Pero no lo hizo, las batallas que parecían continuas e infinitas fueron cediendo y, por fin, tras una espera que se sentía eterna, escuche de la voz de mi Psiquiatra las palabras que me devolvieron la parte que había creído perdida. -Yo creo que ya es momento de que quitemos esa onda, ya ganaste- Yo dudé, claro que iba a dudar, esta mujer me estaba diciendo que debían retirar de mi cuerpo la cosa que prácticamente me había mantenido con vida ¿estaba segura de lo que estaba diciendo? ¿cómo lo sabía?
Sin embargo, el reconocimiento fue mayor a la duda, caí en cuenta que tras todo lo que había pasado, si me estaban presentando la posibilidad de pensar en que habíamos vencido al monstruo que habitaba en mi cabeza ¿por qué no habría de tomarla? Si ella, que me había rescatado de dónde estaba, que me había dado la linterna que necesitaba para dar luz al camino que recorría, me estaba diciendo que ya todo había terminado, ¿por qué no habría de creerle? Tal vez la incertidumbre de vivir yo sola, sin intrusos ni sondas ni hospitales, me asustaba un poco o tal vez mucho, pero aún así apoyé esa decisión. -Si, ya le ganamos.-
Tan pronto como salimos de esa sesión se comenzaron los trámites para ingresarme de nuevo al hospital. Nosotros, emocionados, felices y asustados comenzamos a hacernos preguntas ¿ de verdad estaba sucediendo esto?, ¿ era cierto que ya estaba curada?, ¿qué pasará si en cuanto se la quiten regresamos a lo mismo? ¿ y sí...? Nadie las dijo en voz alta, para todos en casa, era un momento de felicidad sin importar que dentro de cada cabeza se colaran esas dudas con la única intención de jodernos un poco más todavía.
La espera a ese día no fue muy larga pero si cansada, en la secundaria no tendría problemas por las faltas necesarias y a mis compañeros se les inventaría alguna excusa para justificar mi ausencia... en ese momento la escuela era la menor de mis preocupaciones. En mi cabeza no había nada, más que imaginarme sin toda la asistencia que me daban ¿te duele? ¿puedes limpiarte tu sola ¿te pongo las gasas? ¿necesito pasarte la comida? ¿ te ayudo? ¿te tomaste el rivotril, el altruline? amaba a mis padres por eso, pero también quería decirles ¡basta! ¡ya no más! Estaba feliz por eso, quería ser una adolescente, quería tener amigas, tener novio, bailar, correr, vivir.
Se había llegado el día y en cuestión de un suspiro estaba de nueva cuenta entrando al cuarto estéril que en el pasado me había marcado, pero ahora era diferente, ahora iba a buscar la manera de resarcir el "daño" que me había causado. Yo iba tranquila, libre, iba sola así que me deje llevar por el sonido de quienes estaban en ese lugar hablando de signos vitales, de dónde estaba el doctor o de si ya era momento, me dejé llevar también por el viaje al que la anestesia me llevaría, sabía que al abrir los ojos todo iba a ser diferente, en ese momento nada dolía, nada atormentaba, nada buscaba siquiera asomarse a mi cabeza con intenciones de desordenarme.
Al despertar de una anestesia general te encuentras aturdido, adormilado y poco consciente de lo que a tu alrededor sucede, es como si supieras dónde estás pero de alguna manera tu cabeza sigue en otro nivel, en uno donde no pasa nada; al menos eso era lo que me sucedía a mi, excepto ese día, esa vez fue diferente a todas porque al abrir los ojos, mi respuesta, casi como un reflejo básico fue llevar mi mano derecha al lugar donde se encontraba esa cosa buscando sentir lo que hacía ya tiempo no sentía, en ese momento, al descubrirme libre la unión de las piezas se selló.
No había nada más que unas vendas y la promesa de una cicatriz algo extraña, sólo eso, no apreció la ansiedad, no apareció el miedo, no apareció el intruso, era yo, nada más yo la que estaba recostada en esa cama; estaba feliz y ansiosa de ver de otra manera el mundo que tenía afuera. El pasado había sido real, iba a tener en esa cicatriz el recordatorio de que todo en verdad había sucedido, pero eso no iba a ser algo malo, porque además significaba que ante la lucha con un enemigo tan poderoso y tan grande, yo había ganado. Las marcas de batalla que quedaron tanto en mis brazos como en mi estómago me decían que el sufrimiento había sido real, pero que la recompensa había sido mayor.
Había crecido, había cambiado, había vencido al lado más oscuro que puede esconderse en la cabeza de alguien, a veces se queda guardado siempre, imposibilitado para expandir su fuerza; otras veces destruye los candados y se apodera por completo de tu vida y tienes que volver a buscar la manera de contenerlo y enseñarle que la vida de la que se quiere adueñar es tuya. Yo lo logré, en ese momento lo logré.
¿Cómo se festejó esa victoria? Mi psiquiatra me había prometido llevarme a un restaurante para darse y darme el lujo de comer como no lo había hecho en mucho tiempo, así que una tarde que llegamos al consultorio, en lugar de entrar a sesión, ella, mi hermano y yo nos subimos a su camioneta y festejamos... comiendo. Fue el momento cúspide de todo lo había recorrido, sin mi familia y, sobre todo, sin ella, la historia pudo haber sido muy diferente.
viernes, 14 de agosto de 2015
jueves, 9 de julio de 2015
¿y cómo era?
El curso se iba enderezando, las piezas se colocaban en una base mucho más firme y todo se veía más claro. Me era más fácil y menos doloroso hablar de lo que había sucedido y de cómo estaba en camino de liberarme definitivamente de todo.
Para quienes escuchaban lo sucedido, que eran solamente algunos cuantos, resultaba difícil y hasta ridículo aceptar la idea de que mi cabeza tuviera tanto poder sobre mí, "¿no podías solamente controlarte?" era una de las respuestas más comunes que recibía, yo pocas veces me enfrascaba en la aventura de buscar hacer que el otro comprendiera algo que yo todavía no terminaba de entender, pero, de haberlo hecho, esto hubiera salido...
La
primera vez que percibí una amenaza por parte de él, me sentí tan desprotegida
y perdida que de un golpe sentí cómo me
empequeñecía y me convertía en un títere manipulado por alguien invisible y
poderoso que había surgido de quién sabe dónde, para instalarse en el lugar del
jefe, venía dispuesto a tomar las riendas de mi vida y yo lo dejé, me rendí
ante él tras forzar una lucha en vano en la que sin conocimiento, recursos o apoyo,
quise enfrentarme yo sola a algo más grande que yo.
Dentro
del coche, camino a casa de una mis tías, comencé a sentir que mis manos
temblaban sin una razón aparente, era muy incómodo, parecía incontrolable y,
además, se intensificó cuando en una vuelta
a la derecha comencé a contar cada uno de los árboles plantados en la acera. 1
¿por qué estoy haciendo esto? 2 ¿no quiero contar?, 3 no lo estoy decidiendo yo,
4… hacer esto me tranquilizó, al inicio, pero cuando perdí la cuenta una voz en
mi cabeza me decía “tienes que regresar”, “¡no te estás dando cuenta que te
equivocaste!”, “si te equivocaste contando, en qué más te equivocarás”,
“definitivamente algo va a suceder”, recibí esas ideas por primera vez y en ese
momento, no supe qué hacer con ellas, el temblor de mis manos aumentó, mi
corazón se aceleró como si estuviera en un peligro inminente del que no iba a
poder escapar nunca y mi voz, sin saberlo todavía muy bien, iba cobrando fuerza.
Llegué
a mi destino con el corazón agitado, mi estómago hecho nudo y mi cabeza
taladrándome con lo que había sido mi primer fracaso, quería regresar a
enmendar el error que había cometido y así poder darle tranquilidad a mi
cuerpo, mi voz me decía que eso era lo que debía hacer, claro que me fue
imposible y tuve que lidiar conmigo hasta que ya no pude más.
Esa
fue la primera vez que la locura se hizo presente, en ese momento abrí la
puerta completamente y dejé entrar a lo
que durante mucho tiempo había estado guardado, preparándose, analizando y esperando
el momento oportuno para convertirse en verdugo de mi vida y, al mismo tiempo, deje salir toda señal de ser yo quien
estaba en control de lo que era.
Poco
a poco la voz llegaba a mí con más intensidad y siempre con cosas nuevas:
-
Necesitas revisar esa operación de nuevo, seguramente
está mal
Eso
era lo que me gritaba si estaba, por ejemplo, en medio de una tarea de matemáticas, y si por
alguna razón decidía ignorarlo, si bajo algún momento espontaneo de valentía me
negaba a cumplir sus órdenes, como si fuera un castigo a mi rebeldía, llegaban
a mi cuerpo los primeros signos de desesperación: mis manos temblaban y la
temperatura de éstas bajaba, sentía en todo mi cuerpo el latido de mi corazón,
pero sobre todo, más allá de lo que mi cuerpo sentía, estaba lo que mi cabeza me
dictaba:
– ¿no lo vas a hacer? Seguramente eso que
hiciste está mal, ¿qué va a pasar con mañana que lo revisen y te des cuenta que
estaba mal?-
-No
está mal, yo sé que no está mal, ¿por qué lo tengo que revisar de nuevo?-
Pensaba ante las órdenes emitidas, pero ¿qué podía hacer una persona tan
insignificante ante la presencia de semejante monstruo?, no tenía su fuerza ni
su valor, así que sí…siempre cedía y revisaba todo una, dos y todas las veces
que fueran necesarias hasta que mi voz
se cansaba o se satisfacía de verme completamente doblegada ante él.
-
Tienes que revisar de nuevo lo que acabas de echar en la mochila, seguramente
te falta algo, ¡ya!, ¡hazlo!, recuerda que si no lo haces, la vas a pasar muy
mal mañana en la escuela-
Y
así nada más, comenzaba el ritual de revisiones, hasta que la acción dejaba de
ser graciosa para él y me permitía cerrar la mochila y alejarme de ella, claro
que nunca me olvidaba de nada y aun cuando el ritual hubiera terminado, mi
cabeza seguía pensando en la posibilidad del y si….de verdad algo se me olvida?
, así que mentalmente repasaba cada paso de la secuencia realizada para volver
asegurarme de que no hubiera un cabo suelto, claro que esto no seguía un solo
trazo, se veía interrumpido incontables veces por esa voz que me decía –no,
empieza de nuevo, no, así está mal, comienza desde el inicio-, mi cabeza nunca
descansaba, siempre pensaba, era incontrolable, cada cosa de mi vida tenía que
ser revisada una y cien veces para apaciguar a la voz que, sin duda, se reía al
ver en lo que me estaba convirtiendo.
Dentro
de la escuela, al hacer un examen, al hacer tareas, al revisar la mochila, al
cerrar una llave, fuera cualquier cosa, yo tenía que obedecer las indicaciones
de la voz:
-esto
que estás haciendo está muy mal-
-¿estás
segura que ya terminaste tu examen?, yo creo que no, revísalo de nuevo
-no
cerraste bien la llave, revísala otra vez-
Literalmente,
cada paso que daba estaba supervisado por mi nuevo dueño, -recuerda que al pisar no debes tocar las
líneas- así que obedecía y vigilaba cada movimiento que hacía y si por alguna
razón, si por algún descuido de mi parte tocaba donde no debía, lo único que
existía para mí era: – no, regrésate,
tienes que regresar, repetir tu camino y
esta vez cuídate de no pisar esas líneas- y yo así lo hacía, tenía que estar
consciente de cada movimiento para que mis regresos pasaran desapercibidos,
nadie se daba cuenta de mis correcciones
o de lo que pasaba dentro de mi cabeza. Cada movimiento se convertía en un
reto, en una oportunidad para que, si hacía lo que debía, la voz me dejara en
paz.
La
gente a mi alrededor percibía la perfección con la que hacía mis deberes
escolares como una virtud, para todos, mi vida era el modelo que todos debían
seguir –deberías actuar más como ella, siempre está al pendiente de sus tareas,
de que nada le falte- nadie sabía, ni si quiera yo lograba entender lo que
estaba sucediendo conmigo, pero, como era una virtud a los ojos de los demás, pensaba
que debía aceptarlo a pesar de lo que por dentro sufría.
La
voz decidió atacar el lado más débil que tenía, me aterraba la idea de
enfermar, le tenía pánico a la posibilidad de vomitar y fue ahí donde encontró
el lugar idóneo para asentarse y comenzar a separarme pieza por pieza.
-
Si comes eso te vas a enfermar-
-
Si haces eso vas a vomitar-
-
En la noche te puedes sentir mal y no habrá
manera en que alguien te pueda ayudar
Estas
ideas aparecieron primero aisladas, relacionadas solamente a circunstancias en
las que de verdad enfermada, en las que era muy plausible la posibilidad de que
me sintiera mal, de que vomitara o de que tuviera que ser llevada a la sala de
urgencias de un hospital. Muy rápidamente dejó de ser así, está era la pieza
que faltaba al círculo de lo que se convertiría en mis futuras crisis de
ansiedad.
-
Necesitas revisar de nuevo tu tarea, no está
perfecta
-
No, ¡basta!, lo que hice está bien
-
¿Estás segura?
-
Sí
-
Pues yo no lo estoy, tienes que revisarlo de
nuevo
-
No, por favor, no más, ni una más.
-
¿No?
Y
era justo en este momento que mi cuerpo dejaba de ser mío y cada una de las
partes de mi cuerpo comenzaba a tener vida propia mientras yo me sentía
encerrada en un lugar al que no pertenecía, mis manos ya no eran mías, mis
piernas no hacían lo que les pedía y me obligaban a caminar sin una meta, mi
corazón buscaba la manera más rápida de salir de mi cuerpo y todos convergían
en el centro de mí; parecía que todos habían decidido mandar sus energías a mi
estómago y era aquí cuando el verdadero miedo comenzaba:
-
Vas a vomitar
-
No quiero, por favor, no quiero
-
¿No estás sintiendo tu estomago en este
momento?, es seguro que vas a enfermar y algo peor te va a pasar
-
¡Ya!, detente, por un momento detente
Claro
que nunca me dejaba, y era ahí cuando más se aferraba a mi vida, se alimentaba
de mi miedo y de lo frágil y dominable que era para ese entonces. Como mis
piernas habían dejado de ser mías era que fácilmente podía pasar la noche
caminando alrededor del cuarto, no había
cansancio; como mi corazón y mi mente hacían lo que querían, era que me podía
pasar las noches enteras sin dormir, no había sueño y como las náuseas
implantadas por la voz eran mi mayor miedo, lloraba ante la posibilidad de que
algo peor sucediera, no tenía vida.
Poco
a poco el tiempo de tregua que me daba la voz se iba reduciendo, con cada día
que pasaba se iba llevando los pocos recursos que tenía para hacerle frente
hasta que llegó un momento en el que dejé de ser yo y me convertí en un cúmulo
de ideas ensordecedoras que buscaban atención y en un conjunto de síntomas que
buscaban expresión, querían salir y fue aquí que mis crisis se volvieron más
fuertes y frecuentes.
Las
visitas al hospital ya eran inevitables, y aún dentro de éste, mi voz no se
tranquilizaba y cada noche me hacía recorrer los pasillos del hospital:
-no
te duermas
-estoy
muy cansada, un rato nada más
-no,
si te duermes, igual y ya no despiertas
-
por favor, un momento nada más
Con
la poca valentía que me quedaba buscaba en momentos recostarme en esa cama tan
incómoda, colocaba el respaldo lo más recto posible para engañar a la voz y a
hacerle creer que estaba sentada, sí, pensaba que ese truco lograría desviar su
atención y me permitiría apagar mi cabeza por un momento, nunca sucedía y,
apenas colocaba mi cabeza sobre la almohada, mi jefe me hacía saber su
inconformidad:
-
¡párate!
-
No, un ratito nada más
-
¿No?
-
Mi mamá está muy cansada, me voy a acostar un
rato nada más
-
1, 2, 3
Terminaba
la cuenta y mi desesperación comenzaba, era imposible estar recostada en esa
cama, era como si te ahogara el lugar donde estás, como si bajo ninguna postura
encontraras paz y tenías que ir a buscarla a otro lado. Me volteaba a la
derecha, luego a la izquierda, me retorcía en la cama hasta que sucumbía ante
las órdenes que había buscado ignorar:
-
¡Párate de la cama!
-
Está bien
Y de
nuevo comenzaba la caminata, la angustia, la desesperación y todo lo que me
acompañaba día tras día, pero sobre todo, noche tras noche. Había descubierto
que al sentir dolor la voz era golpeada, cuando sentía dolor por un par de
segundos se callaba y me daba oportunidad de respirar de nuevo así que comencé,
de la manera más discreta posible, a lastimar mi cuerpo para dejar de sentir:
golpeaba mis piernas, estiraba mi cabello, jugaba con el catéter que tenía en
mi muñeca, me pellizcaba. Todo valía la pena por un par de segundos conmigo,
sola, sin la voz.
Yo
ya era nada,había dejado de existir, la única meta de mi vida era buscar
fuerzas para dejar de sentir, dejar de oír, dejar de hacer, pero eso no era
posible, ya estaba tan ahogada en ese pantano que estaba perdiendo las ganas de vivir, a lo mejor así
la voz se iba conmigo.
En
ese momento, en lo más oscuro de mi vida, cuando era presa total de algo más
grande que yo, fue que apareció la Psiquiatra que tras lanzarme una cuerda y
estirar con todas sus fuerzas fue que me sacó de ahí:
-
Necesitamos ponerle un nombre, una
identificación, ese que te habla no eres tú. Vamos a decirle intruso-
No
había mejor manera para describirlo, no había sido invitado, no lo quería, se
había posesionado de mí como un parásito
-
El intruso
está ganando, pero lo que el no sabe es que tenemos en nuestro poder
armas que son más poderosas- me decía ella con toda la intención de sacarme del
lugar en donde estaba, pero yo no creía mucho todavía, yo ya no podía.
-
Las gotitas nos van a ayudar a dejar de
sentir esas cosas raras en el cuerpo, ya no va a haber temblores, palpitaciones
ni nada de eso, pero lo más importante es que tenemos que ponernos nuestros
guantes de box, subirnos al ring y luchar contra ese intruso, ¡no lo queremos
aquí!
Las
indicaciones estaban dadas, los medicamentos ayudaban de una manera
maravillosa, pero la lucha era mía, era yo, no los medicamentos quien debía
vencer al intruso y muy pronto tuve la oportunidad de hacerlo:
-
Te vas a sentir mal después de que te
alimenten por la sonda
-
No
-
¿estás segura?, definitivamente te vas a
sentir mal
-
No va a pasar nada
-
¿no va a pasar nada?, claro que pasará¡
Sentirás nauseas, tendrás que volver a caminar para tratar de escapar y
definitivamente regresarás al hospital
-
No va a suceder nada, el medicamento que
tengo me ayudará si siento nauseas, las gotitas hacen que mis piernas sean mías
de nuevo, no habrá necesidad de caminar ni de correr, no es necesario que
regrese al hospital, aquí tengo la respuesta a todo lo que pueda pasar
-
No será suficiente, nunca será suficiente
-
¿estás seguro?
-
¿qué no te miedo vomitar?, ¿no te da miedo
estar en medio de la ansiedad otra vez?, mira que eso sucederá, sabes que así
será
-
Sí, me aterra, pero más me aterra que seas tú
quien decida por mí.
Responderle
de esa manera a quien había estado dominándome por mucho tiempo representaba lo
más difícil que había hecho en mi vida, tenía que alejarme de todos y
encerrarme en un cuarto para hacer cada una de estas batallas, cada línea era
más difícil que la anterior, cada una de sus respuestas buscaba atrincherarme,
pero también, cada una de mis respuestas estaba acompañada por lo que iba
aprendiendo de mi condición, todo dependía de mí.
Esa
primera lucha duró casi media hora, respondía y él me atacaba, contestaba y él
me amenazaba, hasta que tras un intenso forcejeo el intruso calló, era la
primera vez que el hacía lo que yo le pedía, La combinación de medicamentos, de
ejercicios de respiración y de la determinación que obtuve de algún lugar de mi
cuerpo, me dieron la primer victoria, esa vez no hubo crisis de ansiedad, salí
de la habitación para decirle a mi mamá ya pasó, estoy bien de nuevo, por esta
vez no hubo crisis.
La
respuesta a todo parecía sencilla, una pastilla, unas gotas, unas respiraciones
y una pelea en la que parecía que hablaba sola, pero no lo era, cada línea que
salía de mi tomaba todas las fuerzas que tenía, con cada una de sus respuestas
me tambaleaba al punto de caer de nuevo en lo que me decía, a veces quería
caer, era más sencillo y yo estaba cansada, pero no lo hice, respondía y
respondía hasta que no había más para él que callarse.
En
cada sesión la Psiquiatra me preguntaba -¿cómo vamos con el intruso?- yo,
cargaba una libreta en la que registraba cada uno de los ejercicios de
respiración y buscaba siempre dar la respuesta más exacta posible, no por temor
a equivocarme sino porque sabía que no podía dejar ningún cabo suelto en mi
recuperación, ella tenía que saberlo todo.
-
¿Le ganamos?
A
veces lograba responder que sí, otras veces aceptaba mi derrota y buscaba una
nueva manera de hacerle frente, para ese momento había recogido algunas partes
de mi vida y las fuerzas, las ganas y la esperanza de recuperarme se estaban
haciendo presentes de nuevo así que cada indicación que ella me daba la acataba
rigurosamente, antes que todo, para mí, estaba hacer lo que ella me pedía que
hiciera.
El
intruso estaba siendo atacado, así que ahora buscaba caminos nuevos para llegar
a mí, aparecía de sorpresa, aumentaba o disminuía su intensidad o me hablaba de
diferentes maneras, todo para que volteara de nuevo a verlo y le prestara
atención. Yo me resistía, yo ya no quería estar al mando de él, era yo quien
quería decidir lo que iba a sentir o lo que iba a pensar y esa era mi meta
última y absoluta.
Además
de las sesiones personales, había comenzado también con terapia grupal, en las
que comenzamos, todos, a entrar a un mundo completamente diferente, en el que
no estábamos solos. Todos habíamos sido atormentados y atacados de muchas
maneras, algunos estábamos ya en un momento de recuperación y otros se
encontraban todavía en el medio del trastorno, buscando la respuesta última al
camino por el que por alguna razón comenzaron a andar.
Teníamos
historias diferentes pero, al mismo tiempo, iguales en muchos aspectos, escucharlos hablar
me hacía pensar en cosas que yo también había vivido por lo que, de pronto, me
vi frente a personas que me hicieron sentir que no estaba sola, que no era la
única, que no debía recibir trato especial de nadie, había muchas otras
personas como yo, la ansiedad era el común para todos.
Nos
sentábamos de manera que formábamos una especie de círculo, nos veíamos los
rostros y escuchábamos las historias de cada uno guiadas por la Psiquiatra,
cada uno era consejero y preparador profesional del otro y en conjunto nos
preparábamos para las batallas que seguiríamos librando con nuestros
respectivos intrusos.
-
Bueno, ya terminamos, en un ratito vamos a
empezar con la sesión de musicoterapia
-Para
hacer esto es necesario sentir, cierren los ojos y ábranse a la posibilidad de
poner en pausa todo y sentir
La
musicoterapia fue una herramienta diferente, adopté la música como un estilo de
vida y como un soporte más para las luchas a las que todavía me enfrentaba:
-Mamá,
espérame tantito, necesito ir a ya sabes dónde, creo que me siento mal- era la manera en que me alejaba de donde
estuviera porque estaba comenzando una nueva crisis, me levantaba y caminaba a
otro cuarto para comenzar el ritual que me ayudaba a bloquear el acceso de la
ansiedad y del intruso a mi cuerpo:
(inhala,
exhala)
-
Ya no tienes poder sobre mí
(inhala
y exhala)
-
No me vas a ganar
(inhala
y exhala)
-
No va a pasar nada
(Inhala
y exhala)
Él
insistía y respondía, pero yo tenía trucos que me hacían ignorarlo más
fácilmente, así que además del ataque verbal y de las respiraciones, comencé a
colocarme los audífonos durante esos momentos, la música distraía aún más mi
cabeza de las ideas que el intruso buscaba tatuar en mi cabeza.
-¡Karen!
¿Ya terminaste?- Gritaba mi mamá desde alguna otra habitación con la intención
de que mi respuesta siempre fuera sí
-¡Nooo! (pero casi)
Con
cada alerta de crisis nueva sucedían dos cosas en mi cabeza:
¿Qué pasa si esta vez logra ganarme y de
nuevo termino en el hospital?
Quizá esta sea la última vez quizá hoy
desaparezca
Esas
dos ideas, completamente opuestas, aparecían de manera abrupta, por un lado con
cada aparición de síntomas tenía la sensación de estar entrando a un recuerdo,
a algo mío, ya conocido y a lo que creí que pertenecería toda la vida y eso era
lo que me hacía pensar en la posibilidad de que el intruso me ganaría, si ya lo
había hecho una vez, ¿por qué no habría de hacerlo de nuevo?
lunes, 30 de marzo de 2015
Pasaron los días y así, de pronto, estaba a solamente una noche de volver a entrar al quirófano. Había estado hablando con mi Psiquiatra para evitar que esta nueva situación trajera consigo heridas profundas y retrocesos significativos a mi recuperación; yo ya había pisado muchas veces un hospital, ya había entrado al quirófano, ya había estado bajo la lupa de infinidad de doctores y de procedimientos y ya no quería, no podía más. Esa noche el insomnio llegó a mí y ni la música, ni las respiraciones ni los medicamentos me ayudaron a filtrar de mi cabeza la idea de verme una vez más en ese cuarto frío rodeada de médicos, llena de tubos y monitores.
La mañana de la cirugía todos nos levantamos temprano, mi hermano se quedó a cargo de alguien más (como siempre sucedía) mientras que yo subía de nuevo al coche para recorrer el camino hacia el hospital. Hacer ese trayecto me ponía a pensar en todos y cada uno de los momentos en que terminaba en la sala de urgencias con crisis tan fuertes que me hacían patear, golpear o sacudir el coche sin importar nada ni nadie, dominada por la angustia y el sufrimiento que no sabía cómo expresar y buscando de alguna manera obtener un momento de paz ante lo que mi propia cabeza generaba. Esta vez era diferente, no había crisis, llantos, gritos, ni nada de eso, pero sí había una promesa de que ese instrumento que me ayudaba a comer se quedaría conmigo todavía por un tiempo indefinido.
Llegamos a admisión para realizar el mismo proceso de ingreso, entré a la sala de urgencias para que me prepararan, me canalizaron, revisaron las condiciones de la sonda y esperaron a que llegaran los médicos importantes para que todo comenzara. Para ese momento yo ya conocía a mi nuevo huésped, un pequeño botón que se abría como si abrieras una envase de jugo cualquiera, sí, era mucho menos visible pero se veía mucho más permanente y eso me asustaba aún más que la cirugía misma.
Al poco tiempo, mi camilla comenzó a moverse, mis padres ya se habían despedido y aguardaban en la sala de espera del quirófano mientras yo recorría los pasillos neutros del hospital hasta llegar a un pequeño cuarto todavía más blanco lleno de enfermeras y otras personas que no sabía lo que eran. Me cambiaron a la camilla al centro del lugar y comenzaron a conectarme a más monitores: ritmo cardíaco, presión, respiración etcétera, y fue justo en ese momento que mi ansiedad comenzó a elevarse, los recuerdos de las veces que estuve en esa situación traían consigo las mismas emociones.... ¿por qué estaba ahí otra vez? ¿no ha sido ya suficiente? ¿puede todavía el pozo ser más hondo? ¿puede doler aún más? Todo eso me preguntaba y, mientras esperaban al anestesiologo, dentro de mi cabeza comencé a buscar razones por las que merecía haber vivido todo lo que hasta ese punto había sucedido, ¿era un castigo divino? ¿era para darle una lección a alguien? ¿había sido una persona tan mala?
Esa búsqueda se vio interrumpida cuando por fin llegó el médico que me pondría a dormir; recuerdo que mi gastroenterologo había tratado de mantenerme tranquila prometiéndome que todo saldría bien y que no tenía nada de qué preocuparme, lo hizo hasta el momento justo en que ese líquido espeso (al menos así se ve) comenzó a entrar a mi cuerpo, al poco tiempo de eso mi cuerpo dejó de ser mío y una vez más dejé de existir para que ellos, "los que saben", pudieran retirar la sonda provisional que tanto me había costado y colocar en su lugar ese pequeño e inofensivo tapón que iba con toda la intención de mantenerse ahí por un período muy largo de tiempo.
El procedimiento duró poco y el médico comenzó a despertarme cuando todavía estaba dentro del quirófano: "todo salió bien", "vamos a recuperación." Yo no estaba consciente todavía de lo que recién había pasado hasta que ya en un estado mucho más alerta pude tocar en mi cuerpo a mi nuevo huésped ya instalado; no quería verlo, no quería nada que me atara todavía a todo lo que había sucedido conmigo, a la "vida" que había llevado y que apenas estaba recuperando. El gastroenterologo habló con mis padres para decirles que todo había salido perfecto, que era mucho mejor este aparato, que no habría ningún problema y otras tantas cosas. Yo lo oía casi sin entender y pensando ¿Cómo puede alguien decir que todo salió perfecto?, ¿ Cómo puede él hablar de que esto es lo mejor cuando yo lo único que quiero es terminar mi relación con los hospitales y con todo lo que esos lugares representaban?
Ni siquiera hubo necesidad de mantenerme muchos días internada, afortunadamente no hubo dolor, ni infecciones ni nada que contradijera la "perfección" del procedimiento; así que, tras darme de alta, mis padres y yo hicimos de nueva cuenta el mismo recorrido ahora rumbo a nuestra casa para comenzar de nuevo nuestras vidas en donde las habíamos dejado.
Aunque retomé mi vida y mis actividades de siempre: ir a la escuela, convivir con mis amigos, salir a jugar, alimentarme con ayuda de mi botón nuevo, etcétera, me sentía un tanto estancada pensando en que la posibilidad de ser yo, sólo yo, estaba todavía muy lejos de ser; sin embargo, poco a poco y con ayuda de las sesiones mi grupo,de la musicoterapia y de la reestructuración que lograba conmigo la psiquiatra retomé de nueva cuenta la fuerza que necesitaba para hacer frente, primero, a las ideas en mi cabeza que sanguijuelas se pegaban a mi cabeza haciéndome pensar en que todo podía repetirse y,segundo, a la compañía constante del botón que funcionaba no como un auxiliar en mi alimentación, para mí era el recordatorio claro de que nada había terminado aún.
Los momentos más difíciles del tiempo de ese aparato conmigo eran cuando me bañaba y cuando debía elegir qué ropa usar. Cada vez que entraba a la regadera y debía retirar las gasas para hacer limpieza pensaba en todo lo que simbolizaba, pensaba en que su presencia en mi cuerpo estaba determinada por la imposibilidad de muchas personas de descubrir lo que estaba sucediendo conmigo y que me había llevado a experimentar las más horribles y aplastantes emociones que alguien puede sentir, además, me hacía sentir fea, defectuosa e imposibilitada para ser atractiva para alguien más, todo eso se iba conmigo también al momento de escoger la ropa con la que me vestiría, no podía usar blusas cortas ni ajustadas ni nada de lo que todas las demás usaban porque en mi estomago se veía la evidencia clara de que algo más había ahí.
No obstante, aprendí a aceptarlo pero no a hacerlo parte de quien era, existía solamente cuando era necesaria su presencia. Muy poca gente en mi escuela sabía de él y como a partir de esa última entrada al quirófano todo había retomado su curso de nuevo, decidí que era mejor así. Todo esto , la ansiedad, la sonda, los tranquilizantes y mi vida en el hospital existían en la medida en que yo lo alimentaba así que lo mejor fue no hacerlo más, con la esperanza última de que tarde o temprano todo quedara para siempre en el pasado como un capítulo malo de un libro que todavía no terminaba.
sábado, 14 de marzo de 2015
El fin de ese ciclo representaba, de alguna manera, la cúspide de mi éxito, verme sentada en ese salón y rodeada de todos los demás, esperando para recoger el pedazo de papel que acreditaba que una parte había terminado era la validación que faltaba de que ahora todo estaba mejor, de que esas ideas, voces o intrusos en mi cabeza se habían apaciguado (al menos por ahora) y me estaban dando tregua para que fuera yo más normal y sin tantos demonios que perseguir. Pero, al mismo tiempo, era una puerta que no sabía si podía atravesar, era un nuevo reto al que ya debía hacer frente sin tantos respaldos y sin tantas redes que pudieran protegerme si me caía de nuevo.
La cautela fue una de mis mejores aliadas al inició de mi época en la secundaria ya que la clase de medicamentos que tomaba para contener mis ideas y tranquilizar mi cuerpo no era algo que pudieras ir diciendo por la vida como si hablaras de suplementos de alimentación y la extensión que tenía y que salía de mi estómago ayudándome a mantener mi peso tampoco era algo que me gustaba presumir, ya había aceptado su presencia, pero no la había adoptado como una parte permanente de mí.
En mi nuevo grupo había mucha gente que ya eran mis amigos y otra tanta que no, pero que al poco tiempo lo fueron también. Disfrutaba de las cosas nuevas que estaba viviendo y fácilmente me había enrolado en la nueva rutina, en las nuevas actividades y en las nuevas pláticas y relaciones que ese nuevo ciclo había traído consigo.
Para ese entonces yo seguía experimentando crisis, no iguales, no tan intensas ni tan abrumadoras, pero había momentos en los que tocaban a mi puerta ideas apremiantes y discursos fatales que hacían que mi corazón se agitara, que mis manos temblaran y que la sensación de ahogo llegara a mi cuerpo; yo terminaba por abrir ligeramente esa puerta para poder enfrentarme con seguridad a cada una de esas ideas, algunas veces lo lograba rápidamente y otras tantas me costaba un poco más de trabajo, pero siempre era yo quien ganaba.
Parte de ese éxito se debía a que seguía de cualquier manera el camino con mi Psiquiatra, continuábamos dentro de grupo de apoyo hablando de nuestras voces o intrusos , escuchábamos atentamente la manera en que cada uno de nosotros se enfrentaba a ellos y entre todos formábamos una comunidad diferente en la que nos ayudábamos y apreciábamos pero deseábamos también no haber tenido que conocernos, al menos no así.
Cada uno ganaba o perdía luchas constantes contra sus propios intrusos y se sentían juzgados o rechazados por muchas personas, incluso familia o amigos, pero no ahí, ya que en ese cuarto todos habíamos sido o éramos presa todavía de nuestra cabeza y podíamos, aunque fuera por el tiempo que duraban las sesiones, sentirnos en un ambiente completamente protegido. Ahí éramos algo más que el diagnóstico que teníamos marcado en nuestra frente.
Las sesiones, los días, las materias y otros momentos fueron pasando...era hasta cierto punto increíble que mi estabilidad se hubiera mantenido por tanto tiempo; todavía no hablábamos de retirar la sonda o de disminuir el medicamento, pero todo iba bien, todo se movía bien aunque no por mucho tiempo. Todas las mañanas, como todos los días, me despertaba temprano junto con mi mamá para preparar los vasos de comida, pasarlos a mi cuerpo, bañarme e irme a la escuela y ese día no fue la excepción...La rutina comenzó a la misma hora de siempre aunque a mitad de mi "comida" algo se complicó, el globo que estaba dentro de mí y que mantenía la sonda en su lugar se reventó, así sin más y todo e equipo salió de mí: la manguera, a base, el globo, todo.
Por unos segundos ninguna de las dos reaccionó, mi mamá se quedó sosteniendo el embudo y la manguera y yo me quedé inmóvil hasta que mi mamá gritó, le gritó a mi papá que en ese momento se estaba bañando para que viniera a ayudarnos a reaccionar o a pensar qué hacer. Yo todavía estaba acostada en la cama sin saber si podía moverme o no, la sonda ya no estaba ahí y en su lugar había un agujero, una abertura por la que fácilmente podía haber entrado cualquier cosa; mi papá como pudo tomó el teléfono para hablare a mi Gastroenterólogo quien nos indicó que me tapara con una gasa y que en ese mismo momento nos fuéramos al hospital y eso hicimos. Yo tenía miedo de pararme, de tocarme, de caminar e incluso de respirar, era demasiado extraño para mí caminar sabiendo que había un agujero en mi estómago aunque para ese entonces ya muy pocas cosas se me hacían imposibles.
Llegamos a la sala de urgencias donde ya había un medico esperándonos, de inmediato me pasaron a una sala donde había varias camillas separadas por cortinas, me recostaron y me pidieron que esperara a mi médico quien al poco tiempo llegó para revisar y valorar la situación en la que nos encontrábamos. Recuerdo que me dijo: -estas heridas cicatrizan muy rápido, si ustedes se hubieran tardado más quizá ya hasta hubiera cerrado, qué bueno que llegaron a tiempo, lo malo aquí es que necesito meter ya una nueva sonda y no nos da tiempo de hacerlo en el quirófano- esto lo iba diciendo mientras sacaba materiales nuevos y los ponía en una mesita: gasas, jeringas, hisopos, y una nueva sonda de color verde. Para cuando terminó de hacer estas dos cosas, me dijo -tenemos que ponerla ya, quizá te va a doler mucho pero vas a tener que ser fuerte y aguantar-
Dentro de todo lo que me decía y o que veía logré descifrar lo que me había dicho entre líneas "te vamos a poner una sonda provisional, en este momento, así, sin anestesia." Mi mente se heló ante el miedo que sentía, aunque no me dieron mucho tiempo para pensar o sentir un poco más ya que, de pronto, ya estaba siendo sostenida por un enfermero mientras el doctor limpiaba el agujero que estaba ahí, se aseguró de que todo estuviera en condiciones y así, sin más, insertó la nueva sonda. Decidí no ver todo el proceso, ya que el dolor que sentí al momento en que la nueva sonda estaba entrando a mi cuerpo me hizo no ver, no escuchar y no sentir nada más...grité, lloré y pensé que por más que lo intentara, mi vida nunca sería tan normal o sencilla como la de los demás.
Fue muy poco tiempo el que duro ese proceso, así que a los pocos minutos ya tenía yo un nuevo huésped aunque su estancia sería mucho más corta ya que el médico nos dijo que al ser una sonda provisional era mucho más probable que se saliera con mayor facilidad así que era necesario pedir una nueva y más práctica, un modelo más reciente por decirlo de alguna manera, y en cuanto llegará con nosotros debíamos agendar también mi entrada al quirófano para que fuera colocada. Yo ya no quería saber de eso, yo ya no quería entrar a quirófanos, a salas de urgencias, ya no quería ponerme batas de hospitales y respirar ese aire de limpieza tan característico que poseen esos lugares, pero era algo que no podía evitar así que me fui de ahí con la consigna clara de regresar a que por una vez más jugaran con mi cuerpo.
jueves, 5 de marzo de 2015
Conforme pasaba el tiempo yo continuaba adaptándome a la escuela, a tareas, a ver a mis amigos, convivir con ellos y todo lo que de manera normal alguien de esa edad hacía. Mis citas con la Psiquiatra continuaban ahora cada mes, mis medicamentos seguían igual y aunque comenzaba a ingerir más alimento por la boca, todavía utilizábamos la sonda cada día de la semana; mis ejercicios de respiración continuaban así como la música, que se había convertido en un aliado más, un escape a las ideas apremiantes que me hacían pensar en muchas ocasiones que la historia aún no terminaba... si, eran menos intensas pero seguían ahí.
Mi grupo de amigas se había convertido en un gran apoyo hasta ese momento, para ellas, yo era una persona como cualquiera otra... No había ansiedad, ni intruso, ni sondas, ni psiquiatra, era solamente una más del grupo y eso fue transformandose en una parte más del sistema de ayuda que me estaba terminando de curar. Como a cualquier otra adolescente, comenzaron a atraerme de una manera "romántica" las demás personas, en especial uno, comenzaba a mirar a alguien de mi salón de clases de una manera diferente y hasta ese entonces desconocida. Mis amigas lo supieron, esos temas abundaban en nuestras conversaciones a la hora del descanso o cuando nos veíamos en casa de alguna de nosotras, sugirieron que era una buena idea que lo supiera y así ver qué más podía suceder... yo no estaba muy segura de si eso era lo mejor.
Comenzamos a involucrarlo en mayor medida a nuestro grupo, platicábamos mas con él, convivíamos más y, de esa manera, fui acercándome yo también a el; eso me gustaba, me sentía rara aunque de una manera positiva, era algo quizá muy inocente pero... me gustaba. Empecé a confiar en él y en algún momento del proceso en que nos volvíamos más cercanos decidí contarle parte de lo que había sido mi vida hasta ese o momento, así que le hablé de mi sonda, de esa pequeña manguera que me ayudó a sobrevivir y que ahora era parte de mi rutina diaria; en ese momento él lo entendió y me hizo saber que no había nada diferente, que eso no significaba nada malo y que me agradecía el haberle contado. En ese momento me sentí aliviada y pensé en la posibilidad de que él también podía sentir esas cosas raras que yo estaba experimentando cuando lo veía o cuando conversaba con él.
Ahí terminó nuestra conversación y pensé que ese tema no volvería a salir entre nosotros, pero estaba muy equivocada.
A los pocos días de esto uno de mis compañeros se acercó a preguntarme acerca de la sonda en mi cuerpo (él no sabía nada al respecto), así que cuando le pregunté -¿tu cómo sabes?- y me respondió el nombre de él, mi mente se pausó y me quedé dudando por unos momentos sin pensar siquiera que esa posibilidad podía ser verdad, yo había decidido que todo esto lo sabrían solamente las personas que yo escogiera y eso se lo hice saber a él, así que cuando me repitió quién se lo había dicho yo no hice otra cosa mas que lamentarme por la decisión que había tomado. Fui a buscarlo en compañía de mis amigas para preguntarle si eso había sido cierto y cuando él mismo me lo confirmó yo no pude hacer otra cosa más que arrepentirme y de manera automática mi cabeza comenzó a bombardearme de ideas que me hacían pensar que esa siempre sería la reacción de las demás personas...contarle a alguien más como si fuese la información del momento. Obviamente todos se enteraron y yo me vi en medio de situaciones que hubiera preferido evitar.
Esto lo trabajé también con mi Psiquiatra y fui comprendiendo y descubriendo la manera de lidiar con este tipo de situaciones... muchas personas se sentirían incómodas, se reirían o se burlarían de mi y eso no podía cambiarlo yo, pero lo que sí podía cambiar era cómo recibía esos comentarios y cómo me iban a afectar a partir de ese momento, de nueva cuenta me veía en la necesidad de aprender a manejar algo nuevo y aunque me asustaba pensar en que muy probablemente estas situaciones se repetirían yo necesitaba aprender a lidiar con ellas.
Posterior a estas sesiones, la doctora nos informó que ahora pasaría a formar parte de una terapia grupal en la que trabajaría en conjunto con otras personas que habían pasado por algo similar a lo que yo había experimentado y con las que buscaría encontrar más soluciones y sobre todo comprensión de que no era la única, que no era solamente yo la que había tenido experiencias de ese tipo; además, comenzaríamos con sesiones de musicoterapia.
Adopté una actitud diferente en la escuela, me volví mucho más cautelosa al momento de decidir contarle a alguien o no lo que había pasado con mi vida antes de regresar a la escuela, aunque eso ya no importaba demasiado ya que tras ese incidente ahora todo mi grupo, por lo menos, sabía lo que tenía en mi cuerpo, algunos ni siquiera le dieron importancia y otros comenzaron a curiosear y preguntar al respecto pero yo siempre me mantenía al margen. Eso sí, mi relación con aquella persona ya no fue la misma y esas sensaciones raras que me hacían querer platicar o pasar tiempo con él fueron desapareciendo... junto con la amistad que nos había estado uniendo.
Asistí entonces a mi primera sesión de grupo, el camino al consultorio de la psiquiatra ya me lo sabía de memoria, pero la sensación de llegar y ver a otras personas que habían pasado por episodios iguales o peores a los míos era completamente nueva para mí y así fue como de pronto en la sala de consulta nos vimos 5 personas desconocidas en apariencia pero que compartíamos un gran lazo que estábamos buscando comprender.
Uno de ellos era ya un hombre adulto lo que por un lado me hizo pensar en la posibilidad de que esto podía repetirse en mi vida cuando fuera yo también una adulta, otras dos personas jóvenes: un hombre y una mujer en edad universitaria y, por último, una niña aproximadamente de mi edad... todos nos vimos por primera vez en la oficina de la doctora y bajo su guía comenzamos a abordar nuestras propias experiencias, lo qué habíamos pasado, lo que habíamos intentado hacer para solucionarlo y cómo nos encontrábamos hasta ese momento de nuestras vidas; todas y cada una de las historias diferentes pero parecidas en el hecho de que la ansiedad, las ideas apremiantes, las conductas repetitivas, la angustia y el miedo se habían apoderado de nosotros en algún momento del camino.
A la par de las sesiones en las que nos guiaba la doctora y en las que como equipo buscábamos encontrar respuesta y herramientas para hacer frente a la situación por la que atravesábamos también recibíamos ayuda de la musicoterapia en la que a través de sonidos, melodías y otro acordes lográbamos expresar y manejar nuestras emociones de una manera diferente, de una manera que resultaba más efectiva para todos nosotros.
Para mí, el equipo que se había formado entre la Psiquiatra, los medicamentos, el grupo de apoyo y la musicoterapia me estaba llevando a una estabilidad que hacía mucho tiempo no sentía, la reestrucutración de mi vida y la de toda mi familia estaba consolidándose y la posibilidad de deshacerme de todos los estragos que la ansiedad había traído a mi vida se veía ahora mucho más cerca, más alcanzable y a la vista de todos nosotros
Así, sin pensarlo y sin darme cuenta del tiempo de pronto me vi a unos días de la graduación de mi educación primaria, meses atrás ni mis padres ni yo hubiéramos pensado en ese evento que ahora era una realidad. Para nosotros se había convertido en uno de los últimos puentes a cruzar hacia una recuperación total, representaba la oportunidad de comenzar una etapa nueva en mi vida con una perspectiva diferente y con más tiempo de por medio entre el inicio de aquel incidente y mi persona actual, lo que permitiría que las cicatrices sanaran más rápido aún.
Todavía faltaban otras cosas que debía encarar, pero eso, en ese momento todavía no lo sabía.
viernes, 13 de febrero de 2015
El regresar a la escuela implicaba un reto enorme no sólo para mí, sino también para mis papás. Por un lado ya había pasado mas de medio año desde que tuve que abandonarla por mis constantes entradas y salidas al hospital y por otro, y aunque en este punto estaba mucho más recuperada, para mis padres significaba tener que superar el miedo de dejarme libre para que volviera a buscar una vida fuera de la burbuja protegida que representaba el hospital y, para mí, representaba la oportunidad de constatar y asegurarme que todo lo que había sucedido no iba a interponerse con que yo hiciera una vida normal, como la de todos los demás.
La Psiquiatra siguió trabajando conmigo y con mis papás y al observarse avances significativos en las crisis de ansiedad a la par que me hacía más hábil en la lucha contra "el intruso" la doctora tomó la determinación de espaciar mis sesiones con la finalidad de irme dando la oportunidad de enfrentarme yo sola a los posibles retos que en ese tiempo se presentaran. De la misma manera ella me hizo ver que el regresar a la escuela sería la oportunidad de iniciar una nueva etapa de mi vida, una etapa en la que poco a poco aprendería a ver las cosas de una manera diferente, en la que disfrutaría de todos los beneficios de ser libre sin estar atada a una cama de hospital y en la que aprendería también a ser yo de nuevo, un yo que no estuviera determinado ni definido por tener una enfermedad mental o por tener una sonda pegada a mi cuerpo......
Me fui preparando para el examen, tranquila, sin presiones y sin preocuparme o angustiarme como solía hacerlo en el pasado así que para cuando ese día llegó yo estaba dispuesta a aceptar el resultado que fuera, solamente quería regresar a la escuela. Lo hice y aunque tuvimos que esperar un par de días, la respuesta fue muy positiva, nos mandaron llamar para decirnos que podía, si así lo deseaba, ingresar al sexto grado aún y cuando ya había transcurrido la mitad de éste, el director dijo que por los resultados tan positivos que había obtenido era muy probable que fácilmente me enrolara con los contenidos de ese curso.
Así que desde el momento en que me dieron esa noticia hasta que estuve frente a la puerta del salón me preparé de una manera única, atendía las indicaciones que me daba la Psiquiatra, hacía ejercicios de respiración de manera constante, había logrado reducir las ideas repetitivas en mi cabeza con lo que lograba también que mis luchas se redujeran en frecuencia e intensidad, tomaba mis medicamentos de manera religiosa, recibía apoyo de mi familia que también iba a terapia con la doctora y había aceptado también que la sonda se quedaría conmigo durante algún tiempo más y que no dejaría que ese pequeño detalle encogiera a la persona que estaba formando así que tome la decisión de ser muy selectiva con las personas con las que compartiría esto, al fin y al cabo no era perceptible para nadie a menos que así lo decidiera yo.
Así que desde el momento en que me dieron esa noticia hasta que estuve frente a la puerta del salón me preparé de una manera única, atendía las indicaciones que me daba la Psiquiatra, hacía ejercicios de respiración de manera constante, había logrado reducir las ideas repetitivas en mi cabeza con lo que lograba también que mis luchas se redujeran en frecuencia e intensidad, tomaba mis medicamentos de manera religiosa, recibía apoyo de mi familia que también iba a terapia con la doctora y había aceptado también que la sonda se quedaría conmigo durante algún tiempo más y que no dejaría que ese pequeño detalle encogiera a la persona que estaba formando así que tome la decisión de ser muy selectiva con las personas con las que compartiría esto, al fin y al cabo no era perceptible para nadie a menos que así lo decidiera yo.
Se llegó el día, muy temprano hicieron pasar la comida a través de mi sonda para darme oportunidad y tiempo suficiente a que la sensación de estar llena pasara y no me generara algún malestar estando en la escuela, después tomé también las gotas de clonazepam, que me ayudaba a no sentirme ansiosa, en una cuchara con un poco de agua e hice mis respiraciones para poder entonces iniciar el camino a mi primer día en la escuela. Me recibió el director con un abrazo y felicitándome por lo que había logrado hasta ese momento, y tras algunas otras palabras me acompañaron al salón y fue ahí, al entrar al grupo, que me sentí con un control completo de mí, no había mamá, papá o psiquiatra alguna para contenerme... era nada más yo.
Algunos de mis compañeros habían compartido otro grado conmigo y, tras algunos comentarios que hacía el director o los maestros que me visitaban, sabían que había estado mucho tiempo en el hospital y que no podían descubrir lo que tenía pero que ahora ya estaba mucho mejor; sin embargo, lo que nadie sabía era que veía a una Psiquiatra o que me daban de comer a través de una sonda y yo había decidido que era mejor así.
Claro que ese primer día me tuve que enfrentar a las dudas que mis compañeros tenían, ¿por qué te fuiste el año pasado?, ¿qué tenías?, ¿por qué estabas en el hospital?, ¿todavía estás enferma? y aunque yo respondí a todas ellas siempre procuré no ahondar mucho en ese tema, yo era como ellos y no quería que me vieran o trataran diferente.
Claro que ese primer día me tuve que enfrentar a las dudas que mis compañeros tenían, ¿por qué te fuiste el año pasado?, ¿qué tenías?, ¿por qué estabas en el hospital?, ¿todavía estás enferma? y aunque yo respondí a todas ellas siempre procuré no ahondar mucho en ese tema, yo era como ellos y no quería que me vieran o trataran diferente.
Durante el descanso mi mamá fue a llevarnos el almuerzo tanto a mi como a mi hermano quien estaba en segundo grado; yo ya había recibido otro tipo de alimentación pero para ese entonces ya ingería un poco de alimento por la boca, así que, aunque en cantidades todavía pequeñas, trataba de probar alimento durante los recesos.
Al poco tiempo ya tenía un grupo establecido de amigos, me había enrolado de manera exitosa en las clases y fácilmente me puse al corriente. Y aunque la rutina de mi recuperación seguía, yo estaba terminando de despertar a una nueva oportunidad que estaba disfrutando y a la que me estaba aferrando con todas mis fuerzas, había logrado también sentirme lo suficientemente segura con los amigos que tenía como para contarles algo más acerca de mí y fue ahí cuando hable por primera vez de mi experiencia en el hospital y de la sonda que me ayudaba a alimentarme, lo hice con mucho miedo y un poco de reserva porque no sabía que respuesta esperar...
Quería saber también si el enterar a otros de la situación en la que me encontraba podía convertirse en un obstáculo significativo al momento de buscar hacer amistades o algo más, y... lo descubrí de una manera que me hizo ver que no todos son capaces de comprender y aceptar las diferencias de los demás; pero esa situación, en lugar de derrumbar lo que había estado forjando por más de 6 meses, lo que hizo fue empujarme a terminar de salir del túnel y reforzar a la persona en la que me estaba convirtiendo.
Al poco tiempo ya tenía un grupo establecido de amigos, me había enrolado de manera exitosa en las clases y fácilmente me puse al corriente. Y aunque la rutina de mi recuperación seguía, yo estaba terminando de despertar a una nueva oportunidad que estaba disfrutando y a la que me estaba aferrando con todas mis fuerzas, había logrado también sentirme lo suficientemente segura con los amigos que tenía como para contarles algo más acerca de mí y fue ahí cuando hable por primera vez de mi experiencia en el hospital y de la sonda que me ayudaba a alimentarme, lo hice con mucho miedo y un poco de reserva porque no sabía que respuesta esperar...
Quería saber también si el enterar a otros de la situación en la que me encontraba podía convertirse en un obstáculo significativo al momento de buscar hacer amistades o algo más, y... lo descubrí de una manera que me hizo ver que no todos son capaces de comprender y aceptar las diferencias de los demás; pero esa situación, en lugar de derrumbar lo que había estado forjando por más de 6 meses, lo que hizo fue empujarme a terminar de salir del túnel y reforzar a la persona en la que me estaba convirtiendo.
viernes, 6 de febrero de 2015
A los pocos días de la llegada de ese nuevo año los médicos me dieron de alta...una vez más. Llegué a mi casa con el mal sabor que cualquiera experimenta tras una estancia en un hospital, pero para ese entonces estaba ya harta de lo mismo, ya conocía a las enfermeras, a los médicos residentes, al personal de limpieza, a los que repartían la comida y hasta a las monjas y sacerdotes que iban a hacer visitas a las habitaciones para buscar ofrecer un poco de consuelo a quienes ahí nos encontrábamos. En ese punto me di cuenta de que ese lugar se había convertido en un destino habitual para mí y yo ya estaba completamente cansada de eso, me hastiaba el pensar en que una nueva posibilidad de dormir en una cama de hospital pudiera volver a presentarse.
En mi casa la rutina se fue estableciendo de nuevo poco a poco, otra vez todos los días mi mamá dedicaba horas y horas a hacer la comida que ella o yo misma hacía pasar por mi sonda, en ese punto la había adoptado ya como una extensión de mi cuerpo aunque siempre con la firme convicción de que fuera solo temporal, mi papá retomó su trabajo de manera habitual, mi hermano de nuevo tenía la oportunidad de convivir con nosotros y no estar al cuidado de mis abuelas o tías y yo, que todavía no regresaba a la escuela, pasaba los días escuchando música, practicando mis ejercicios de respiración, debatiéndome en luchas continuas con las crisis de ansiedad que todavía experimentaba (aunque ya en menor intensidad) y retomando de nuevo el contacto con la familia de quien había estado alejada mucho tiempo.
Ellos, mis tíos, mis tías, mis abuelos y todos los demás sabían el camino que había recorrido, pero nunca habían tenido la oportunidad constante de convivir conmigo así que ahora que ya estaba de nuevo en casa todos querían verme y acercarse para darme ánimos, acompañarme y también para saber cómo era que "comía" a través de la sonda así que cuando iniciábamos el proceso y estábamos en casa de algún familiar me sentía como si tuviera espectadores tratando de comprender cómo funcionaba aquello. Primero calentábamos en el microondas los vasos, me recostaba , colocaba el embudo, limpiaba la manguera haciendo pasar primero un poco de agua y después poco a poco vaciaba el contenido de los vasos directamente en mi estómago así que para cuando terminábamos yo sentía como si hubiera comido un menú completo.
Había retomado también las sesiones con mi Psiquiatra, durante la última estancia en el hospital seguí tomando los medicamentos y ella estuvo al pendiente de mi situación pero no la había vuelto a ver, así que a partir de mi regreso nos pusimos a trabajar intensamente conmigo y con mis ideas. Ella me fue guiando en el proceso de destrucción de ese intruso que buscaba doblegarme y mantenerme presa, poco a poco abrió de nuevo mi vista hacia un panorama más alentador en el que ya no existía tanta aprehensión, tanto miedo o tanta preocupación por cosas que carecían de sentido... comenzó a darme libertad para recoger las piezas que se me habían caído y reconstruir aquellas que había perdido y, así, poder acomodarlas de nuevo para comenzar mi transformación en un persona diferente.
Poco a poco ella fue involucrando tanto a mis padres como a mi hermano a las sesiones y eso hizo que todos aprendiéramos a vivir de una manera diferente, la ansiedad, la sonda, los recuerdos del hospital y el temor de que todo comenzara de nuevo seguían presentes pero ahora todos estábamos adquiriendo habilidades que nos hacían enfrentarnos a todo eso de una manera más eficiente; ya no teníamos tanto miedo, ya sabíamos que tarde o temprano habríamos de poner punto final a ese largo capítulo.
Las semanas transcurrieron con la misma rutina de siempre pero ahora, al menos para mí, había llegado el momento de pensar en regresar a la escuela; toda mi historia comenzó mucho antes de que terminará el Quinto Grado así que yo pensaba que lo más probable era que me hicieran repetir todo ese curso. Yo siempre fui una alumna aplicada que se esmeraba por obtener buenos resultados y eso hacía que mis maestros tuvieran opiniones positivas acerca de mí así que cuando mis padres fueron a hablar con el director de la escuela, quien en varias ocasiones había ido a visitarme al hospital, para hacerle saber de mi mejoría y de mi deseo de regresar él se limitó a felicitarnos por lo sucedido y a decirnos que, si así lo aceptábamos, me pondría un examen que serviría para evaluar mi estado actual y de ese resultado el decidiría si me quedaba en ese grado inconcluso o brincaba a Sexto, el último nivel de mi educación primaria.
jueves, 5 de febrero de 2015
Los días transcurrieron y así, repentinamente, ya estábamos en vísperas de año nuevo, parecía imposible para mí que el cambio de siglo lo pasara encerrada en un cuarto aislada, con medicamentos para la ansiedad, llena de ronchas y con una sonda en mi cuerpo, pero así fue. Ese día mi mamá y mi hermano estuvieron con la familia celebrando y mi papá fue quien se quedó conmigo cuidándome y tratando de hacerme sentir mejor acerca del hecho de que ambos estuviéramos ahí ajenos a todo lo que representaba esa fecha.
Ambos veíamos la televisión y cuando dieron las 12, después de abrazarnos, recuerdo que volteé hacia la ventana que tenía en ese cuarto y, aunque con dificultad, pude apreciar algunos de los fuegos artificiales que la gente utilizó para celebrar la llegada del año y del siglo nuevo. Ambos estábamos muy alejados de sentir un ambiente festivo, pero mientras veía esos destellos una nueva esperanza se plantó en mí; ese momento representaba el inicio de un nuevo período, era el comienzo de una nueva oportunidad y pensé "este cambio es todavía más significativo para mí, para mis papás y para el resto de mi familia, a partir de ahora todo va a ser diferente", recuerdo también que volteé a ver a mi papá quien ya estaba dormido y en ese momento me prometí que haría todo cuanto estuviera en mis manos para terminar la odisea que nos había llevado a dejar de vivir para caer en una preocupación constante de si viviría, de si no lo haría, o de si alguna vez volvería a correr, jugar, caerme y levantarme como todos los demás.
Durante todo el trayecto mi cabeza comenzó a elaborar hipótesis de lo que me estaba pasando...¿era esto algo relacionado con la ansiedad?, ¿había algún problema con la sonda? o ¿era algo completamente nuevo a lo que también debía enfrentarme? Llegamos al área de Urgencias del hospital donde comenzó mi tiempo de espera para que alguien pudiera atenderme; poco tiempo después nos llamaron y mientras mi papá se dedicó a arreglar trámites y papeles con la recepción y la aseguradora, mi mamá entró conmigo al área de revisión. Ahí, comenzaron los médicos residentes a checarme, a hacerme preguntas y a constatar primero que todo estuviera bien con mi auxiliar en la alimentación.
Aparentemente todo estaba en perfecto estado, yo no tenía síntomas intensos de ansiedad, no había dolor, malestar, ni ningún otro indicador a parte del hecho de que mi cuerpo se encontraba lleno de ronchas...no había parte de mí que no las tuviera y eso me asustó tanto como a mis papás quienes ya estaban cansados de pensar en la posibilidad de que ese lugar donde tantas cosas habían pasado se convirtiera de nuevo en nuestro lugar de confinamiento... alejándonos otra vez de la esperanza de que la pesadilla hubiera terminado.
Los médicos procedieron a hacer algunas pruebas y al poco tiempo regresaron para darnos una respuesta...Varicela. De alguna manera, y a pesar de tener poco contacto hasta ese momento con la vida y el mundo fuera de mi casa, mi cuerpo recibió a esta enfermedad y ésta fue la razón de un regreso tan prematuro al lugar y a la vida que tanto esfuerzo me había costado dejar. Regularmente no es necesario internar a un niño cuando le da varicela, pero yo no era un caso común, así que para monitorear el progreso de la enfermedad que había llegado de una forma muy agresiva y para revisar de manera constante la sonda que traía en mi estómago, los médicos decidieron que iban a hospitalizarme.
Esa ocasión fue diferente a las demás en muchas maneras, primero, mi ansiedad había reducido considerablemente su intensidad, mis horarios de sueño se habían regularizado y aunque no comía siempre por mi cuenta, ya empezaba a probar más cosas a la par de la comida que introducían a mi cuerpo...aunado a eso, los medicamentos que tomaba en esos momentos para contrarrestar la ansiedad me ayudaron a no experimentar los molestos síntomas de la varicela, si bien, mi cuerpo tenía fiebre y estaba completamente lleno de ronchas yo no sentía comezón, ardor o alguna otra molestia, por primera vez mi estancia en el hospital no estaba llena de dudas, de incertidumbre o miedo por lo desconocido ya que sabíamos la causa exacta, el tiempo que permanecería ahí y la manera en que debíamos tratarla.
Me ubicaron fuera del ala pediátrica así que no había peces de colores ni sala de juegos, en su lugar recorrimos un pasillo pálido hasta una habitación grande de colores neutros, con una cama al centro y dos sillones, uno de los cuales sirvió de cama para mi papá quien asumió el rol de cuidador el tiempo que estuve en el hospital. Esa vez las visitas estaban completamente restringidas debido al grado de contagio que mi situación representaba; las enfermeras y los médicos que entraban a revisarme llegaban con guantes y cubrebocas, se deshacían siempre de los instrumentos que utilizaban después de haberme revisado y llevaban mi comida en platos y con cubiertos desechables para evitar que contagiara a alguien más.
En ese tiempo mi condición era muy diferente a la que tenía meses atrás así que fue una estancia mucho más tranquila y fluida, una estancia que pudo resultar mas placentera si hubiera tenido a alguien con quien compartir y fue en ese momento cuando más me puse a pensar en mi compañera de juegos, deseé de una manera muy especial el poder volver a verla y compartir tiempo con ella... desafortunadamente eso ya no volvería a suceder ya que durante la última vez que la ansiedad me había llevado al hospital, ella, tras algunas complicaciones propias de su enfermedad, falleció. En ese entonces cuando lo supe, no tuve tiempo si quiera de llegar a comprender la noticia, pero ahora que mi estado era mucho mejor podía sentir su ausencia, nunca nos vimos fuera del hospital pero adentro eramos una especie de cómplices porque por mucho tiempo compartimos el mismo "hogar" a la expectativa de lo que sucedería con nuestras vidas ¿cómo era posible que alguien que me había acompañado muchas tardes ya no estuviera? ¿cómo es que lo que sea que controle nuestro destino puede ser tan cruel que enferma y se lleva a alguien que apenas empezaba su vida? No había respuestas a esas preguntas así que en se momento ya sólo podía contar con el recuerdo de su paso por mi vida, breve pero muy valioso para mí.
jueves, 29 de enero de 2015
La primera lucha y el regresó al hospital
Al final de esa primer consulta mis primeras tareas fueron asignadas:
1.- series de ejercicios de respiración tres veces al día me ayudarían a mantenerme tranquila o a disminuir el grado de ansiedad que sentía cuando estaba en crisis.
2.- Luchas directas que mantenía con ese "intruso" que consistían en que todas y cada una de las veces en las que comenzará a dudar para dormir o para probar un poco de comida yo debía defenderme de esas ideas y evitar que se implantarán en mí o que accediera a lo que me decían.
Además de eso yo me iría a casa con los dos medicamentos que me habían ayudado desde el momento en que los tomé, Rivotril en gotas tres veces al día y Altruline de 50 mg, así que después de extendernos la receta y explicarlos la importancia de que no fallara a los medicamentos y no faltara a ninguna de mis sesiones procedimos a hablar del costo económico que esto implicaría. Ella en esos momentos ya era una Psiquiatra reconocida y excelente en lo que hacía así que sus honorarios representaban para nosotros algo imposible de hacer tomando en cuenta que debía verla una vez por semana y que el costo de los medicamentos también era muy importante. ¿Qué sucedió entonces? Ella nos ofreció reajustar sus honorarios hasta un nivel que fuera cómodo y posible para nosotros, de manera que el problema que teníamos con el dinero no me llevara a dejar la terapia y a dejar el tratamiento y eso, esa disposición de su parte hizo posible que para mis padres fuera posible el seguir llevándome a su consultorio.
Llegamos a casa asustados por lo que acabábamos de escuchar ¿una enfermedad psiquiátrica?, ¿medicamentos controlados?, ¿ansiedad?, ¿trastorno obsesivo-compulsivo? todo eso aunado a la sonda que traía pegada a mi cuerpo representaban un nuevo reto para todos en mi casa. Ya teníamos respuestas, ya sabíamos lo que pasaba y teníamos el apoyo de alguien que nos guiaría y proveería de recursos para hacer frente, pero no dejaba de resultar preocupante y aún así pensábamos de manera incierta en el futuro...guardábamos todavía una pequeña posibilidad de que todo se repitiera y yo volviera al hospital como tantas veces lo había hecho ya.
Al atardecer mi mamá comenzó la preparación de mi comida, eran horas y horas las que estaba dentro de la cocina procurando hacer todo al momento en que me lo daba y cuidando cada detalle para que no faltara ningún ingrediente y que pudiera continuar ganando peso. Para ese momento ya éramos todos muy hábiles en el manejo de la sonda, fácilmente instalaban el embudo, me alimentaban, me limpiaban y volvían a acomodar todo en su lugar había ocasiones en las que incluso yo misma hacía pasar el líquido hacía mi estómago y cuando era momento de bañarme había ya dejado el miedo atrás y podía manipularla sin miedo alguno.
Esa noche mis papás me compraron una libreta para que comenzará a llevar registro de mis ejercicios de respiración y de las luchas que estaba por tener con mi propia cabeza.
Comencé, inhalaba profundamente y exhalaba suavemente una, dos, tres, cuatro veces así hasta completar la serie que me había sugerido la Doctora, después de eso tome mis medicamentos y de nueva cuenta pude dormir, pude descansar en mi cama durante toda la noche sin darme cuenta de lo que sucedía afuera y sin la presencia inquietante y perturbadora de ideas extrañas que por esa noche me dejaron dormir.
Al día siguiente comenzaron a llegar las llamadas y visitas de los miembros de mi familia quienes habían recibido las noticias de que había comenzado a mejorar y que ya estaba durmiendo mucho mejor, eso, por un lado me llenó de gusto pero por otro fue demasiado para mí y al final de ese día una nueva crisis de ansiedad se hizo presente, la taquicardia, la sudoración, la desesperación y la angustia volvieron a invadir mi cuerpo solo que en esta ocasión tenía armas diferentes para hacerles frente así que me fui a uno de los cuartos de la casa y comencé a defenderme de ese "intruso" por primera vez, ante esa crisis mi cabeza me llenaba de ideas como "todo se va a repetir", "esta noche no vas a poder dormir", "si duermes, algo malo sucederá" y "siempre existirá al ansiedad", pero mi respuesta no fue aceptar esos pensamientos y dejarme envolver por una crisis tan incapacitante que me impedía incluso mantenerme sentada, parada o acostada por mucho tiempo; en esta ocasión, me senté y respondí a cada una de las ideas con una defensa fundamentada: "nada se va a repetir porque ya sé lo que tengo y sé cómo tratarlo", "si las noches anteriores pude dormir, ¿por qué hoy no?", "si algo de verdad amenazante sucediera si duermo tengo a mi Psiquiatra y a un montón de hospitales a los que puedo acudir" y "no, la ansiedad no es para siempre" y así fue que tras 5 o 10 minutos logré, por primera vez en meses logré ser yo quien dominará mi cuerpo y la ansiedad que padecía disminuyó.
Claro que no solamente era mi fuerza de voluntad lo que estaba logrando la mejoría en mí, los medicamentos, las sesiones, mis padres, la sonda y la música se conjugaban para lograr que poco a poco fuera reestructurando la persona que era, pero ahora renovada. ¿Cómo intervino la música? Una de las sugerencias de la Doctora fue que disfrutara de las cosas que me gustaban y que las usara a mi favor así que desde ese consejo pusimos al lado de mi cama en un pequeño buró café una grabadora negra para cassettes y CD´s y todas las noches, sin excepción, después de la "cena" y de los medicamentos me recostaba en la cama, conectaba unos audífonos a la grabadora y escuchaba música mientras hacía los ejercicios de relajación y eso hacía que pudiera dormir, la música me transportaba a estados en los que no existía nadie más que yo, pero un yo tranquilo, un yo firme en la posibilidad de poder vivir sin la ansiedad... estaba fascinada, por fin dormía, por fin estaba dejando de pasar las noches en vela angustiada, expectante y atemorizada de lo que pudiera suceder el día de mañana y de que eso que sentía terminara por consumirme y acabar con mi vida.
En ese entonces, ya en el mes de Diciembre de 1999 la rutina en la casa se había estabilizado, mi mamá hacía todos los días la comida que pasaba tres veces hacía mi estómago, mi hermano había retomado su rutina ya con mis padres en casa, mi papá había ya retomado también su trabajo de manera normal y yo cada vez me sentía mejor y aunque todavía no regresaba a la escuela ya lograba tener más contacto con familia y salir de la casa con menos miedos y preocupaciones de un posible ataque de ansiedad. Todo comenzaba a tomar forma de nuevo hasta que sucedió algo que nadie, ni mis padres, ni yo esperábamos; una noche, mientras estaban alimentándome a través de la sonda, noté una pequeña roncha cerca de donde ésta salía, no le dimos mayor importancia a parte del hecho de que me daba un poco de comezón y que se veía algo extraña así que nos fuimos a dormir solamente para despertar al día siguiente con mi cuerpo lleno de ellas, estaban por todas partes: mi cabeza, mis pies, mis manos, mi espalda, mi estomago, cerca de la sonda, en mi cuello, hasta dentro de mi. Obviamente la alarma se encendió de nuevo y lo que sucedió después fue que me vi recorriendo el camino que ya tan bien conocía hacía el hospital que había sido mi cárcel por varios meses...Solo que en esta ocasión no sabíamos lo que pasaba y los riesgos que esto implicaría para todos.
Comencé, inhalaba profundamente y exhalaba suavemente una, dos, tres, cuatro veces así hasta completar la serie que me había sugerido la Doctora, después de eso tome mis medicamentos y de nueva cuenta pude dormir, pude descansar en mi cama durante toda la noche sin darme cuenta de lo que sucedía afuera y sin la presencia inquietante y perturbadora de ideas extrañas que por esa noche me dejaron dormir.
Al día siguiente comenzaron a llegar las llamadas y visitas de los miembros de mi familia quienes habían recibido las noticias de que había comenzado a mejorar y que ya estaba durmiendo mucho mejor, eso, por un lado me llenó de gusto pero por otro fue demasiado para mí y al final de ese día una nueva crisis de ansiedad se hizo presente, la taquicardia, la sudoración, la desesperación y la angustia volvieron a invadir mi cuerpo solo que en esta ocasión tenía armas diferentes para hacerles frente así que me fui a uno de los cuartos de la casa y comencé a defenderme de ese "intruso" por primera vez, ante esa crisis mi cabeza me llenaba de ideas como "todo se va a repetir", "esta noche no vas a poder dormir", "si duermes, algo malo sucederá" y "siempre existirá al ansiedad", pero mi respuesta no fue aceptar esos pensamientos y dejarme envolver por una crisis tan incapacitante que me impedía incluso mantenerme sentada, parada o acostada por mucho tiempo; en esta ocasión, me senté y respondí a cada una de las ideas con una defensa fundamentada: "nada se va a repetir porque ya sé lo que tengo y sé cómo tratarlo", "si las noches anteriores pude dormir, ¿por qué hoy no?", "si algo de verdad amenazante sucediera si duermo tengo a mi Psiquiatra y a un montón de hospitales a los que puedo acudir" y "no, la ansiedad no es para siempre" y así fue que tras 5 o 10 minutos logré, por primera vez en meses logré ser yo quien dominará mi cuerpo y la ansiedad que padecía disminuyó.
Claro que no solamente era mi fuerza de voluntad lo que estaba logrando la mejoría en mí, los medicamentos, las sesiones, mis padres, la sonda y la música se conjugaban para lograr que poco a poco fuera reestructurando la persona que era, pero ahora renovada. ¿Cómo intervino la música? Una de las sugerencias de la Doctora fue que disfrutara de las cosas que me gustaban y que las usara a mi favor así que desde ese consejo pusimos al lado de mi cama en un pequeño buró café una grabadora negra para cassettes y CD´s y todas las noches, sin excepción, después de la "cena" y de los medicamentos me recostaba en la cama, conectaba unos audífonos a la grabadora y escuchaba música mientras hacía los ejercicios de relajación y eso hacía que pudiera dormir, la música me transportaba a estados en los que no existía nadie más que yo, pero un yo tranquilo, un yo firme en la posibilidad de poder vivir sin la ansiedad... estaba fascinada, por fin dormía, por fin estaba dejando de pasar las noches en vela angustiada, expectante y atemorizada de lo que pudiera suceder el día de mañana y de que eso que sentía terminara por consumirme y acabar con mi vida.
En ese entonces, ya en el mes de Diciembre de 1999 la rutina en la casa se había estabilizado, mi mamá hacía todos los días la comida que pasaba tres veces hacía mi estómago, mi hermano había retomado su rutina ya con mis padres en casa, mi papá había ya retomado también su trabajo de manera normal y yo cada vez me sentía mejor y aunque todavía no regresaba a la escuela ya lograba tener más contacto con familia y salir de la casa con menos miedos y preocupaciones de un posible ataque de ansiedad. Todo comenzaba a tomar forma de nuevo hasta que sucedió algo que nadie, ni mis padres, ni yo esperábamos; una noche, mientras estaban alimentándome a través de la sonda, noté una pequeña roncha cerca de donde ésta salía, no le dimos mayor importancia a parte del hecho de que me daba un poco de comezón y que se veía algo extraña así que nos fuimos a dormir solamente para despertar al día siguiente con mi cuerpo lleno de ellas, estaban por todas partes: mi cabeza, mis pies, mis manos, mi espalda, mi estomago, cerca de la sonda, en mi cuello, hasta dentro de mi. Obviamente la alarma se encendió de nuevo y lo que sucedió después fue que me vi recorriendo el camino que ya tan bien conocía hacía el hospital que había sido mi cárcel por varios meses...Solo que en esta ocasión no sabíamos lo que pasaba y los riesgos que esto implicaría para todos.
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