viernes, 14 de agosto de 2015

Ellas nos recuerdan que el pasado fue real

Pero no lo hizo, las batallas que parecían continuas e infinitas fueron cediendo y, por fin, tras una espera que se sentía eterna, escuche de la voz de mi Psiquiatra las palabras que me devolvieron la parte que había creído perdida. -Yo creo que ya es momento de que quitemos esa onda, ya ganaste- Yo dudé, claro que iba a dudar, esta mujer me estaba diciendo que debían retirar de mi cuerpo la cosa que prácticamente me había mantenido con vida ¿estaba segura de lo que estaba diciendo? ¿cómo lo sabía?

Sin embargo, el reconocimiento fue mayor a la duda, caí en cuenta que tras todo lo que había pasado, si me estaban presentando la posibilidad de pensar en que habíamos vencido al monstruo que habitaba en mi cabeza ¿por qué no habría de tomarla? Si ella, que me había rescatado de dónde estaba, que me había dado la  linterna  que necesitaba para dar luz al camino que recorría, me estaba diciendo que ya todo había terminado, ¿por qué no habría de creerle? Tal vez la incertidumbre de vivir yo sola, sin intrusos ni sondas ni hospitales, me asustaba un poco o tal vez mucho, pero aún así apoyé esa decisión. -Si, ya le ganamos.-

Tan pronto como salimos de esa sesión se comenzaron los trámites para ingresarme de nuevo al hospital. Nosotros,  emocionados, felices y asustados comenzamos a hacernos preguntas ¿ de verdad estaba sucediendo esto?, ¿ era cierto que ya estaba curada?, ¿qué pasará si en cuanto se la quiten regresamos a lo mismo? ¿ y sí...? Nadie las dijo en voz alta, para todos en casa, era un momento de felicidad sin importar que dentro de cada cabeza se colaran esas dudas con la única intención de jodernos un poco más todavía.

La espera a ese día no fue muy larga pero si cansada, en la secundaria no tendría problemas por las faltas necesarias y a mis compañeros se les inventaría alguna excusa para justificar mi ausencia... en ese momento la escuela era la menor de mis preocupaciones. En mi cabeza no había nada, más que imaginarme sin toda la asistencia que me daban ¿te duele? ¿puedes limpiarte tu sola ¿te pongo las gasas? ¿necesito pasarte la comida? ¿ te ayudo? ¿te tomaste el rivotril, el altruline? amaba a mis padres por eso, pero también quería decirles ¡basta! ¡ya no más! Estaba feliz por eso, quería ser una adolescente, quería tener amigas, tener novio, bailar, correr, vivir.

Se había llegado el día y en cuestión de un suspiro estaba de nueva cuenta entrando al cuarto estéril que en el pasado me había marcado, pero ahora era diferente, ahora iba a buscar la manera de resarcir el "daño" que me había causado. Yo iba tranquila, libre, iba sola así que me deje llevar por el sonido de quienes estaban en ese lugar hablando de signos vitales, de dónde estaba el doctor o de si ya era momento, me dejé llevar también por el viaje al que la anestesia me llevaría, sabía que al abrir los ojos todo iba a ser diferente, en ese momento nada dolía, nada atormentaba, nada buscaba siquiera asomarse a mi cabeza con intenciones de desordenarme.

Al despertar de una anestesia general te encuentras aturdido, adormilado y poco consciente de lo que a tu alrededor sucede, es como si supieras dónde estás pero de alguna manera tu cabeza sigue en otro nivel, en uno donde no pasa nada; al menos eso era lo que me sucedía a mi, excepto ese día, esa vez fue diferente a todas porque al abrir los ojos, mi respuesta, casi como un reflejo básico fue llevar mi mano derecha al lugar donde se encontraba esa cosa buscando sentir lo que hacía ya tiempo no sentía, en ese momento, al descubrirme libre la unión de las piezas se selló.

No había nada más que unas vendas y la promesa de una cicatriz algo extraña, sólo eso, no apreció la ansiedad, no apareció el miedo, no apareció el intruso, era yo, nada más yo la que estaba recostada en esa cama; estaba feliz y ansiosa de ver de otra manera el mundo que tenía afuera. El pasado había sido real, iba a tener en esa cicatriz el recordatorio de que todo en verdad había sucedido, pero eso no iba a ser algo malo, porque además significaba que ante la lucha con un enemigo tan poderoso y tan grande, yo había ganado. Las marcas de batalla que quedaron tanto en mis brazos como en mi estómago me decían que el sufrimiento había sido real, pero que la recompensa había sido mayor.

Había crecido, había cambiado, había vencido al lado más oscuro que puede esconderse en la cabeza de alguien, a veces se queda guardado siempre, imposibilitado para expandir su fuerza; otras veces destruye los candados y se apodera por completo de tu vida y tienes que volver a buscar la manera de contenerlo y enseñarle que la vida de la que se quiere adueñar es tuya. Yo lo logré, en ese momento lo logré.

¿Cómo se festejó esa victoria? Mi psiquiatra me había prometido llevarme a un restaurante para darse y darme el lujo de comer como no lo había hecho en mucho tiempo, así que una tarde que llegamos al consultorio, en lugar de entrar a sesión, ella, mi hermano y yo nos subimos a su camioneta y festejamos... comiendo. Fue el momento cúspide de todo lo había recorrido, sin mi familia y, sobre todo, sin ella, la historia pudo haber sido muy diferente.

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