El fin de ese ciclo representaba, de alguna manera, la cúspide de mi éxito, verme sentada en ese salón y rodeada de todos los demás, esperando para recoger el pedazo de papel que acreditaba que una parte había terminado era la validación que faltaba de que ahora todo estaba mejor, de que esas ideas, voces o intrusos en mi cabeza se habían apaciguado (al menos por ahora) y me estaban dando tregua para que fuera yo más normal y sin tantos demonios que perseguir. Pero, al mismo tiempo, era una puerta que no sabía si podía atravesar, era un nuevo reto al que ya debía hacer frente sin tantos respaldos y sin tantas redes que pudieran protegerme si me caía de nuevo.
La cautela fue una de mis mejores aliadas al inició de mi época en la secundaria ya que la clase de medicamentos que tomaba para contener mis ideas y tranquilizar mi cuerpo no era algo que pudieras ir diciendo por la vida como si hablaras de suplementos de alimentación y la extensión que tenía y que salía de mi estómago ayudándome a mantener mi peso tampoco era algo que me gustaba presumir, ya había aceptado su presencia, pero no la había adoptado como una parte permanente de mí.
En mi nuevo grupo había mucha gente que ya eran mis amigos y otra tanta que no, pero que al poco tiempo lo fueron también. Disfrutaba de las cosas nuevas que estaba viviendo y fácilmente me había enrolado en la nueva rutina, en las nuevas actividades y en las nuevas pláticas y relaciones que ese nuevo ciclo había traído consigo.
Para ese entonces yo seguía experimentando crisis, no iguales, no tan intensas ni tan abrumadoras, pero había momentos en los que tocaban a mi puerta ideas apremiantes y discursos fatales que hacían que mi corazón se agitara, que mis manos temblaran y que la sensación de ahogo llegara a mi cuerpo; yo terminaba por abrir ligeramente esa puerta para poder enfrentarme con seguridad a cada una de esas ideas, algunas veces lo lograba rápidamente y otras tantas me costaba un poco más de trabajo, pero siempre era yo quien ganaba.
Parte de ese éxito se debía a que seguía de cualquier manera el camino con mi Psiquiatra, continuábamos dentro de grupo de apoyo hablando de nuestras voces o intrusos , escuchábamos atentamente la manera en que cada uno de nosotros se enfrentaba a ellos y entre todos formábamos una comunidad diferente en la que nos ayudábamos y apreciábamos pero deseábamos también no haber tenido que conocernos, al menos no así.
Cada uno ganaba o perdía luchas constantes contra sus propios intrusos y se sentían juzgados o rechazados por muchas personas, incluso familia o amigos, pero no ahí, ya que en ese cuarto todos habíamos sido o éramos presa todavía de nuestra cabeza y podíamos, aunque fuera por el tiempo que duraban las sesiones, sentirnos en un ambiente completamente protegido. Ahí éramos algo más que el diagnóstico que teníamos marcado en nuestra frente.
Las sesiones, los días, las materias y otros momentos fueron pasando...era hasta cierto punto increíble que mi estabilidad se hubiera mantenido por tanto tiempo; todavía no hablábamos de retirar la sonda o de disminuir el medicamento, pero todo iba bien, todo se movía bien aunque no por mucho tiempo. Todas las mañanas, como todos los días, me despertaba temprano junto con mi mamá para preparar los vasos de comida, pasarlos a mi cuerpo, bañarme e irme a la escuela y ese día no fue la excepción...La rutina comenzó a la misma hora de siempre aunque a mitad de mi "comida" algo se complicó, el globo que estaba dentro de mí y que mantenía la sonda en su lugar se reventó, así sin más y todo e equipo salió de mí: la manguera, a base, el globo, todo.
Por unos segundos ninguna de las dos reaccionó, mi mamá se quedó sosteniendo el embudo y la manguera y yo me quedé inmóvil hasta que mi mamá gritó, le gritó a mi papá que en ese momento se estaba bañando para que viniera a ayudarnos a reaccionar o a pensar qué hacer. Yo todavía estaba acostada en la cama sin saber si podía moverme o no, la sonda ya no estaba ahí y en su lugar había un agujero, una abertura por la que fácilmente podía haber entrado cualquier cosa; mi papá como pudo tomó el teléfono para hablare a mi Gastroenterólogo quien nos indicó que me tapara con una gasa y que en ese mismo momento nos fuéramos al hospital y eso hicimos. Yo tenía miedo de pararme, de tocarme, de caminar e incluso de respirar, era demasiado extraño para mí caminar sabiendo que había un agujero en mi estómago aunque para ese entonces ya muy pocas cosas se me hacían imposibles.
Llegamos a la sala de urgencias donde ya había un medico esperándonos, de inmediato me pasaron a una sala donde había varias camillas separadas por cortinas, me recostaron y me pidieron que esperara a mi médico quien al poco tiempo llegó para revisar y valorar la situación en la que nos encontrábamos. Recuerdo que me dijo: -estas heridas cicatrizan muy rápido, si ustedes se hubieran tardado más quizá ya hasta hubiera cerrado, qué bueno que llegaron a tiempo, lo malo aquí es que necesito meter ya una nueva sonda y no nos da tiempo de hacerlo en el quirófano- esto lo iba diciendo mientras sacaba materiales nuevos y los ponía en una mesita: gasas, jeringas, hisopos, y una nueva sonda de color verde. Para cuando terminó de hacer estas dos cosas, me dijo -tenemos que ponerla ya, quizá te va a doler mucho pero vas a tener que ser fuerte y aguantar-
Dentro de todo lo que me decía y o que veía logré descifrar lo que me había dicho entre líneas "te vamos a poner una sonda provisional, en este momento, así, sin anestesia." Mi mente se heló ante el miedo que sentía, aunque no me dieron mucho tiempo para pensar o sentir un poco más ya que, de pronto, ya estaba siendo sostenida por un enfermero mientras el doctor limpiaba el agujero que estaba ahí, se aseguró de que todo estuviera en condiciones y así, sin más, insertó la nueva sonda. Decidí no ver todo el proceso, ya que el dolor que sentí al momento en que la nueva sonda estaba entrando a mi cuerpo me hizo no ver, no escuchar y no sentir nada más...grité, lloré y pensé que por más que lo intentara, mi vida nunca sería tan normal o sencilla como la de los demás.
Fue muy poco tiempo el que duro ese proceso, así que a los pocos minutos ya tenía yo un nuevo huésped aunque su estancia sería mucho más corta ya que el médico nos dijo que al ser una sonda provisional era mucho más probable que se saliera con mayor facilidad así que era necesario pedir una nueva y más práctica, un modelo más reciente por decirlo de alguna manera, y en cuanto llegará con nosotros debíamos agendar también mi entrada al quirófano para que fuera colocada. Yo ya no quería saber de eso, yo ya no quería entrar a quirófanos, a salas de urgencias, ya no quería ponerme batas de hospitales y respirar ese aire de limpieza tan característico que poseen esos lugares, pero era algo que no podía evitar así que me fui de ahí con la consigna clara de regresar a que por una vez más jugaran con mi cuerpo.
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