viernes, 13 de febrero de 2015

El regresar a la escuela implicaba un reto enorme no sólo para mí, sino también para mis papás. Por un lado ya había pasado mas de medio año desde que tuve que abandonarla por mis constantes entradas y salidas al hospital y por otro, y aunque en este punto estaba mucho más recuperada, para mis padres significaba tener que superar el miedo de dejarme libre para que volviera a buscar una vida fuera de la burbuja protegida que representaba el hospital y, para mí, representaba la oportunidad de constatar y asegurarme que todo lo que había sucedido no iba a interponerse con que yo hiciera una vida normal, como la de todos los demás.

La Psiquiatra siguió trabajando conmigo y con mis papás y al observarse avances significativos en las crisis de ansiedad a la par que me hacía más hábil en la lucha contra "el intruso" la doctora tomó la determinación de espaciar mis sesiones con la finalidad de irme dando la oportunidad de enfrentarme yo sola a los posibles retos que en ese tiempo se presentaran. De la misma manera ella me hizo ver que el regresar a la escuela sería la oportunidad de iniciar una nueva etapa de mi vida, una etapa en la que poco a poco aprendería a ver las cosas de una manera diferente, en la que disfrutaría de todos los beneficios de ser libre sin estar atada a una cama de hospital y en la que aprendería también a ser yo de nuevo, un yo que no estuviera determinado ni definido por tener una enfermedad mental o por tener una sonda pegada a mi cuerpo......

Me fui preparando para el examen, tranquila, sin presiones y sin preocuparme o angustiarme como solía hacerlo en el pasado así que para cuando ese día llegó yo estaba dispuesta a aceptar el resultado que fuera, solamente quería regresar a la escuela. Lo hice y aunque tuvimos que esperar un par de días, la respuesta fue muy positiva, nos mandaron llamar para decirnos que podía, si así lo deseaba, ingresar al sexto grado aún y cuando ya había transcurrido la mitad de éste, el director dijo que por los resultados tan positivos que había obtenido era muy probable que fácilmente me enrolara con los contenidos de ese curso.

 Así que desde el momento en que me dieron esa noticia hasta que estuve frente a la puerta del salón me preparé de una manera única, atendía las indicaciones que me daba la Psiquiatra, hacía ejercicios de respiración de manera constante, había logrado reducir las ideas repetitivas en mi cabeza con lo que lograba también que mis luchas se redujeran en frecuencia e intensidad, tomaba mis medicamentos de manera religiosa, recibía apoyo de mi familia que también iba a terapia con la doctora y había aceptado también que la sonda se quedaría conmigo durante algún tiempo más y que no dejaría que ese pequeño detalle encogiera a la persona que estaba formando así que tome la decisión de ser muy selectiva con las personas con las que compartiría esto, al fin y al cabo no era perceptible para nadie a menos que así lo decidiera yo.

Se llegó el día, muy temprano hicieron pasar la comida a través de mi sonda para darme oportunidad y tiempo suficiente a que la sensación de estar llena pasara y no me generara algún malestar estando en la escuela, después tomé también las gotas de clonazepam, que me ayudaba a no sentirme ansiosa, en una cuchara con un poco de agua e hice mis respiraciones para poder entonces iniciar el camino a mi primer día en la escuela. Me recibió el director con un abrazo y felicitándome por lo que había logrado hasta ese momento, y tras algunas otras palabras me acompañaron al salón y fue ahí, al entrar al grupo, que me sentí con un control completo de mí, no había mamá, papá o psiquiatra alguna para contenerme... era nada más yo.

Algunos de mis compañeros habían compartido otro grado conmigo y, tras algunos comentarios que hacía el director o los maestros que me visitaban, sabían que había estado mucho tiempo en el hospital y que no podían descubrir lo que tenía pero que ahora ya estaba mucho mejor; sin embargo, lo que nadie sabía era que veía a una Psiquiatra o que me daban de comer a través de una sonda y yo había decidido que era mejor así.
Claro que ese primer día me tuve que enfrentar a las dudas que mis compañeros tenían, ¿por qué te fuiste el año pasado?, ¿qué tenías?, ¿por qué estabas en el hospital?, ¿todavía estás enferma? y aunque yo respondí a todas ellas siempre procuré no ahondar mucho en ese tema, yo era como ellos y no quería que me vieran o trataran diferente.

Durante el descanso mi mamá fue a llevarnos el almuerzo tanto a mi como a mi hermano quien estaba en segundo grado; yo ya había recibido otro tipo de alimentación pero para ese entonces ya ingería un poco de alimento por la boca, así que, aunque en cantidades todavía pequeñas, trataba de probar alimento durante los recesos.

Al poco tiempo ya tenía un grupo establecido de amigos, me había enrolado de manera exitosa en las clases y fácilmente me puse al corriente. Y aunque la rutina de mi recuperación seguía, yo estaba terminando de despertar a una nueva oportunidad que estaba disfrutando y a la que me estaba aferrando con todas mis fuerzas, había logrado también sentirme lo suficientemente segura con los amigos que tenía como para contarles algo más acerca de mí y fue ahí cuando hable por primera vez de mi experiencia en el hospital y de la sonda que me ayudaba a alimentarme, lo hice con mucho miedo y un poco de reserva porque no sabía que respuesta esperar...

Quería saber también si el enterar a otros de la situación en la que me encontraba podía convertirse en un obstáculo significativo al momento de buscar hacer amistades o algo más, y... lo descubrí de una manera que me hizo ver que no todos son capaces de comprender y aceptar las diferencias de los demás; pero esa situación, en lugar de derrumbar lo que había estado forjando por más de 6 meses, lo que hizo fue empujarme a terminar de salir del túnel y reforzar a la persona en la que me estaba convirtiendo.

viernes, 6 de febrero de 2015

A los pocos días de la llegada de ese nuevo año los médicos me dieron de alta...una vez más. Llegué a mi casa con el mal sabor que cualquiera experimenta tras una estancia en un hospital, pero para ese entonces estaba ya harta de lo mismo, ya conocía a las enfermeras, a los médicos residentes, al personal de limpieza, a los que repartían la comida y hasta a las monjas y sacerdotes que iban a hacer visitas a las habitaciones para buscar ofrecer un poco de consuelo a quienes ahí nos encontrábamos. En ese punto me di cuenta de que ese lugar se había convertido en un destino habitual para mí y yo ya estaba completamente cansada de eso, me hastiaba el pensar en que una nueva posibilidad de dormir en una cama de hospital pudiera volver a presentarse.

En mi casa la rutina se fue estableciendo de nuevo poco a poco, otra vez todos los días mi mamá dedicaba horas y horas a hacer la comida que ella o yo misma hacía pasar por mi sonda, en ese punto la había adoptado ya como una extensión de mi cuerpo aunque siempre con la firme convicción de que fuera solo temporal, mi papá retomó su trabajo de manera habitual, mi hermano de nuevo tenía la oportunidad de convivir con nosotros y no estar al cuidado de mis abuelas o tías y yo, que todavía no regresaba a la escuela, pasaba los días escuchando música, practicando mis ejercicios de respiración, debatiéndome en luchas continuas con las crisis de ansiedad que todavía experimentaba (aunque ya en menor intensidad) y retomando de nuevo el contacto con la familia de quien había estado alejada mucho tiempo.

Ellos, mis tíos, mis tías, mis abuelos y todos los demás sabían el camino que había recorrido, pero nunca habían tenido la oportunidad constante de convivir conmigo así que ahora que ya estaba de nuevo en casa todos querían verme y acercarse para darme ánimos, acompañarme y también para saber cómo era que "comía" a través de la sonda así que cuando iniciábamos el proceso y estábamos en casa de algún familiar me sentía como si tuviera espectadores tratando de comprender cómo funcionaba aquello. Primero calentábamos en el microondas los vasos, me recostaba , colocaba el embudo, limpiaba la manguera haciendo pasar primero un poco de agua y después poco a poco vaciaba el contenido de los vasos directamente en mi estómago así que para cuando terminábamos yo sentía como si hubiera comido un menú completo.

Había retomado también las sesiones con mi Psiquiatra, durante la última estancia en el hospital seguí tomando los medicamentos y ella estuvo al pendiente de mi situación pero no la había vuelto a ver, así que a partir de mi regreso nos pusimos a trabajar intensamente conmigo y con mis ideas. Ella me fue guiando en el proceso de destrucción de ese intruso que buscaba doblegarme y mantenerme presa, poco a poco abrió de nuevo mi vista hacia un panorama más alentador en el que ya no existía tanta aprehensión, tanto miedo o tanta preocupación por cosas que carecían de sentido... comenzó a darme libertad para recoger las piezas que se me habían caído y reconstruir aquellas que había perdido y, así, poder acomodarlas de nuevo para comenzar mi transformación en un persona diferente.

Poco a poco ella fue involucrando tanto a mis padres como a mi hermano a las sesiones y eso hizo que todos aprendiéramos a vivir de una manera diferente, la ansiedad, la sonda, los recuerdos del hospital y el temor de que todo comenzara de nuevo seguían presentes pero ahora todos estábamos adquiriendo habilidades que nos hacían enfrentarnos a todo eso de una manera más eficiente; ya no teníamos tanto miedo, ya sabíamos que tarde o temprano habríamos de poner punto final a ese largo capítulo.

Las semanas transcurrieron con la misma rutina de siempre pero ahora, al menos para mí, había llegado el momento de pensar en regresar a la escuela; toda mi historia comenzó mucho antes de que terminará el Quinto Grado así que yo pensaba que lo más probable era que me hicieran repetir todo ese curso. Yo siempre fui una alumna aplicada que se esmeraba por obtener buenos resultados y  eso hacía que mis maestros tuvieran opiniones positivas acerca de mí así que cuando mis padres fueron a hablar con el director de la escuela, quien en varias ocasiones había ido a visitarme al hospital, para hacerle saber de mi mejoría y de mi deseo de regresar él se limitó a felicitarnos por lo sucedido y a decirnos que, si así lo aceptábamos, me pondría un examen que serviría para evaluar mi estado actual y de ese resultado el decidiría si me quedaba en ese grado inconcluso o brincaba a Sexto, el último nivel de mi educación primaria.

jueves, 5 de febrero de 2015

Los días transcurrieron y así, repentinamente, ya estábamos en vísperas de año nuevo, parecía imposible para mí que el cambio de siglo lo pasara encerrada en un cuarto aislada, con medicamentos para la ansiedad, llena de ronchas y con una sonda en mi cuerpo, pero así fue. Ese día mi mamá y mi hermano estuvieron con la familia celebrando y mi papá fue quien se quedó conmigo cuidándome y tratando de hacerme sentir mejor acerca del hecho de que ambos estuviéramos ahí ajenos a todo lo que representaba esa fecha.

Ambos veíamos la televisión y cuando dieron las 12, después de abrazarnos, recuerdo que volteé hacia la ventana que tenía en ese cuarto y, aunque con dificultad, pude apreciar algunos de los fuegos artificiales que la gente utilizó para celebrar la llegada del año y del siglo nuevo. Ambos estábamos muy alejados de sentir un ambiente festivo, pero mientras veía esos destellos una nueva esperanza se plantó en mí; ese momento representaba el inicio de un nuevo período, era el comienzo de una nueva oportunidad y pensé "este cambio es todavía más significativo para mí, para mis papás y para el resto de mi familia, a partir de ahora todo va a ser diferente", recuerdo también que volteé a ver a mi papá quien ya estaba dormido y en ese momento me prometí que haría todo cuanto estuviera en mis manos para terminar la odisea que nos había llevado a dejar de vivir para caer en una preocupación constante de si viviría, de si no lo haría, o de si alguna vez volvería a correr, jugar, caerme y levantarme como todos los demás.
Durante todo el trayecto mi cabeza comenzó a elaborar hipótesis de lo que me estaba pasando...¿era esto algo relacionado con la ansiedad?, ¿había algún problema con la sonda? o ¿era algo completamente nuevo a lo que también debía enfrentarme? Llegamos al área de Urgencias del hospital donde comenzó mi tiempo de espera para que alguien pudiera atenderme; poco tiempo después nos llamaron y mientras mi papá se dedicó a arreglar trámites y papeles con la recepción y la aseguradora, mi mamá entró conmigo al área de revisión. Ahí, comenzaron los médicos residentes a checarme, a hacerme preguntas y a constatar primero que todo estuviera bien con mi auxiliar en la alimentación.

Aparentemente todo estaba en perfecto estado, yo no tenía síntomas intensos de ansiedad, no había dolor, malestar, ni ningún otro indicador a parte del hecho de que mi cuerpo se encontraba lleno de ronchas...no había parte de mí que no las tuviera y eso me asustó tanto como a mis papás quienes ya estaban cansados de pensar en la posibilidad de que ese lugar donde tantas cosas habían pasado se convirtiera de nuevo en nuestro lugar de confinamiento... alejándonos otra vez de la esperanza de que la pesadilla hubiera terminado.

Los médicos procedieron a hacer algunas pruebas y al poco tiempo regresaron para darnos una respuesta...Varicela. De alguna manera, y a pesar de tener poco contacto hasta ese momento con la vida y el mundo fuera de mi casa, mi cuerpo recibió a esta enfermedad y ésta fue la razón de un regreso tan prematuro al lugar y a la vida que tanto esfuerzo me había costado dejar. Regularmente no es necesario internar a un niño cuando le da varicela, pero yo no era un caso común, así que para monitorear el progreso de la enfermedad que había llegado de una forma muy agresiva y para revisar de manera constante la sonda que traía en mi estómago, los médicos decidieron que iban a hospitalizarme.

Esa ocasión fue diferente a las demás en muchas maneras, primero, mi ansiedad había reducido considerablemente su intensidad, mis horarios de sueño se habían regularizado y aunque no comía siempre por mi cuenta, ya empezaba a probar más cosas a la par de la comida que introducían a mi cuerpo...aunado a eso, los medicamentos que tomaba en esos momentos para contrarrestar la ansiedad me ayudaron a no experimentar los molestos síntomas de la varicela, si bien, mi cuerpo tenía fiebre y estaba completamente lleno de ronchas yo no sentía comezón, ardor o alguna otra molestia, por primera vez mi estancia en el hospital no estaba llena de dudas, de incertidumbre o miedo por lo desconocido ya que sabíamos la causa exacta, el tiempo que permanecería ahí y la manera en que debíamos tratarla.

Me ubicaron fuera del ala pediátrica así que no había peces de colores ni sala de juegos, en su lugar recorrimos un pasillo pálido hasta una habitación grande de colores neutros, con una cama al centro y dos sillones, uno de los cuales sirvió de cama para mi papá quien asumió el rol de cuidador el tiempo que estuve en el hospital. Esa vez las visitas estaban completamente restringidas debido al grado de contagio que mi situación representaba; las enfermeras y los médicos que entraban a revisarme llegaban con guantes y cubrebocas, se deshacían siempre de los instrumentos que utilizaban después de haberme revisado y llevaban mi comida en platos y con cubiertos desechables para evitar que contagiara a alguien más. 

En ese tiempo mi condición era muy diferente a la que tenía meses atrás así que fue una estancia mucho más tranquila y fluida, una estancia que pudo resultar mas placentera si hubiera tenido a alguien con quien compartir y fue en ese momento cuando más me puse a pensar en mi compañera de juegos, deseé de una manera muy especial el poder volver a verla y compartir tiempo con ella... desafortunadamente eso ya no volvería a suceder ya que durante la última vez que la ansiedad me había llevado al hospital, ella, tras algunas complicaciones propias de su enfermedad, falleció. En ese entonces cuando lo supe, no tuve tiempo si quiera de llegar a comprender la noticia, pero ahora que mi estado era mucho mejor podía sentir su ausencia, nunca nos vimos fuera del hospital pero adentro eramos una especie de cómplices porque por mucho tiempo compartimos el mismo "hogar" a la expectativa de lo que sucedería con nuestras vidas ¿cómo era posible que alguien que me había acompañado muchas tardes ya no estuviera? ¿cómo es que lo que sea que controle nuestro destino puede ser tan cruel que enferma y se lleva a alguien que apenas empezaba su vida? No había respuestas a esas preguntas así que en se momento ya sólo podía contar con el recuerdo de su paso por mi vida, breve pero muy valioso para mí.