un buen día en un viaje con
personas que había conocido en Guadalajara, todo comenzó de nuevo, algo
diferente pero a la vez tan familiar. Comencé a sentirme mal estando en la
Capital del País y no sabía lo que eso significaba, sentía náuseas, estaba
preocupada, no tenía hambre, no estaba disfrutando el lugar y las personas con
las que estaba; una semana completa transcurrió así y yo realmente lo único que
quería regresar a casa y esperaba que estando allá todo se asentaría y lo que
pasó había sido una falsa alarma, un recordatorio para que no olvidara el
pasado, nunca pensé que eso buscaba asentarse y ponerse cómodo de nuevo.
Al llegar de nuevo casa, me rodeé
de circunstancias similares a las ya vividas, pero esta vez no dejé de ir a la
escuela, no podía hacerlo porque estaba frente a mí la responsabilidad de
comenzar el período de prácticas profesionales y no podía ni quería darme el
lujo de botar todo como lo hice la primera vez así que aguante…hasta donde pude.
Comencé a ver gastroenterólogos mientras intentaba arreglar una cita con mi
Psiquiatra, todo era tan conocido, habían pasado cerca de 7 años desde la
última vez y por alguna razón todos habíamos pensado que no habría una
más…obviamente nos equivocamos. Finalmente y después de días en los que puse
todo mi ser para no dejar de ir a la escuela ni al programa de prácticas y
aguantar lo que fuera que estaba sintiendo, volví a verla y sentí tanto
esperanza como decepción. Sabía, al verla, que me recuperaría, pero me odié por
estar de nuevo ahí.
Esta vez no sería atendido por
ella, sino por alguien que trabajaba a su lado y así, como cuando era una niña,
comenzó el tratamiento terapéutico y farmacológico…la ansiedad había regresado.
Todos, en especial yo, sabían lo que eso significaba, la conocía de tiempo
atrás y habíamos compartido muchas cosas, pero esta vez yo era diferente y
tenía otros recursos para hacerle frente, así que aunque ella llegó, se sentó y
se acomodó, no iba a dejar que fuera por mucho tiempo.
Nadie se dio cuenta fuera de
algunos miembros de la familia, no dejé de ir a la escuela, no dejé de hacer
mis cosas, no hubo más hospital que el necesario para un endoscopia que
corroborara que no era mi cuerpo sino mi mente la que estaba haciéndome esto y
así fue, no había nada malo en mí, no eran ni mi estómago ni mi esófago ni
cualquier otra parte de mi cuerpo…éramos nada más ese intruso y yo. ¿Pensaba lo
mismo? ¿Eran las mismas ideas de antes las que me atacaban? No, esta vez todo
era algo diferente.
No contaba, no repetía, no me
angustiaba si no contaba los árboles que había en la calle o si pisaba alguna
de las rayas del piso, en lugar de eso, al poco tiempo estaba preocupándome por
la posibilidad misma de sentir ansiedad, que esto fuera en un lugar público y
que los demás se dieran cuenta de ello. Fue difícil, estuve medicada por un
tiempo que para mí fue eterno, pero poco a poco las citas se fueron espaciando
y el medicamento reduciendo hasta que logré una sensación de estabilidad
aparente, lo que fue suficiente para para poder continuar con mi vida. Seguí
haciendo cosas, pero me sentía un poco diferente, ocasionalmente evitaba
algunas salidas, me sentía incómoda en situaciones sociales y me sorprendía a
veces pensando en que, de la nada, alguna crisis aparecería, pero continué, no
me detuve para atascarme en ese charco de ideas y sensaciones sin sentido.
Traté de seguir y no prestarle mucha atención a los pinchazos que a veces me
daba la cabeza.
Tomando en cuenta lo sucedido en
el pasado y lo que estaba sucediendo en ese momento, no se había presentado la
oportunidad de comenzar una relación amorosa, si existieron personas que en su
momento llamaron mi atención y con quienes me hubiera gustado vivir algo más,
pero eso nunca sucedió; hasta ese año en el que alguien conocido de la
preparatoria y que por mucho tiempo había llamado mi atención, me contactó de
nuevo y me invitó a salir. Dudé, ¿Qué tal que justo a mitad de la cita la cosa
esa que tenía en mi cabeza decidía aparecer?, lo pensé y a final de cuentas me
aventé, fue divertido… diferente. Después de eso el contacto siguió por un par
de meses y el interés fue creciendo, él me gustaba, pero no podía dejar de
pensar en todo lo que traía cargando conmigo.
Tras varias salidas, muchas
llamadas y conversaciones y el empujón de una de mis amigas, la pregunta de si
quería comenzar una relación con él, fue
hecha y mi respuesta inmediata fue un sí, pero no sin antes abrirle y dejarle
ver lo que había en mi pasado y lo que sucedía en mi presente para que las
sorpresas no aparecieran en los momentos menos inoportunos, él me escuchó y al
menos en ese momento lo comprendió, fue así que la relación inició, la primera
para mí.
Dentro de esa relación mi
ansiedad fue transformándose y pasó a frenar mi vida social, me dolía mucho
tener que enfrentarme a un restaurante, a una salida al cine, una fiesta o una
reunión con amigos, el sólo hecho de pensar en ello desencadenaba malestar en
mí, verme en un lugar público con la posibilidad que todos se dieran cuenta de
la locura que cargaba hacía que, desde
el momento en que hacíamos fila para entrar al cine, creara los escenarios más
intensos en mi cabeza que traían consigo la taquicardia, las náuseas, la
desesperación, las ganas de salir corriendo a un lugar seguro. Al inicio él
comprendía todo, pero supongo que por momentos se cansaba ¿quién no lo haría?
¿A dónde me llevó eso? A evitar,
buscaba excusas para que no tuviéramos que salir, para quedarnos en casa donde
supuestamente no había peligros y en un par de ocasiones esa misma ansiedad me
llevó a pedirle que nos saliéramos de donde quiera que estuviéramos. La
ansiedad, la culpa que sentía por no ser capaz de disfrutar y el masticar
constante de preguntas como ¿Por qué estoy pensando eso? ¿Por qué tengo miedo?
¿Cómo voy a salir de aquí?, a las que poco a poco les fui encontrando algunas
respuestas, comenzaron a agrietar la relación en la que estaba, pero que
continuó todavía por mucho tiempo más.
Lo que pensaba de mí, estaba
determinado en gran parte por esa dificultad para salir al mundo, me veía mal,
pequeña, diferente e insignificante comparada con prácticamente cualquier
persona que se ponía frente a mí. ¿Qué valor puede tener alguien incapaz de
controlar su cabeza y que siempre tiene miedo? ¿Qué tan importante puede ser
alguien que se esconde del mundo por temor a que una crisis la haga más
vulnerable todavía? Por mucho tiempo fue esa la manera en la que me hablaba y
aunque al inicio, la relación en la que estaba me presentó experiencias gratas
y nuevas para mí, el sentimiento de minusvalía se mantuvo en parte por lo que
el otro hacía, comentarios en apariencia inocentes, pero que llegaban a lo más
profundo de mi ser. No me sentía suficiente porque sabía que él quería que me
viera diferente, que me vistiera diferente, que actuara diferente y que
comprendiera y aceptara cuando él veía y me señalaba a alguien que sí cumplía
con lo que estaba buscando.
Poco a poco y tras una serie de
eventos desafortunados, mi ansiedad, sus comparaciones y demandas y la percepción de que no era suficiente para
él, hicieron que una noche la relación terminara. Él asumió la culpa, pero
desconozco si fue sincero en esa intención; durante los días siguientes la
ansiedad regresó y vio en el duelo la oportunidad de tomar fuerza, pero no la
dejé, saqué una cita con mi Psiquiatra y dejé que el tiempo hiciera su trabajo.
Se supone que cuando una relación
termina uno, otro o ambos se vuelcan a buscar descifrar ¿qué pasó?, ¿dónde
estuvo el problema?, ¿qué hubiera pasado si hubiera actuado diferente? y otras
tantas cosas dramáticas y sin sentido, yo no, yo no podía permitirme eso, no podía dejar que esas
ideas se convirtieran en pensamientos asaltantes que se clavaran en mi cabeza
como lo hacían el “¡cuenta”! “ “¡repite”! y todos ellos. Si, esa relación dolió
cuando terminó, sacudió mi cabeza y mis
ideas, pero no podía dejar que me
arrastrara a un estado innecesario que iba a terminar (seguramente) por
envolverme en una caja de autodestrucción.
¿Qué hice entonces? Entré al
gimnasio, ya no más por él, ni por complacer el ideal que por él me había
impuesto, lo hacía por mí, nada más por mí. Salí con amigas, leí más y, más
allá de eso, tomé una de las decisiones que más retos me ha puesto, pero que
más amor me ha dado y fue así, que gracias a la revoltura de panza generada por
un rompimiento, llegué a mi primera clase de Tango y fue también el momento en
el que mi viejo amigo volvió a asomar su cabeza por la ventana de mi conciencia
para ver si tenía de dónde agarrarse.
De niña veía los movimientos, la
conexión, la comunicación y lo seguras que se veían todas ellas bailando, como
si nada más existiera, como si solamente estuvieran ellos dos en el mundo y
siempre guardé el anhelo de lograr algo así en el lugar más escondido que pude
encontrar porque pensaba –No voy a lograrlo nunca-, -La ansiedad no me va a
dejar-, -Tengo miedo- y nadie me empujaba a pensar de otra manera así que el
deseo se quedó guardado y después de ese rompimiento llegó de nuevo a la
conciencia, pero esta vez sí hice algo al respecto.
El primer domingo llegó y se
sintió algo extraño. Una de las cosas que más me lastima es no poder tener el
control o no saber qué va a suceder y
ese dolor era justo lo que estaba sintiendo ese día, la maldita ansiedad se
sintió por todo mi cuerpo, lista para entrar de nueva cuenta al campo de
batalla y vio en mi decisión la oportunidad de aparecer para joder. Entre más
cerca estaba del lugar más ansiedad sentía, así que para cuando llegué a donde sería mi
clase, lo único en lo que pensaba era en irme de nuevo, retirarme y aliviar mis
síntomas aún a sabiendas de que eso era como entregarle una llave maestra al
intruso aquel para que se asentará de nuevo en la sala de mi cabeza.
No lo hice, entré al lugar (una tienda de artesanías y promotora de las
obras de algunos artistas locales) y me vi rodeada de inmediato de productos
artesanales, joyería, bolsas, zapatos, cuadros, esculturas, dos de las personas
más relajadas que he podido conocer y demás. Me preguntaba qué estaba haciendo
ahí, me hablaba para encontrar una excusa para poder salir, pero a la vez me
gritaba “NOOO, porque carajos?? No más, no hoy, no esta vez. Y me quedé y así
me he quedado por más de un año.
Al verlo, inmediatamente supe que
estaba en el lugar correcto, el maestro bailaba con tanta facilidad, con tanto
disfrute, yo quería esa sensación. Lo primero que aprendí, mejor dicho, que
admití, porque en algún nivel ya lo sabía, es que conocía mi cabeza, conocía
mis ideas, sabía lo malditas que podían ser, tenía conciencia clara de lo que
ella podía ser capaz, pero no conocía mi cuerpo, nunca había trabajado con él,
no me movía, no lo conectaba con algo más, en fin, no sentía.
Aun así, no lo solté… no quería.
En el tango, el abrazo es muy importante y eso también me dolía, la cercanía de
personas desconocidas y la necesidad de comunicarme con ellas a través de lo
que se siente fue sumamente angustiante y desconcertante, ¿cómo carajo iba a
hacer eso si yo misma no sabía cómo sentir los movimientos en mi cuerpo?, era
difícil. Cada clase implicaba una lucha interna que me dejaba agotada. Todo
esto era mío, era sólo para mí hasta que una vez, quien se había convertido en
amiga y acompañante de clases lo supo y me preguntó ¿Por qué lo haces si no te
hace sentir bien? ¿Por qué sigues? ¿Por qué no lo dejas? Puta madre, ¿cómo lo explicas?
¿Cómo puedes ayudarle a alguien a entender que eso que tanto amas hacer, es lo
mismo que te tiene las uñas desechas, el estómago en un nudo, el corazón y las
manos tambaleantes y la cabeza con una vida que no es la tuya?
No sé si ya lo entienda o no,
pero esa dualidad es, para muchos de nosotros, la raíz de la impotencia más
grande que puede ser sentida, amaba ir a clases de Tango, pero mi cabeza las
interpretaba como amenazantes y en
algunos momentos dolorosas. Me causaban ansiedad y esa es la única explicación
que hasta el momento puedo ofrecer. No sé cómo y quizá es equivocado decirlo,
pero creo que él (mi maestro) lo comprendía y quizá sin saberlo fue ayudándome a
trabajar con ello. Rápidamente él y yo nos hicimos amigos, buenos amigos,
compartíamos muchas cosas y por primera vez, en mucho tiempo, sentía que estaba
con alguien que de alguna manera sabía y comprendía por lo que había pasado, yo
le admiraba su amor y respeto por el Tango y quería, en algún momento, bailar
como el buscaba que lo hiciéramos, sintiéndolo.
¿Qué hizo que me quedara? Algunas
de las palabras de él, muchas veces me decía –No pienses tanto- ¡Ja! Como si con decirlo yo pudiera controlarlo,
pero esa insistencia y todo eso que él hacía lograron que por momentos, por pequeños
espacios de tiempo yo sintiera que había nada alrededor, no me preocupaba por
nada, podía, aunque fuera por el tiempo que dura un giro o alguna otra cosa
(dos, tres, 5 segundos) apagar mi cabeza y dejar de pensar. No podía irme de lo
que me daba esa paz, de lo que me producía placer y me liberaba; porque si
sucedía por esos pequeñísimos momentos, quería decir que podía suceder más y
más.
La ansiedad al lado social del
Tango continuaba, la anticipación era mi peor enemiga y eso hacía que los inicios
de mis clases fueran un tanto incómodas y angustiantes, pero era impresionante
como al poco tiempo todo se iba, era sorprendente para mí el cómo la ansiedad
cesaba y podía disfrutar e intentar. Me era (todavía) difícil entender y hacer
lo que me pedía, todo lo que le escuchaba decir era “espera”, “no te
adelantes”, “no, así no” “esto no va a funcionar si no le ponen algo más” y
demás cosas que en algunos momentos me hicieron dudar si eso era para mí, pero
esos pequeños momentos de sentirme sola con la canción eran más grandes que
cualquier duda que pudiera albergar, quería más de eso.
Lo que aprendía ahí iba más allá
de la técnica para bailar bien, muchos de los discursos que él nos daba podía
retomarlos en otros momentos de mi vida y eso hacía más rica la experiencia,
había llegado ahí por obra de quién sabe quién, pero estaba agradecida por
ello, si, a veces me enojaba porque me sacaban de mi zona de confort y me
exigían cosas que no podía hacer, pero aún en esos momentos sabía que estaba donde
debía estar y solamente era cuestión de tiempo para que nuevas pruebas se
presentaran.
viernes, 14 de agosto de 2015
Ellas nos recuerdan que el pasado fue real
Pero no lo hizo, las batallas que parecían continuas e infinitas fueron cediendo y, por fin, tras una espera que se sentía eterna, escuche de la voz de mi Psiquiatra las palabras que me devolvieron la parte que había creído perdida. -Yo creo que ya es momento de que quitemos esa onda, ya ganaste- Yo dudé, claro que iba a dudar, esta mujer me estaba diciendo que debían retirar de mi cuerpo la cosa que prácticamente me había mantenido con vida ¿estaba segura de lo que estaba diciendo? ¿cómo lo sabía?
Sin embargo, el reconocimiento fue mayor a la duda, caí en cuenta que tras todo lo que había pasado, si me estaban presentando la posibilidad de pensar en que habíamos vencido al monstruo que habitaba en mi cabeza ¿por qué no habría de tomarla? Si ella, que me había rescatado de dónde estaba, que me había dado la linterna que necesitaba para dar luz al camino que recorría, me estaba diciendo que ya todo había terminado, ¿por qué no habría de creerle? Tal vez la incertidumbre de vivir yo sola, sin intrusos ni sondas ni hospitales, me asustaba un poco o tal vez mucho, pero aún así apoyé esa decisión. -Si, ya le ganamos.-
Tan pronto como salimos de esa sesión se comenzaron los trámites para ingresarme de nuevo al hospital. Nosotros, emocionados, felices y asustados comenzamos a hacernos preguntas ¿ de verdad estaba sucediendo esto?, ¿ era cierto que ya estaba curada?, ¿qué pasará si en cuanto se la quiten regresamos a lo mismo? ¿ y sí...? Nadie las dijo en voz alta, para todos en casa, era un momento de felicidad sin importar que dentro de cada cabeza se colaran esas dudas con la única intención de jodernos un poco más todavía.
La espera a ese día no fue muy larga pero si cansada, en la secundaria no tendría problemas por las faltas necesarias y a mis compañeros se les inventaría alguna excusa para justificar mi ausencia... en ese momento la escuela era la menor de mis preocupaciones. En mi cabeza no había nada, más que imaginarme sin toda la asistencia que me daban ¿te duele? ¿puedes limpiarte tu sola ¿te pongo las gasas? ¿necesito pasarte la comida? ¿ te ayudo? ¿te tomaste el rivotril, el altruline? amaba a mis padres por eso, pero también quería decirles ¡basta! ¡ya no más! Estaba feliz por eso, quería ser una adolescente, quería tener amigas, tener novio, bailar, correr, vivir.
Se había llegado el día y en cuestión de un suspiro estaba de nueva cuenta entrando al cuarto estéril que en el pasado me había marcado, pero ahora era diferente, ahora iba a buscar la manera de resarcir el "daño" que me había causado. Yo iba tranquila, libre, iba sola así que me deje llevar por el sonido de quienes estaban en ese lugar hablando de signos vitales, de dónde estaba el doctor o de si ya era momento, me dejé llevar también por el viaje al que la anestesia me llevaría, sabía que al abrir los ojos todo iba a ser diferente, en ese momento nada dolía, nada atormentaba, nada buscaba siquiera asomarse a mi cabeza con intenciones de desordenarme.
Al despertar de una anestesia general te encuentras aturdido, adormilado y poco consciente de lo que a tu alrededor sucede, es como si supieras dónde estás pero de alguna manera tu cabeza sigue en otro nivel, en uno donde no pasa nada; al menos eso era lo que me sucedía a mi, excepto ese día, esa vez fue diferente a todas porque al abrir los ojos, mi respuesta, casi como un reflejo básico fue llevar mi mano derecha al lugar donde se encontraba esa cosa buscando sentir lo que hacía ya tiempo no sentía, en ese momento, al descubrirme libre la unión de las piezas se selló.
No había nada más que unas vendas y la promesa de una cicatriz algo extraña, sólo eso, no apreció la ansiedad, no apareció el miedo, no apareció el intruso, era yo, nada más yo la que estaba recostada en esa cama; estaba feliz y ansiosa de ver de otra manera el mundo que tenía afuera. El pasado había sido real, iba a tener en esa cicatriz el recordatorio de que todo en verdad había sucedido, pero eso no iba a ser algo malo, porque además significaba que ante la lucha con un enemigo tan poderoso y tan grande, yo había ganado. Las marcas de batalla que quedaron tanto en mis brazos como en mi estómago me decían que el sufrimiento había sido real, pero que la recompensa había sido mayor.
Había crecido, había cambiado, había vencido al lado más oscuro que puede esconderse en la cabeza de alguien, a veces se queda guardado siempre, imposibilitado para expandir su fuerza; otras veces destruye los candados y se apodera por completo de tu vida y tienes que volver a buscar la manera de contenerlo y enseñarle que la vida de la que se quiere adueñar es tuya. Yo lo logré, en ese momento lo logré.
¿Cómo se festejó esa victoria? Mi psiquiatra me había prometido llevarme a un restaurante para darse y darme el lujo de comer como no lo había hecho en mucho tiempo, así que una tarde que llegamos al consultorio, en lugar de entrar a sesión, ella, mi hermano y yo nos subimos a su camioneta y festejamos... comiendo. Fue el momento cúspide de todo lo había recorrido, sin mi familia y, sobre todo, sin ella, la historia pudo haber sido muy diferente.
Sin embargo, el reconocimiento fue mayor a la duda, caí en cuenta que tras todo lo que había pasado, si me estaban presentando la posibilidad de pensar en que habíamos vencido al monstruo que habitaba en mi cabeza ¿por qué no habría de tomarla? Si ella, que me había rescatado de dónde estaba, que me había dado la linterna que necesitaba para dar luz al camino que recorría, me estaba diciendo que ya todo había terminado, ¿por qué no habría de creerle? Tal vez la incertidumbre de vivir yo sola, sin intrusos ni sondas ni hospitales, me asustaba un poco o tal vez mucho, pero aún así apoyé esa decisión. -Si, ya le ganamos.-
Tan pronto como salimos de esa sesión se comenzaron los trámites para ingresarme de nuevo al hospital. Nosotros, emocionados, felices y asustados comenzamos a hacernos preguntas ¿ de verdad estaba sucediendo esto?, ¿ era cierto que ya estaba curada?, ¿qué pasará si en cuanto se la quiten regresamos a lo mismo? ¿ y sí...? Nadie las dijo en voz alta, para todos en casa, era un momento de felicidad sin importar que dentro de cada cabeza se colaran esas dudas con la única intención de jodernos un poco más todavía.
La espera a ese día no fue muy larga pero si cansada, en la secundaria no tendría problemas por las faltas necesarias y a mis compañeros se les inventaría alguna excusa para justificar mi ausencia... en ese momento la escuela era la menor de mis preocupaciones. En mi cabeza no había nada, más que imaginarme sin toda la asistencia que me daban ¿te duele? ¿puedes limpiarte tu sola ¿te pongo las gasas? ¿necesito pasarte la comida? ¿ te ayudo? ¿te tomaste el rivotril, el altruline? amaba a mis padres por eso, pero también quería decirles ¡basta! ¡ya no más! Estaba feliz por eso, quería ser una adolescente, quería tener amigas, tener novio, bailar, correr, vivir.
Se había llegado el día y en cuestión de un suspiro estaba de nueva cuenta entrando al cuarto estéril que en el pasado me había marcado, pero ahora era diferente, ahora iba a buscar la manera de resarcir el "daño" que me había causado. Yo iba tranquila, libre, iba sola así que me deje llevar por el sonido de quienes estaban en ese lugar hablando de signos vitales, de dónde estaba el doctor o de si ya era momento, me dejé llevar también por el viaje al que la anestesia me llevaría, sabía que al abrir los ojos todo iba a ser diferente, en ese momento nada dolía, nada atormentaba, nada buscaba siquiera asomarse a mi cabeza con intenciones de desordenarme.
Al despertar de una anestesia general te encuentras aturdido, adormilado y poco consciente de lo que a tu alrededor sucede, es como si supieras dónde estás pero de alguna manera tu cabeza sigue en otro nivel, en uno donde no pasa nada; al menos eso era lo que me sucedía a mi, excepto ese día, esa vez fue diferente a todas porque al abrir los ojos, mi respuesta, casi como un reflejo básico fue llevar mi mano derecha al lugar donde se encontraba esa cosa buscando sentir lo que hacía ya tiempo no sentía, en ese momento, al descubrirme libre la unión de las piezas se selló.
No había nada más que unas vendas y la promesa de una cicatriz algo extraña, sólo eso, no apreció la ansiedad, no apareció el miedo, no apareció el intruso, era yo, nada más yo la que estaba recostada en esa cama; estaba feliz y ansiosa de ver de otra manera el mundo que tenía afuera. El pasado había sido real, iba a tener en esa cicatriz el recordatorio de que todo en verdad había sucedido, pero eso no iba a ser algo malo, porque además significaba que ante la lucha con un enemigo tan poderoso y tan grande, yo había ganado. Las marcas de batalla que quedaron tanto en mis brazos como en mi estómago me decían que el sufrimiento había sido real, pero que la recompensa había sido mayor.
Había crecido, había cambiado, había vencido al lado más oscuro que puede esconderse en la cabeza de alguien, a veces se queda guardado siempre, imposibilitado para expandir su fuerza; otras veces destruye los candados y se apodera por completo de tu vida y tienes que volver a buscar la manera de contenerlo y enseñarle que la vida de la que se quiere adueñar es tuya. Yo lo logré, en ese momento lo logré.
¿Cómo se festejó esa victoria? Mi psiquiatra me había prometido llevarme a un restaurante para darse y darme el lujo de comer como no lo había hecho en mucho tiempo, así que una tarde que llegamos al consultorio, en lugar de entrar a sesión, ella, mi hermano y yo nos subimos a su camioneta y festejamos... comiendo. Fue el momento cúspide de todo lo había recorrido, sin mi familia y, sobre todo, sin ella, la historia pudo haber sido muy diferente.
jueves, 9 de julio de 2015
¿y cómo era?
El curso se iba enderezando, las piezas se colocaban en una base mucho más firme y todo se veía más claro. Me era más fácil y menos doloroso hablar de lo que había sucedido y de cómo estaba en camino de liberarme definitivamente de todo.
Para quienes escuchaban lo sucedido, que eran solamente algunos cuantos, resultaba difícil y hasta ridículo aceptar la idea de que mi cabeza tuviera tanto poder sobre mí, "¿no podías solamente controlarte?" era una de las respuestas más comunes que recibía, yo pocas veces me enfrascaba en la aventura de buscar hacer que el otro comprendiera algo que yo todavía no terminaba de entender, pero, de haberlo hecho, esto hubiera salido...
La
primera vez que percibí una amenaza por parte de él, me sentí tan desprotegida
y perdida que de un golpe sentí cómo me
empequeñecía y me convertía en un títere manipulado por alguien invisible y
poderoso que había surgido de quién sabe dónde, para instalarse en el lugar del
jefe, venía dispuesto a tomar las riendas de mi vida y yo lo dejé, me rendí
ante él tras forzar una lucha en vano en la que sin conocimiento, recursos o apoyo,
quise enfrentarme yo sola a algo más grande que yo.
Dentro
del coche, camino a casa de una mis tías, comencé a sentir que mis manos
temblaban sin una razón aparente, era muy incómodo, parecía incontrolable y,
además, se intensificó cuando en una vuelta
a la derecha comencé a contar cada uno de los árboles plantados en la acera. 1
¿por qué estoy haciendo esto? 2 ¿no quiero contar?, 3 no lo estoy decidiendo yo,
4… hacer esto me tranquilizó, al inicio, pero cuando perdí la cuenta una voz en
mi cabeza me decía “tienes que regresar”, “¡no te estás dando cuenta que te
equivocaste!”, “si te equivocaste contando, en qué más te equivocarás”,
“definitivamente algo va a suceder”, recibí esas ideas por primera vez y en ese
momento, no supe qué hacer con ellas, el temblor de mis manos aumentó, mi
corazón se aceleró como si estuviera en un peligro inminente del que no iba a
poder escapar nunca y mi voz, sin saberlo todavía muy bien, iba cobrando fuerza.
Llegué
a mi destino con el corazón agitado, mi estómago hecho nudo y mi cabeza
taladrándome con lo que había sido mi primer fracaso, quería regresar a
enmendar el error que había cometido y así poder darle tranquilidad a mi
cuerpo, mi voz me decía que eso era lo que debía hacer, claro que me fue
imposible y tuve que lidiar conmigo hasta que ya no pude más.
Esa
fue la primera vez que la locura se hizo presente, en ese momento abrí la
puerta completamente y dejé entrar a lo
que durante mucho tiempo había estado guardado, preparándose, analizando y esperando
el momento oportuno para convertirse en verdugo de mi vida y, al mismo tiempo, deje salir toda señal de ser yo quien
estaba en control de lo que era.
Poco
a poco la voz llegaba a mí con más intensidad y siempre con cosas nuevas:
-
Necesitas revisar esa operación de nuevo, seguramente
está mal
Eso
era lo que me gritaba si estaba, por ejemplo, en medio de una tarea de matemáticas, y si por
alguna razón decidía ignorarlo, si bajo algún momento espontaneo de valentía me
negaba a cumplir sus órdenes, como si fuera un castigo a mi rebeldía, llegaban
a mi cuerpo los primeros signos de desesperación: mis manos temblaban y la
temperatura de éstas bajaba, sentía en todo mi cuerpo el latido de mi corazón,
pero sobre todo, más allá de lo que mi cuerpo sentía, estaba lo que mi cabeza me
dictaba:
– ¿no lo vas a hacer? Seguramente eso que
hiciste está mal, ¿qué va a pasar con mañana que lo revisen y te des cuenta que
estaba mal?-
-No
está mal, yo sé que no está mal, ¿por qué lo tengo que revisar de nuevo?-
Pensaba ante las órdenes emitidas, pero ¿qué podía hacer una persona tan
insignificante ante la presencia de semejante monstruo?, no tenía su fuerza ni
su valor, así que sí…siempre cedía y revisaba todo una, dos y todas las veces
que fueran necesarias hasta que mi voz
se cansaba o se satisfacía de verme completamente doblegada ante él.
-
Tienes que revisar de nuevo lo que acabas de echar en la mochila, seguramente
te falta algo, ¡ya!, ¡hazlo!, recuerda que si no lo haces, la vas a pasar muy
mal mañana en la escuela-
Y
así nada más, comenzaba el ritual de revisiones, hasta que la acción dejaba de
ser graciosa para él y me permitía cerrar la mochila y alejarme de ella, claro
que nunca me olvidaba de nada y aun cuando el ritual hubiera terminado, mi
cabeza seguía pensando en la posibilidad del y si….de verdad algo se me olvida?
, así que mentalmente repasaba cada paso de la secuencia realizada para volver
asegurarme de que no hubiera un cabo suelto, claro que esto no seguía un solo
trazo, se veía interrumpido incontables veces por esa voz que me decía –no,
empieza de nuevo, no, así está mal, comienza desde el inicio-, mi cabeza nunca
descansaba, siempre pensaba, era incontrolable, cada cosa de mi vida tenía que
ser revisada una y cien veces para apaciguar a la voz que, sin duda, se reía al
ver en lo que me estaba convirtiendo.
Dentro
de la escuela, al hacer un examen, al hacer tareas, al revisar la mochila, al
cerrar una llave, fuera cualquier cosa, yo tenía que obedecer las indicaciones
de la voz:
-esto
que estás haciendo está muy mal-
-¿estás
segura que ya terminaste tu examen?, yo creo que no, revísalo de nuevo
-no
cerraste bien la llave, revísala otra vez-
Literalmente,
cada paso que daba estaba supervisado por mi nuevo dueño, -recuerda que al pisar no debes tocar las
líneas- así que obedecía y vigilaba cada movimiento que hacía y si por alguna
razón, si por algún descuido de mi parte tocaba donde no debía, lo único que
existía para mí era: – no, regrésate,
tienes que regresar, repetir tu camino y
esta vez cuídate de no pisar esas líneas- y yo así lo hacía, tenía que estar
consciente de cada movimiento para que mis regresos pasaran desapercibidos,
nadie se daba cuenta de mis correcciones
o de lo que pasaba dentro de mi cabeza. Cada movimiento se convertía en un
reto, en una oportunidad para que, si hacía lo que debía, la voz me dejara en
paz.
La
gente a mi alrededor percibía la perfección con la que hacía mis deberes
escolares como una virtud, para todos, mi vida era el modelo que todos debían
seguir –deberías actuar más como ella, siempre está al pendiente de sus tareas,
de que nada le falte- nadie sabía, ni si quiera yo lograba entender lo que
estaba sucediendo conmigo, pero, como era una virtud a los ojos de los demás, pensaba
que debía aceptarlo a pesar de lo que por dentro sufría.
La
voz decidió atacar el lado más débil que tenía, me aterraba la idea de
enfermar, le tenía pánico a la posibilidad de vomitar y fue ahí donde encontró
el lugar idóneo para asentarse y comenzar a separarme pieza por pieza.
-
Si comes eso te vas a enfermar-
-
Si haces eso vas a vomitar-
-
En la noche te puedes sentir mal y no habrá
manera en que alguien te pueda ayudar
Estas
ideas aparecieron primero aisladas, relacionadas solamente a circunstancias en
las que de verdad enfermada, en las que era muy plausible la posibilidad de que
me sintiera mal, de que vomitara o de que tuviera que ser llevada a la sala de
urgencias de un hospital. Muy rápidamente dejó de ser así, está era la pieza
que faltaba al círculo de lo que se convertiría en mis futuras crisis de
ansiedad.
-
Necesitas revisar de nuevo tu tarea, no está
perfecta
-
No, ¡basta!, lo que hice está bien
-
¿Estás segura?
-
Sí
-
Pues yo no lo estoy, tienes que revisarlo de
nuevo
-
No, por favor, no más, ni una más.
-
¿No?
Y
era justo en este momento que mi cuerpo dejaba de ser mío y cada una de las
partes de mi cuerpo comenzaba a tener vida propia mientras yo me sentía
encerrada en un lugar al que no pertenecía, mis manos ya no eran mías, mis
piernas no hacían lo que les pedía y me obligaban a caminar sin una meta, mi
corazón buscaba la manera más rápida de salir de mi cuerpo y todos convergían
en el centro de mí; parecía que todos habían decidido mandar sus energías a mi
estómago y era aquí cuando el verdadero miedo comenzaba:
-
Vas a vomitar
-
No quiero, por favor, no quiero
-
¿No estás sintiendo tu estomago en este
momento?, es seguro que vas a enfermar y algo peor te va a pasar
-
¡Ya!, detente, por un momento detente
Claro
que nunca me dejaba, y era ahí cuando más se aferraba a mi vida, se alimentaba
de mi miedo y de lo frágil y dominable que era para ese entonces. Como mis
piernas habían dejado de ser mías era que fácilmente podía pasar la noche
caminando alrededor del cuarto, no había
cansancio; como mi corazón y mi mente hacían lo que querían, era que me podía
pasar las noches enteras sin dormir, no había sueño y como las náuseas
implantadas por la voz eran mi mayor miedo, lloraba ante la posibilidad de que
algo peor sucediera, no tenía vida.
Poco
a poco el tiempo de tregua que me daba la voz se iba reduciendo, con cada día
que pasaba se iba llevando los pocos recursos que tenía para hacerle frente
hasta que llegó un momento en el que dejé de ser yo y me convertí en un cúmulo
de ideas ensordecedoras que buscaban atención y en un conjunto de síntomas que
buscaban expresión, querían salir y fue aquí que mis crisis se volvieron más
fuertes y frecuentes.
Las
visitas al hospital ya eran inevitables, y aún dentro de éste, mi voz no se
tranquilizaba y cada noche me hacía recorrer los pasillos del hospital:
-no
te duermas
-estoy
muy cansada, un rato nada más
-no,
si te duermes, igual y ya no despiertas
-
por favor, un momento nada más
Con
la poca valentía que me quedaba buscaba en momentos recostarme en esa cama tan
incómoda, colocaba el respaldo lo más recto posible para engañar a la voz y a
hacerle creer que estaba sentada, sí, pensaba que ese truco lograría desviar su
atención y me permitiría apagar mi cabeza por un momento, nunca sucedía y,
apenas colocaba mi cabeza sobre la almohada, mi jefe me hacía saber su
inconformidad:
-
¡párate!
-
No, un ratito nada más
-
¿No?
-
Mi mamá está muy cansada, me voy a acostar un
rato nada más
-
1, 2, 3
Terminaba
la cuenta y mi desesperación comenzaba, era imposible estar recostada en esa
cama, era como si te ahogara el lugar donde estás, como si bajo ninguna postura
encontraras paz y tenías que ir a buscarla a otro lado. Me volteaba a la
derecha, luego a la izquierda, me retorcía en la cama hasta que sucumbía ante
las órdenes que había buscado ignorar:
-
¡Párate de la cama!
-
Está bien
Y de
nuevo comenzaba la caminata, la angustia, la desesperación y todo lo que me
acompañaba día tras día, pero sobre todo, noche tras noche. Había descubierto
que al sentir dolor la voz era golpeada, cuando sentía dolor por un par de
segundos se callaba y me daba oportunidad de respirar de nuevo así que comencé,
de la manera más discreta posible, a lastimar mi cuerpo para dejar de sentir:
golpeaba mis piernas, estiraba mi cabello, jugaba con el catéter que tenía en
mi muñeca, me pellizcaba. Todo valía la pena por un par de segundos conmigo,
sola, sin la voz.
Yo
ya era nada,había dejado de existir, la única meta de mi vida era buscar
fuerzas para dejar de sentir, dejar de oír, dejar de hacer, pero eso no era
posible, ya estaba tan ahogada en ese pantano que estaba perdiendo las ganas de vivir, a lo mejor así
la voz se iba conmigo.
En
ese momento, en lo más oscuro de mi vida, cuando era presa total de algo más
grande que yo, fue que apareció la Psiquiatra que tras lanzarme una cuerda y
estirar con todas sus fuerzas fue que me sacó de ahí:
-
Necesitamos ponerle un nombre, una
identificación, ese que te habla no eres tú. Vamos a decirle intruso-
No
había mejor manera para describirlo, no había sido invitado, no lo quería, se
había posesionado de mí como un parásito
-
El intruso
está ganando, pero lo que el no sabe es que tenemos en nuestro poder
armas que son más poderosas- me decía ella con toda la intención de sacarme del
lugar en donde estaba, pero yo no creía mucho todavía, yo ya no podía.
-
Las gotitas nos van a ayudar a dejar de
sentir esas cosas raras en el cuerpo, ya no va a haber temblores, palpitaciones
ni nada de eso, pero lo más importante es que tenemos que ponernos nuestros
guantes de box, subirnos al ring y luchar contra ese intruso, ¡no lo queremos
aquí!
Las
indicaciones estaban dadas, los medicamentos ayudaban de una manera
maravillosa, pero la lucha era mía, era yo, no los medicamentos quien debía
vencer al intruso y muy pronto tuve la oportunidad de hacerlo:
-
Te vas a sentir mal después de que te
alimenten por la sonda
-
No
-
¿estás segura?, definitivamente te vas a
sentir mal
-
No va a pasar nada
-
¿no va a pasar nada?, claro que pasará¡
Sentirás nauseas, tendrás que volver a caminar para tratar de escapar y
definitivamente regresarás al hospital
-
No va a suceder nada, el medicamento que
tengo me ayudará si siento nauseas, las gotitas hacen que mis piernas sean mías
de nuevo, no habrá necesidad de caminar ni de correr, no es necesario que
regrese al hospital, aquí tengo la respuesta a todo lo que pueda pasar
-
No será suficiente, nunca será suficiente
-
¿estás seguro?
-
¿qué no te miedo vomitar?, ¿no te da miedo
estar en medio de la ansiedad otra vez?, mira que eso sucederá, sabes que así
será
-
Sí, me aterra, pero más me aterra que seas tú
quien decida por mí.
Responderle
de esa manera a quien había estado dominándome por mucho tiempo representaba lo
más difícil que había hecho en mi vida, tenía que alejarme de todos y
encerrarme en un cuarto para hacer cada una de estas batallas, cada línea era
más difícil que la anterior, cada una de sus respuestas buscaba atrincherarme,
pero también, cada una de mis respuestas estaba acompañada por lo que iba
aprendiendo de mi condición, todo dependía de mí.
Esa
primera lucha duró casi media hora, respondía y él me atacaba, contestaba y él
me amenazaba, hasta que tras un intenso forcejeo el intruso calló, era la
primera vez que el hacía lo que yo le pedía, La combinación de medicamentos, de
ejercicios de respiración y de la determinación que obtuve de algún lugar de mi
cuerpo, me dieron la primer victoria, esa vez no hubo crisis de ansiedad, salí
de la habitación para decirle a mi mamá ya pasó, estoy bien de nuevo, por esta
vez no hubo crisis.
La
respuesta a todo parecía sencilla, una pastilla, unas gotas, unas respiraciones
y una pelea en la que parecía que hablaba sola, pero no lo era, cada línea que
salía de mi tomaba todas las fuerzas que tenía, con cada una de sus respuestas
me tambaleaba al punto de caer de nuevo en lo que me decía, a veces quería
caer, era más sencillo y yo estaba cansada, pero no lo hice, respondía y
respondía hasta que no había más para él que callarse.
En
cada sesión la Psiquiatra me preguntaba -¿cómo vamos con el intruso?- yo,
cargaba una libreta en la que registraba cada uno de los ejercicios de
respiración y buscaba siempre dar la respuesta más exacta posible, no por temor
a equivocarme sino porque sabía que no podía dejar ningún cabo suelto en mi
recuperación, ella tenía que saberlo todo.
-
¿Le ganamos?
A
veces lograba responder que sí, otras veces aceptaba mi derrota y buscaba una
nueva manera de hacerle frente, para ese momento había recogido algunas partes
de mi vida y las fuerzas, las ganas y la esperanza de recuperarme se estaban
haciendo presentes de nuevo así que cada indicación que ella me daba la acataba
rigurosamente, antes que todo, para mí, estaba hacer lo que ella me pedía que
hiciera.
El
intruso estaba siendo atacado, así que ahora buscaba caminos nuevos para llegar
a mí, aparecía de sorpresa, aumentaba o disminuía su intensidad o me hablaba de
diferentes maneras, todo para que volteara de nuevo a verlo y le prestara
atención. Yo me resistía, yo ya no quería estar al mando de él, era yo quien
quería decidir lo que iba a sentir o lo que iba a pensar y esa era mi meta
última y absoluta.
Además
de las sesiones personales, había comenzado también con terapia grupal, en las
que comenzamos, todos, a entrar a un mundo completamente diferente, en el que
no estábamos solos. Todos habíamos sido atormentados y atacados de muchas
maneras, algunos estábamos ya en un momento de recuperación y otros se
encontraban todavía en el medio del trastorno, buscando la respuesta última al
camino por el que por alguna razón comenzaron a andar.
Teníamos
historias diferentes pero, al mismo tiempo, iguales en muchos aspectos, escucharlos hablar
me hacía pensar en cosas que yo también había vivido por lo que, de pronto, me
vi frente a personas que me hicieron sentir que no estaba sola, que no era la
única, que no debía recibir trato especial de nadie, había muchas otras
personas como yo, la ansiedad era el común para todos.
Nos
sentábamos de manera que formábamos una especie de círculo, nos veíamos los
rostros y escuchábamos las historias de cada uno guiadas por la Psiquiatra,
cada uno era consejero y preparador profesional del otro y en conjunto nos
preparábamos para las batallas que seguiríamos librando con nuestros
respectivos intrusos.
-
Bueno, ya terminamos, en un ratito vamos a
empezar con la sesión de musicoterapia
-Para
hacer esto es necesario sentir, cierren los ojos y ábranse a la posibilidad de
poner en pausa todo y sentir
La
musicoterapia fue una herramienta diferente, adopté la música como un estilo de
vida y como un soporte más para las luchas a las que todavía me enfrentaba:
-Mamá,
espérame tantito, necesito ir a ya sabes dónde, creo que me siento mal- era la manera en que me alejaba de donde
estuviera porque estaba comenzando una nueva crisis, me levantaba y caminaba a
otro cuarto para comenzar el ritual que me ayudaba a bloquear el acceso de la
ansiedad y del intruso a mi cuerpo:
(inhala,
exhala)
-
Ya no tienes poder sobre mí
(inhala
y exhala)
-
No me vas a ganar
(inhala
y exhala)
-
No va a pasar nada
(Inhala
y exhala)
Él
insistía y respondía, pero yo tenía trucos que me hacían ignorarlo más
fácilmente, así que además del ataque verbal y de las respiraciones, comencé a
colocarme los audífonos durante esos momentos, la música distraía aún más mi
cabeza de las ideas que el intruso buscaba tatuar en mi cabeza.
-¡Karen!
¿Ya terminaste?- Gritaba mi mamá desde alguna otra habitación con la intención
de que mi respuesta siempre fuera sí
-¡Nooo! (pero casi)
Con
cada alerta de crisis nueva sucedían dos cosas en mi cabeza:
¿Qué pasa si esta vez logra ganarme y de
nuevo termino en el hospital?
Quizá esta sea la última vez quizá hoy
desaparezca
Esas
dos ideas, completamente opuestas, aparecían de manera abrupta, por un lado con
cada aparición de síntomas tenía la sensación de estar entrando a un recuerdo,
a algo mío, ya conocido y a lo que creí que pertenecería toda la vida y eso era
lo que me hacía pensar en la posibilidad de que el intruso me ganaría, si ya lo
había hecho una vez, ¿por qué no habría de hacerlo de nuevo?
lunes, 30 de marzo de 2015
Pasaron los días y así, de pronto, estaba a solamente una noche de volver a entrar al quirófano. Había estado hablando con mi Psiquiatra para evitar que esta nueva situación trajera consigo heridas profundas y retrocesos significativos a mi recuperación; yo ya había pisado muchas veces un hospital, ya había entrado al quirófano, ya había estado bajo la lupa de infinidad de doctores y de procedimientos y ya no quería, no podía más. Esa noche el insomnio llegó a mí y ni la música, ni las respiraciones ni los medicamentos me ayudaron a filtrar de mi cabeza la idea de verme una vez más en ese cuarto frío rodeada de médicos, llena de tubos y monitores.
La mañana de la cirugía todos nos levantamos temprano, mi hermano se quedó a cargo de alguien más (como siempre sucedía) mientras que yo subía de nuevo al coche para recorrer el camino hacia el hospital. Hacer ese trayecto me ponía a pensar en todos y cada uno de los momentos en que terminaba en la sala de urgencias con crisis tan fuertes que me hacían patear, golpear o sacudir el coche sin importar nada ni nadie, dominada por la angustia y el sufrimiento que no sabía cómo expresar y buscando de alguna manera obtener un momento de paz ante lo que mi propia cabeza generaba. Esta vez era diferente, no había crisis, llantos, gritos, ni nada de eso, pero sí había una promesa de que ese instrumento que me ayudaba a comer se quedaría conmigo todavía por un tiempo indefinido.
Llegamos a admisión para realizar el mismo proceso de ingreso, entré a la sala de urgencias para que me prepararan, me canalizaron, revisaron las condiciones de la sonda y esperaron a que llegaran los médicos importantes para que todo comenzara. Para ese momento yo ya conocía a mi nuevo huésped, un pequeño botón que se abría como si abrieras una envase de jugo cualquiera, sí, era mucho menos visible pero se veía mucho más permanente y eso me asustaba aún más que la cirugía misma.
Al poco tiempo, mi camilla comenzó a moverse, mis padres ya se habían despedido y aguardaban en la sala de espera del quirófano mientras yo recorría los pasillos neutros del hospital hasta llegar a un pequeño cuarto todavía más blanco lleno de enfermeras y otras personas que no sabía lo que eran. Me cambiaron a la camilla al centro del lugar y comenzaron a conectarme a más monitores: ritmo cardíaco, presión, respiración etcétera, y fue justo en ese momento que mi ansiedad comenzó a elevarse, los recuerdos de las veces que estuve en esa situación traían consigo las mismas emociones.... ¿por qué estaba ahí otra vez? ¿no ha sido ya suficiente? ¿puede todavía el pozo ser más hondo? ¿puede doler aún más? Todo eso me preguntaba y, mientras esperaban al anestesiologo, dentro de mi cabeza comencé a buscar razones por las que merecía haber vivido todo lo que hasta ese punto había sucedido, ¿era un castigo divino? ¿era para darle una lección a alguien? ¿había sido una persona tan mala?
Esa búsqueda se vio interrumpida cuando por fin llegó el médico que me pondría a dormir; recuerdo que mi gastroenterologo había tratado de mantenerme tranquila prometiéndome que todo saldría bien y que no tenía nada de qué preocuparme, lo hizo hasta el momento justo en que ese líquido espeso (al menos así se ve) comenzó a entrar a mi cuerpo, al poco tiempo de eso mi cuerpo dejó de ser mío y una vez más dejé de existir para que ellos, "los que saben", pudieran retirar la sonda provisional que tanto me había costado y colocar en su lugar ese pequeño e inofensivo tapón que iba con toda la intención de mantenerse ahí por un período muy largo de tiempo.
El procedimiento duró poco y el médico comenzó a despertarme cuando todavía estaba dentro del quirófano: "todo salió bien", "vamos a recuperación." Yo no estaba consciente todavía de lo que recién había pasado hasta que ya en un estado mucho más alerta pude tocar en mi cuerpo a mi nuevo huésped ya instalado; no quería verlo, no quería nada que me atara todavía a todo lo que había sucedido conmigo, a la "vida" que había llevado y que apenas estaba recuperando. El gastroenterologo habló con mis padres para decirles que todo había salido perfecto, que era mucho mejor este aparato, que no habría ningún problema y otras tantas cosas. Yo lo oía casi sin entender y pensando ¿Cómo puede alguien decir que todo salió perfecto?, ¿ Cómo puede él hablar de que esto es lo mejor cuando yo lo único que quiero es terminar mi relación con los hospitales y con todo lo que esos lugares representaban?
Ni siquiera hubo necesidad de mantenerme muchos días internada, afortunadamente no hubo dolor, ni infecciones ni nada que contradijera la "perfección" del procedimiento; así que, tras darme de alta, mis padres y yo hicimos de nueva cuenta el mismo recorrido ahora rumbo a nuestra casa para comenzar de nuevo nuestras vidas en donde las habíamos dejado.
Aunque retomé mi vida y mis actividades de siempre: ir a la escuela, convivir con mis amigos, salir a jugar, alimentarme con ayuda de mi botón nuevo, etcétera, me sentía un tanto estancada pensando en que la posibilidad de ser yo, sólo yo, estaba todavía muy lejos de ser; sin embargo, poco a poco y con ayuda de las sesiones mi grupo,de la musicoterapia y de la reestructuración que lograba conmigo la psiquiatra retomé de nueva cuenta la fuerza que necesitaba para hacer frente, primero, a las ideas en mi cabeza que sanguijuelas se pegaban a mi cabeza haciéndome pensar en que todo podía repetirse y,segundo, a la compañía constante del botón que funcionaba no como un auxiliar en mi alimentación, para mí era el recordatorio claro de que nada había terminado aún.
Los momentos más difíciles del tiempo de ese aparato conmigo eran cuando me bañaba y cuando debía elegir qué ropa usar. Cada vez que entraba a la regadera y debía retirar las gasas para hacer limpieza pensaba en todo lo que simbolizaba, pensaba en que su presencia en mi cuerpo estaba determinada por la imposibilidad de muchas personas de descubrir lo que estaba sucediendo conmigo y que me había llevado a experimentar las más horribles y aplastantes emociones que alguien puede sentir, además, me hacía sentir fea, defectuosa e imposibilitada para ser atractiva para alguien más, todo eso se iba conmigo también al momento de escoger la ropa con la que me vestiría, no podía usar blusas cortas ni ajustadas ni nada de lo que todas las demás usaban porque en mi estomago se veía la evidencia clara de que algo más había ahí.
No obstante, aprendí a aceptarlo pero no a hacerlo parte de quien era, existía solamente cuando era necesaria su presencia. Muy poca gente en mi escuela sabía de él y como a partir de esa última entrada al quirófano todo había retomado su curso de nuevo, decidí que era mejor así. Todo esto , la ansiedad, la sonda, los tranquilizantes y mi vida en el hospital existían en la medida en que yo lo alimentaba así que lo mejor fue no hacerlo más, con la esperanza última de que tarde o temprano todo quedara para siempre en el pasado como un capítulo malo de un libro que todavía no terminaba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)