martes, 30 de diciembre de 2014

El inicio

Cuando tenía 10 años dejé de ser una niña, dejé de ser quien era para convertirme en una esclava de mi propia persona. 
¿Qué conflictos y preocupaciones puede experimentar alguien a esa edad? Para la mayoría de los que estaban a mi alrededor todo se reducía a decidir lo que jugarían después de la escuela o el sabor de helado que escogerían para el postre después de cenar. No para mí y específicamente ese año, ese mes -Agosto 1999- serían recordados después como el punto clave en el que dejé de ser quien era para convertirme en alguien más, alguien que estaba a merced de su propia cabeza...de sus propias ideas.

Yo, pequeña, frágil y aparentemente igual a todos los demás niños era alguien que cargaba de manera interminable con responsabilidades engrandecidas, todas ellas reducidas a una sola palabra, tan maravillosa, intimidante e imposible a la vez: perfección. Quería ser perfecta, enorgullecer a todos y hacer siempre y sin falla alguna todo lo que yo suponía que era mi responsabilidad.

Mi fractura comenzó cuando esa cualidad se convirtió en la meta final para todo en mi vida. ¿Quién deseaba obtener un 10 en todas sus materias? Yo, ¿Quién deseaba ser motivo de orgullo para sus padres y para las demás personas? Yo, ¿Quién sentía impotencia, tristeza y frustración cuando eso no sucedía? También yo. Esa era la manera en que vivía, pero de alguna manera sabía que no era la adecuada y que esa búsqueda interminable terminaría por destruirme... y así lo hizo. 

Enfrentarte a una situación sin obtener el resultado deseado es siempre o casi siempre el detonador de "sentimientos raros" (así los llamaba yo al principio de todo). Yo era una cliente asidua de ellos ya que cuando sentía que fallaba o que no era lo que se suponía debía ser una ola de esos "sentimientos raros" invadían mi cuerpo; al inicio por períodos de tiempo muy cortos y después... después todo se fue complicando y empecé a sucumbir ante mis propias ideas. 

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