jueves, 9 de julio de 2015

¿y cómo era?

El curso se iba enderezando, las piezas se colocaban en una base mucho más firme y todo se veía más claro. Me era más fácil y menos doloroso hablar de lo que había sucedido y de cómo estaba en camino de liberarme definitivamente de todo.

Para quienes escuchaban lo sucedido, que eran solamente algunos cuantos, resultaba difícil y hasta ridículo aceptar la idea de que mi cabeza tuviera tanto poder sobre mí, "¿no podías solamente controlarte?" era una de las respuestas más comunes que recibía, yo pocas veces me enfrascaba en la aventura de buscar hacer que el otro comprendiera algo que yo todavía no terminaba de entender, pero, de haberlo hecho, esto hubiera salido...

La primera vez que percibí una amenaza por parte de él, me sentí tan desprotegida y perdida que  de un golpe sentí cómo me empequeñecía y me convertía en un títere manipulado por alguien invisible y poderoso que había surgido de quién sabe dónde, para instalarse en el lugar del jefe, venía dispuesto a tomar las riendas de mi vida y yo lo dejé, me rendí ante él tras forzar una lucha en vano en la que sin conocimiento, recursos o apoyo, quise enfrentarme yo sola a algo más grande que yo.
Dentro del coche, camino a casa de una mis tías, comencé a sentir que mis manos temblaban sin una razón aparente, era muy incómodo, parecía incontrolable y, además, se intensificó  cuando en una vuelta a la derecha comencé a contar cada uno de los árboles plantados en la acera. 1 ¿por qué estoy haciendo esto? 2 ¿no quiero contar?, 3 no lo estoy decidiendo yo, 4… hacer esto me tranquilizó, al inicio, pero cuando perdí la cuenta una voz en mi cabeza me decía “tienes que regresar”, “¡no te estás dando cuenta que te equivocaste!”, “si te equivocaste contando, en qué más te equivocarás”, “definitivamente algo va a suceder”, recibí esas ideas por primera vez y en ese momento, no supe qué hacer con ellas, el temblor de mis manos aumentó, mi corazón se aceleró como si estuviera en un peligro inminente del que no iba a poder escapar nunca y mi voz, sin saberlo todavía muy bien, iba cobrando fuerza.
Llegué a mi destino con el corazón agitado, mi estómago hecho nudo y mi cabeza taladrándome con lo que había sido mi primer fracaso, quería regresar a enmendar el error que había cometido y así poder darle tranquilidad a mi cuerpo, mi voz me decía que eso era lo que debía hacer, claro que me fue imposible y tuve que lidiar conmigo hasta que ya no pude más.
Esa fue la primera vez que la locura se hizo presente, en ese momento abrí la puerta completamente y dejé entrar  a lo que durante mucho tiempo había estado guardado, preparándose, analizando y esperando el momento oportuno para convertirse en verdugo de mi vida y, al mismo  tiempo, deje salir toda señal de ser yo quien estaba en control de lo que era.
Poco a poco la voz llegaba a mí con más intensidad y siempre con cosas nuevas:
-          Necesitas revisar esa operación de nuevo, seguramente está mal
Eso era lo que me gritaba si estaba, por ejemplo,  en medio de una tarea de matemáticas, y si por alguna razón decidía ignorarlo, si bajo algún momento espontaneo de valentía me negaba a cumplir sus órdenes, como si fuera un castigo a mi rebeldía, llegaban a mi cuerpo los primeros signos de desesperación: mis manos temblaban y la temperatura de éstas bajaba, sentía en todo mi cuerpo el latido de mi corazón, pero sobre todo, más allá de lo que mi cuerpo sentía, estaba lo que mi cabeza me dictaba:
 – ¿no lo vas a hacer? Seguramente eso que hiciste está mal, ¿qué va a pasar con mañana que lo revisen y te des cuenta que estaba mal?-
-No está mal, yo sé que no está mal, ¿por qué lo tengo que revisar de nuevo?- Pensaba ante las órdenes emitidas, pero ¿qué podía hacer una persona tan insignificante ante la presencia de semejante monstruo?, no tenía su fuerza ni su valor, así que sí…siempre cedía y revisaba todo una, dos y todas las veces que fueran necesarias  hasta que mi voz se cansaba o se satisfacía de verme completamente doblegada ante él.
- Tienes que revisar de nuevo lo que acabas de echar en la mochila, seguramente te falta algo, ¡ya!, ¡hazlo!, recuerda que si no lo haces, la vas a pasar muy mal mañana en la escuela-
Y así nada más, comenzaba el ritual de revisiones, hasta que la acción dejaba de ser graciosa para él y me permitía cerrar la mochila y alejarme de ella, claro que nunca me olvidaba de nada y aun cuando el ritual hubiera terminado, mi cabeza seguía pensando en la posibilidad del y si….de verdad algo se me olvida? , así que mentalmente repasaba cada paso de la secuencia realizada para volver asegurarme de que no hubiera un cabo suelto, claro que esto no seguía un solo trazo, se veía interrumpido incontables veces por esa voz que me decía –no, empieza de nuevo, no, así está mal, comienza desde el inicio-, mi cabeza nunca descansaba, siempre pensaba, era incontrolable, cada cosa de mi vida tenía que ser revisada una y cien veces para apaciguar a la voz que, sin duda, se reía al ver en lo que me estaba convirtiendo.
Dentro de la escuela, al hacer un examen, al hacer tareas, al revisar la mochila, al cerrar una llave, fuera cualquier cosa, yo tenía que obedecer las indicaciones de la voz:
-esto que estás haciendo está muy mal-
-¿estás segura que ya terminaste tu examen?, yo creo que no, revísalo de nuevo
-no cerraste bien la llave, revísala otra vez-
Literalmente, cada paso que daba estaba supervisado por mi nuevo dueño,  -recuerda que al pisar no debes tocar las líneas- así que obedecía y vigilaba cada movimiento que hacía y si por alguna razón, si por algún descuido de mi parte tocaba donde no debía, lo único que existía para mí era:  – no, regrésate, tienes que regresar, repetir tu camino  y esta vez cuídate de no pisar esas líneas- y yo así lo hacía, tenía que estar consciente de cada movimiento para que mis regresos pasaran desapercibidos, nadie  se daba cuenta de mis correcciones o de lo que pasaba dentro de mi cabeza. Cada movimiento se convertía en un reto, en una oportunidad para que, si hacía lo que debía, la voz me dejara en paz.
La gente a mi alrededor percibía la perfección con la que hacía mis deberes escolares como una virtud, para todos, mi vida era el modelo que todos debían seguir –deberías actuar más como ella, siempre está al pendiente de sus tareas, de que nada le falte- nadie sabía, ni si quiera yo lograba entender lo que estaba sucediendo conmigo, pero, como era una virtud a los ojos de los demás, pensaba que debía aceptarlo a pesar de lo que por dentro sufría.
La voz decidió atacar el lado más débil que tenía, me aterraba la idea de enfermar, le tenía pánico a la posibilidad de vomitar y fue ahí donde encontró el lugar idóneo para asentarse y comenzar a separarme pieza por pieza.
-          Si comes eso te vas a enfermar-
-          Si haces eso vas a vomitar-
-          En la noche te puedes sentir mal y no habrá manera en que alguien te pueda ayudar
Estas ideas aparecieron primero aisladas, relacionadas solamente a circunstancias en las que de verdad enfermada, en las que era muy plausible la posibilidad de que me sintiera mal, de que vomitara o de que tuviera que ser llevada a la sala de urgencias de un hospital. Muy rápidamente dejó de ser así, está era la pieza que faltaba al círculo de lo que se convertiría en mis futuras crisis de ansiedad.
-          Necesitas revisar de nuevo tu tarea, no está perfecta
-          No, ¡basta!, lo que hice está bien
-          ¿Estás segura?
-          Sí
-          Pues yo no lo estoy, tienes que revisarlo de nuevo
-          No, por favor, no más, ni una más.
-          ¿No?
Y era justo en este momento que mi cuerpo dejaba de ser mío y cada una de las partes de mi cuerpo comenzaba a tener vida propia mientras yo me sentía encerrada en un lugar al que no pertenecía, mis manos ya no eran mías, mis piernas no hacían lo que les pedía y me obligaban a caminar sin una meta, mi corazón buscaba la manera más rápida de salir de mi cuerpo y todos convergían en el centro de mí; parecía que todos habían decidido mandar sus energías a mi estómago y era aquí cuando el verdadero miedo comenzaba:
-          Vas a vomitar
-          No quiero, por favor, no quiero
-          ¿No estás sintiendo tu estomago en este momento?, es seguro que vas a enfermar y algo peor te va a pasar
-          ¡Ya!, detente, por un momento detente
Claro que nunca me dejaba, y era ahí cuando más se aferraba a mi vida, se alimentaba de mi miedo y de lo frágil y dominable que era para ese entonces. Como mis piernas habían dejado de ser mías era que fácilmente podía pasar la noche caminando alrededor del cuarto, no  había cansancio; como mi corazón y mi mente hacían lo que querían, era que me podía pasar las noches enteras sin dormir, no había sueño y como las náuseas implantadas por la voz eran mi mayor miedo, lloraba ante la posibilidad de que algo peor sucediera, no tenía vida.
Poco a poco el tiempo de tregua que me daba la voz se iba reduciendo, con cada día que pasaba se iba llevando los pocos recursos que tenía para hacerle frente hasta que llegó un momento en el que dejé de ser yo y me convertí en un cúmulo de ideas ensordecedoras que buscaban atención y en un conjunto de síntomas que buscaban expresión, querían salir y fue aquí que mis crisis se volvieron más fuertes y frecuentes.
Las visitas al hospital ya eran inevitables, y aún dentro de éste, mi voz no se tranquilizaba y cada noche me hacía recorrer los pasillos del hospital:
-no te duermas
-estoy muy cansada, un rato nada más
-no, si te duermes, igual y ya no despiertas
- por favor, un momento nada más
Con la poca valentía que me quedaba buscaba en momentos recostarme en esa cama tan incómoda, colocaba el respaldo lo más recto posible para engañar a la voz y a hacerle creer que estaba sentada, sí, pensaba que ese truco lograría desviar su atención y me permitiría apagar mi cabeza por un momento, nunca sucedía y, apenas colocaba mi cabeza sobre la almohada, mi jefe me hacía saber su inconformidad:
-          ¡párate!
-          No, un ratito nada más
-          ¿No?
-          Mi mamá está muy cansada, me voy a acostar un rato nada más
-          1, 2, 3
Terminaba la cuenta y mi desesperación comenzaba, era imposible estar recostada en esa cama, era como si te ahogara el lugar donde estás, como si bajo ninguna postura encontraras paz y tenías que ir a buscarla a otro lado. Me volteaba a la derecha, luego a la izquierda, me retorcía en la cama hasta que sucumbía ante las órdenes que había buscado ignorar:
-          ¡Párate de la cama!
-          Está bien
Y de nuevo comenzaba la caminata, la angustia, la desesperación y todo lo que me acompañaba día tras día, pero sobre todo, noche tras noche. Había descubierto que al sentir dolor la voz era golpeada, cuando sentía dolor por un par de segundos se callaba y me daba oportunidad de respirar de nuevo así que comencé, de la manera más discreta posible, a lastimar mi cuerpo para dejar de sentir: golpeaba mis piernas, estiraba mi cabello, jugaba con el catéter que tenía en mi muñeca, me pellizcaba. Todo valía la pena por un par de segundos conmigo, sola, sin la voz.
Yo ya era nada,había dejado de existir, la única meta de mi vida era buscar fuerzas para dejar de sentir, dejar de oír, dejar de hacer, pero eso no era posible, ya estaba tan ahogada en ese pantano que estaba  perdiendo las ganas de vivir, a lo mejor así la voz se iba conmigo.
En ese momento, en lo más oscuro de mi vida, cuando era presa total de algo más grande que yo, fue que apareció la Psiquiatra que tras lanzarme una cuerda y estirar con todas sus fuerzas fue que me sacó de ahí:
-          Necesitamos ponerle un nombre, una identificación, ese que te habla no eres tú. Vamos a decirle intruso-
No había mejor manera para describirlo, no había sido invitado, no lo quería, se había posesionado de mí como un parásito
-          El intruso  está ganando, pero lo que el no sabe es que tenemos en nuestro poder armas que son más poderosas- me decía ella con toda la intención de sacarme del lugar en donde estaba, pero yo no creía mucho todavía, yo ya no podía.

-          Las gotitas nos van a ayudar a dejar de sentir esas cosas raras en el cuerpo, ya no va a haber temblores, palpitaciones ni nada de eso, pero lo más importante es que tenemos que ponernos nuestros guantes de box, subirnos al ring y luchar contra ese intruso, ¡no lo queremos aquí!

Las indicaciones estaban dadas, los medicamentos ayudaban de una manera maravillosa, pero la lucha era mía, era yo, no los medicamentos quien debía vencer al intruso y muy pronto tuve la oportunidad de hacerlo:
-          Te vas a sentir mal después de que te alimenten por la sonda
-          No
-          ¿estás segura?, definitivamente te vas a sentir mal
-          No va a pasar nada
-          ¿no va a pasar nada?, claro que pasará¡ Sentirás nauseas, tendrás que volver a caminar para tratar de escapar y definitivamente regresarás al hospital
-          No va a suceder nada, el medicamento que tengo me ayudará si siento nauseas, las gotitas hacen que mis piernas sean mías de nuevo, no habrá necesidad de caminar ni de correr, no es necesario que regrese al hospital, aquí tengo la respuesta a todo lo que pueda pasar
-          No será suficiente, nunca será suficiente
-          ¿estás seguro?
-          ¿qué no te miedo vomitar?, ¿no te da miedo estar en medio de la ansiedad otra vez?, mira que eso sucederá, sabes que así será
-          Sí, me aterra, pero más me aterra que seas tú quien decida por mí.
Responderle de esa manera a quien había estado dominándome por mucho tiempo representaba lo más difícil que había hecho en mi vida, tenía que alejarme de todos y encerrarme en un cuarto para hacer cada una de estas batallas, cada línea era más difícil que la anterior, cada una de sus respuestas buscaba atrincherarme, pero también, cada una de mis respuestas estaba acompañada por lo que iba aprendiendo de mi condición, todo dependía de mí.
Esa primera lucha duró casi media hora, respondía y él me atacaba, contestaba y él me amenazaba, hasta que tras un intenso forcejeo el intruso calló, era la primera vez que el hacía lo que yo le pedía, La combinación de medicamentos, de ejercicios de respiración y de la determinación que obtuve de algún lugar de mi cuerpo, me dieron la primer victoria, esa vez no hubo crisis de ansiedad, salí de la habitación para decirle a mi mamá ya pasó, estoy bien de nuevo, por esta vez no hubo crisis.
La respuesta a todo parecía sencilla, una pastilla, unas gotas, unas respiraciones y una pelea en la que parecía que hablaba sola, pero no lo era, cada línea que salía de mi tomaba todas las fuerzas que tenía, con cada una de sus respuestas me tambaleaba al punto de caer de nuevo en lo que me decía, a veces quería caer, era más sencillo y yo estaba cansada, pero no lo hice, respondía y respondía hasta que no había más para él que callarse.
En cada sesión la Psiquiatra me preguntaba -¿cómo vamos con el intruso?- yo, cargaba una libreta en la que registraba cada uno de los ejercicios de respiración y buscaba siempre dar la respuesta más exacta posible, no por temor a equivocarme sino porque sabía que no podía dejar ningún cabo suelto en mi recuperación, ella tenía que saberlo todo.
-          ¿Le ganamos?
A veces lograba responder que sí, otras veces aceptaba mi derrota y buscaba una nueva manera de hacerle frente, para ese momento había recogido algunas partes de mi vida y las fuerzas, las ganas y la esperanza de recuperarme se estaban haciendo presentes de nuevo así que cada indicación que ella me daba la acataba rigurosamente, antes que todo, para mí, estaba hacer lo que ella me pedía que hiciera.
El intruso estaba siendo atacado, así que ahora buscaba caminos nuevos para llegar a mí, aparecía de sorpresa, aumentaba o disminuía su intensidad o me hablaba de diferentes maneras, todo para que volteara de nuevo a verlo y le prestara atención. Yo me resistía, yo ya no quería estar al mando de él, era yo quien quería decidir lo que iba a sentir o lo que iba a pensar y esa era mi meta última y absoluta.
Además de las sesiones personales, había comenzado también con terapia grupal, en las que comenzamos, todos, a entrar a un mundo completamente diferente, en el que no estábamos solos. Todos habíamos sido atormentados y atacados de muchas maneras, algunos estábamos ya en un momento de recuperación y otros se encontraban todavía en el medio del trastorno, buscando la respuesta última al camino por el que por alguna razón comenzaron a andar.
Teníamos historias diferentes pero, al mismo tiempo,  iguales en muchos aspectos, escucharlos hablar me hacía pensar en cosas que yo también había vivido por lo que, de pronto, me vi frente a personas que me hicieron sentir que no estaba sola, que no era la única, que no debía recibir trato especial de nadie, había muchas otras personas como yo, la ansiedad era el común para todos.
Nos sentábamos de manera que formábamos una especie de círculo, nos veíamos los rostros y escuchábamos las historias de cada uno guiadas por la Psiquiatra, cada uno era consejero y preparador profesional del otro y en conjunto nos preparábamos para las batallas que seguiríamos librando con nuestros respectivos intrusos.


-          Bueno, ya terminamos, en un ratito vamos a empezar con la sesión de musicoterapia
-Para hacer esto es necesario sentir, cierren los ojos y ábranse a la posibilidad de poner en pausa todo y sentir
La musicoterapia fue una herramienta diferente, adopté la música como un estilo de vida y como un soporte más para las luchas a las que todavía me enfrentaba:
-Mamá, espérame tantito, necesito ir a ya sabes dónde, creo que me siento mal-  era la manera en que me alejaba de donde estuviera porque estaba comenzando una nueva crisis, me levantaba y caminaba a otro cuarto para comenzar el ritual que me ayudaba a bloquear el acceso de la ansiedad y del intruso a mi cuerpo:
(inhala, exhala)
-          Ya no tienes poder sobre mí
(inhala y exhala)
-          No me vas a ganar
(inhala y exhala)
-          No va a pasar nada
(Inhala y exhala)
Él insistía y respondía, pero yo tenía trucos que me hacían ignorarlo más fácilmente, así que además del ataque verbal y de las respiraciones, comencé a colocarme los audífonos durante esos momentos, la música distraía aún más mi cabeza de las ideas que el intruso buscaba tatuar en mi cabeza.
-¡Karen! ¿Ya terminaste?- Gritaba mi mamá desde alguna otra habitación con la intención de que mi respuesta siempre fuera sí
-¡Nooo! (pero casi)
Con cada alerta de crisis nueva sucedían dos cosas en mi cabeza:
¿Qué pasa si esta vez logra ganarme y de nuevo termino en el hospital?
Quizá esta sea la última vez quizá hoy desaparezca
Esas dos ideas, completamente opuestas, aparecían de manera abrupta, por un lado con cada aparición de síntomas tenía la sensación de estar entrando a un recuerdo, a algo mío, ya conocido y a lo que creí que pertenecería toda la vida y eso era lo que me hacía pensar en la posibilidad de que el intruso me ganaría, si ya lo había hecho una vez, ¿por qué no habría de hacerlo de nuevo?

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