Conforme pasaba el tiempo yo continuaba adaptándome a la escuela, a tareas, a ver a mis amigos, convivir con ellos y todo lo que de manera normal alguien de esa edad hacía. Mis citas con la Psiquiatra continuaban ahora cada mes, mis medicamentos seguían igual y aunque comenzaba a ingerir más alimento por la boca, todavía utilizábamos la sonda cada día de la semana; mis ejercicios de respiración continuaban así como la música, que se había convertido en un aliado más, un escape a las ideas apremiantes que me hacían pensar en muchas ocasiones que la historia aún no terminaba... si, eran menos intensas pero seguían ahí.
Mi grupo de amigas se había convertido en un gran apoyo hasta ese momento, para ellas, yo era una persona como cualquiera otra... No había ansiedad, ni intruso, ni sondas, ni psiquiatra, era solamente una más del grupo y eso fue transformandose en una parte más del sistema de ayuda que me estaba terminando de curar. Como a cualquier otra adolescente, comenzaron a atraerme de una manera "romántica" las demás personas, en especial uno, comenzaba a mirar a alguien de mi salón de clases de una manera diferente y hasta ese entonces desconocida. Mis amigas lo supieron, esos temas abundaban en nuestras conversaciones a la hora del descanso o cuando nos veíamos en casa de alguna de nosotras, sugirieron que era una buena idea que lo supiera y así ver qué más podía suceder... yo no estaba muy segura de si eso era lo mejor.
Comenzamos a involucrarlo en mayor medida a nuestro grupo, platicábamos mas con él, convivíamos más y, de esa manera, fui acercándome yo también a el; eso me gustaba, me sentía rara aunque de una manera positiva, era algo quizá muy inocente pero... me gustaba. Empecé a confiar en él y en algún momento del proceso en que nos volvíamos más cercanos decidí contarle parte de lo que había sido mi vida hasta ese o momento, así que le hablé de mi sonda, de esa pequeña manguera que me ayudó a sobrevivir y que ahora era parte de mi rutina diaria; en ese momento él lo entendió y me hizo saber que no había nada diferente, que eso no significaba nada malo y que me agradecía el haberle contado. En ese momento me sentí aliviada y pensé en la posibilidad de que él también podía sentir esas cosas raras que yo estaba experimentando cuando lo veía o cuando conversaba con él.
Ahí terminó nuestra conversación y pensé que ese tema no volvería a salir entre nosotros, pero estaba muy equivocada.
A los pocos días de esto uno de mis compañeros se acercó a preguntarme acerca de la sonda en mi cuerpo (él no sabía nada al respecto), así que cuando le pregunté -¿tu cómo sabes?- y me respondió el nombre de él, mi mente se pausó y me quedé dudando por unos momentos sin pensar siquiera que esa posibilidad podía ser verdad, yo había decidido que todo esto lo sabrían solamente las personas que yo escogiera y eso se lo hice saber a él, así que cuando me repitió quién se lo había dicho yo no hice otra cosa mas que lamentarme por la decisión que había tomado. Fui a buscarlo en compañía de mis amigas para preguntarle si eso había sido cierto y cuando él mismo me lo confirmó yo no pude hacer otra cosa más que arrepentirme y de manera automática mi cabeza comenzó a bombardearme de ideas que me hacían pensar que esa siempre sería la reacción de las demás personas...contarle a alguien más como si fuese la información del momento. Obviamente todos se enteraron y yo me vi en medio de situaciones que hubiera preferido evitar.
Esto lo trabajé también con mi Psiquiatra y fui comprendiendo y descubriendo la manera de lidiar con este tipo de situaciones... muchas personas se sentirían incómodas, se reirían o se burlarían de mi y eso no podía cambiarlo yo, pero lo que sí podía cambiar era cómo recibía esos comentarios y cómo me iban a afectar a partir de ese momento, de nueva cuenta me veía en la necesidad de aprender a manejar algo nuevo y aunque me asustaba pensar en que muy probablemente estas situaciones se repetirían yo necesitaba aprender a lidiar con ellas.
Posterior a estas sesiones, la doctora nos informó que ahora pasaría a formar parte de una terapia grupal en la que trabajaría en conjunto con otras personas que habían pasado por algo similar a lo que yo había experimentado y con las que buscaría encontrar más soluciones y sobre todo comprensión de que no era la única, que no era solamente yo la que había tenido experiencias de ese tipo; además, comenzaríamos con sesiones de musicoterapia.
Adopté una actitud diferente en la escuela, me volví mucho más cautelosa al momento de decidir contarle a alguien o no lo que había pasado con mi vida antes de regresar a la escuela, aunque eso ya no importaba demasiado ya que tras ese incidente ahora todo mi grupo, por lo menos, sabía lo que tenía en mi cuerpo, algunos ni siquiera le dieron importancia y otros comenzaron a curiosear y preguntar al respecto pero yo siempre me mantenía al margen. Eso sí, mi relación con aquella persona ya no fue la misma y esas sensaciones raras que me hacían querer platicar o pasar tiempo con él fueron desapareciendo... junto con la amistad que nos había estado uniendo.
Asistí entonces a mi primera sesión de grupo, el camino al consultorio de la psiquiatra ya me lo sabía de memoria, pero la sensación de llegar y ver a otras personas que habían pasado por episodios iguales o peores a los míos era completamente nueva para mí y así fue como de pronto en la sala de consulta nos vimos 5 personas desconocidas en apariencia pero que compartíamos un gran lazo que estábamos buscando comprender.
Uno de ellos era ya un hombre adulto lo que por un lado me hizo pensar en la posibilidad de que esto podía repetirse en mi vida cuando fuera yo también una adulta, otras dos personas jóvenes: un hombre y una mujer en edad universitaria y, por último, una niña aproximadamente de mi edad... todos nos vimos por primera vez en la oficina de la doctora y bajo su guía comenzamos a abordar nuestras propias experiencias, lo qué habíamos pasado, lo que habíamos intentado hacer para solucionarlo y cómo nos encontrábamos hasta ese momento de nuestras vidas; todas y cada una de las historias diferentes pero parecidas en el hecho de que la ansiedad, las ideas apremiantes, las conductas repetitivas, la angustia y el miedo se habían apoderado de nosotros en algún momento del camino.
A la par de las sesiones en las que nos guiaba la doctora y en las que como equipo buscábamos encontrar respuesta y herramientas para hacer frente a la situación por la que atravesábamos también recibíamos ayuda de la musicoterapia en la que a través de sonidos, melodías y otro acordes lográbamos expresar y manejar nuestras emociones de una manera diferente, de una manera que resultaba más efectiva para todos nosotros.
Para mí, el equipo que se había formado entre la Psiquiatra, los medicamentos, el grupo de apoyo y la musicoterapia me estaba llevando a una estabilidad que hacía mucho tiempo no sentía, la reestrucutración de mi vida y la de toda mi familia estaba consolidándose y la posibilidad de deshacerme de todos los estragos que la ansiedad había traído a mi vida se veía ahora mucho más cerca, más alcanzable y a la vista de todos nosotros
Así, sin pensarlo y sin darme cuenta del tiempo de pronto me vi a unos días de la graduación de mi educación primaria, meses atrás ni mis padres ni yo hubiéramos pensado en ese evento que ahora era una realidad. Para nosotros se había convertido en uno de los últimos puentes a cruzar hacia una recuperación total, representaba la oportunidad de comenzar una etapa nueva en mi vida con una perspectiva diferente y con más tiempo de por medio entre el inicio de aquel incidente y mi persona actual, lo que permitiría que las cicatrices sanaran más rápido aún.
Todavía faltaban otras cosas que debía encarar, pero eso, en ese momento todavía no lo sabía.
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