Después de eso, la vida siguió
como se supone que deben hacerlo las vidas normales, como si nada hubiera
pasado, como si nunca hubiera estado en el hospital, como si nunca hubieran
metido una sonda a mi cuerpo, como si nunca hubiera conocido a mi Psiquiatra.
En la casa poco se continuó hablando del tema y todos nos avocamos a vivir, el
camino mismo nos fue enseñando a desechar lo poco que quedaba de esos eventos y
dejamos ir todo, al menos en la conciencia.
Pasó la preparatoria, yo seguí
siendo la misma, pero diferente,
estudiaba, hacía tareas, buscaba buenos promedios y aunque me estresaba en
ocasiones, la ansiedad no volvió a tocar mi puerta, conocí a quienes se
convertirían en dos de mis mejores amigas y ellas fueron en ese momento las
únicas que conocieron esa parte de mi historia y me apoyaron cuando entré de
nuevo al quirófano al poco tiempo después.
Mi existencia había sido renovada
en ese momento, pero había un recuerdo imborrable que bajo circunstancias
específicas me ponía en posición de tener que dar explicaciones: la cicatriz
que había quedado cuando quitaron la sonda, no era común, no era fácilmente
ignorada, parecía un ombligo ¿cómo explicas que tengas dos ombligos? Así que
cuando las cosas se daban, cuando la gente podía observarme y comenzaban las
preguntas, la curiosidad y en algunos casos, la sorpresa, yo me sentía un poco
incomoda así que buscaba que nadie me viera. Mis papás comenzaron a pensar en
la idea de remover esa cicatriz, ¿por estética? Tal vez, pero más allá de eso
implicaba borrar de mi cuerpo la última evidencia de lo sucedido, ¿quería yo
hacerme eso? A veces.
En algún lado había leído que las
cicatrices nos recordaban que el pasado era real así que no estaba del todo
segura de querer cambiar esa parte de mí; por un lado buscaba dejar todo atrás,
pero igual pensaba que si lo hacía y ponía en una cajita todo lo que había
pasado para nunca más saber de eso, estaría en posibilidades de que en algún
momento todo comenzara de nuevo. Me tomó un tiempo decidirlo, pero a final de
cuentas le entré y una vez más se presentó la oportunidad de ver mi muñeca
envuelta en gasas, parches y agujas, de escuchar el sonido de las camas de
hospital cuando te recuestas y mueves en ellas y de transitar por los pasillos
en una camilla buscando el lugar donde me quitarían ese recuerdo. ¿Dolió?,
apenas. Realmente poco recuerdo de ese evento, pero sin duda me gusté más
después de él.
Todo se manejó con mucha
discreción así que a los pocos días regresé a la escuela y continúe con lo que
había dejado pendiente: mis materias, mis amigas, una próxima graduación y la búsqueda de mi siguiente decisión ¿qué iba a hacer después de la
prepa? Cuando les planteé a mis padres la posibilidad de estudiar Psicología,
la reacción fue la esperada y comenzaron a cuestionarse si era sano o si era
bueno para mí, afortunadamente dejaron que fuera yo quien decidiera (tal como
debía ser) y me permitieron ir tras lo que yo consideraba era mi camino. Todo
era tan disfrutable, las últimas clases, los registros para la Facultad, la
Graduación, los viví como pensé que los viviría y mis padres estaban igual o
más entusiasmados que yo por terminar una parte y comenzar una nueva.
Justo un día después de haber
celebrado el término de la Preparatoria me vi caminando a la Universidad para
revisar si mi nombre aparecía en la lista de los aceptados…sí estaba. ¿Qué
seguía? Nada menos que comenzar a transitar por uno de los caminos que más he
disfrutado y más me ha enseñado en lo que llevó de vida. Cada una de las
materias, de las personas, de los momentos fueron disfrutados y me aventuré a
vivir algo que quizá nunca había considerado hacer. La primera vez que le hablé
a mis padres de buscar la posibilidad de ser una estudiante de intercambio se
encendieron las alarmas de la protección y el temor de que yo, con la cabeza
que tenía, estando en un lugar diferente a casa pudiera resultar herida, pero una
vez más me abrieron la puerta y me dejaron la decisión nada más a mí.
Todo se hizo, todo se buscó y
justo en la mitad de la Carrera me fui a vivir a Guadalajara con otra de mis
mejores amigas, fue una experiencia única, por primera vez estaba yo sola, por
primera vez era yo quien estaba cargo de lo que hacía, de lo que no hacía, de
cómo vivía y era algo que necesitaba y que ansiaba vivir. Sentí miedo solamente
cuando me despedía de mi familia, nunca había visto llorar a mi mamá así que
verla con lágrimas cuando me dejó, me hizo dudar un poco, sólo ahí y nada más
en ese momento.
El viaje me presentó una nueva
escuela, nuevos maestros, nuevos aprendizajes, pero sobre todo la oportunidad
de conocer gente que hasta el día de hoy sigue presente en mi vida, eso y lo
que compartí con ellos fue lo que más saboreé de toda la experiencia, porque
cuando eres alguien así de aprehensivo, ante la oportunidad de vivir en
libertad y bajo tus propios pasos, puedes o quebrarte o dejarte ir con la vida
te está regalando y ser feliz y yo hasta ese momento había escogido lo segundo.
Todo duró 6 meses, tiempo en el que me sentí feliz y liberada, nunca cruzó por
mi cabeza lo que poco tiempo después sucedería.
Regresé a casa, con mis padres y
mi hermano, volví a la escuela y a la vida como la había estado viviendo, todo
iba bien…todo regresó a como era antes, hasta que un buen día en un viaje con
personas que había conocido en Guadalajara, todo comenzó de nuevo, algo
diferente pero a la vez tan familiar. Comencé a sentirme mal estando en la
Capital del País y no sabía lo que eso significaba, sentía náuseas, estaba
preocupada, no tenía hambre, no estaba disfrutando el lugar y las personas con
las que estaba; una semana completa transcurrió así y yo realmente lo único que
quería regresar a casa y esperaba que estando allá todo se asentaría y lo que
pasó había sido una falsa alarma, un recordatorio para que no olvidara el
pasado, nunca pensé que eso buscaba asentarse y ponerse cómodo de nuevo.
Al llegar de nuevo casa, me rodeé
de circunstancias similares a las ya vividas, pero esta vez no dejé de ir a la
escuela, no podía hacerlo porque estaba frente a mí la responsabilidad de
comenzar el período de prácticas profesionales y no podía ni quería darme el
lujo de botar todo como lo hice la primera vez así que aguante…hasta donde pude.
Comencé a ver gastroenterólogos mientras intentaba arreglar una cita con mi
Psiquiatra, todo era tan conocido, habían pasado cerca de 7 años desde la
última vez y por alguna razón todos habíamos pensado que no habría una
más…obviamente nos equivocamos. Finalmente y después de días en los que puse
todo mi ser para no dejar de ir a la escuela ni al programa de prácticas y
aguantar lo que fuera que estaba sintiendo, volví a verla y sentí tanto
esperanza como decepción. Sabía, al verla, que me recuperaría, pero me odié por
estar de nuevo ahí.
Esta vez no sería atendido por
ella, sino por alguien que trabajaba a su lado y así, como cuando era una niña,
comenzó el tratamiento terapéutico y farmacológico…la ansiedad había regresado.
Todos, en especial yo, sabían lo que eso significaba, la conocía de tiempo
atrás y habíamos compartido muchas cosas, pero esta vez yo era diferente y
tenía otros recursos para hacerle frente, así que aunque ella llegó, se sentó y
se acomodó, no iba a dejar que fuera por mucho tiempo.
Nadie se dio cuenta fuera de
algunos miembros de la familia, no dejé de ir a la escuela, no dejé de hacer
mis cosas, no hubo más hospital que el necesario para un endoscopia que
corroborara que no era mi cuerpo sino mi mente la que estaba haciéndome esto y
así fue, no había nada malo en mí, no eran ni mi estómago ni mi esófago ni
cualquier otra parte de mi cuerpo…éramos nada más ese intruso y yo. ¿Pensaba lo
mismo? ¿Eran las mismas ideas de antes las que me atacaban? No, esta vez todo
era algo diferente.
No contaba, no repetía, no me
angustiaba si no contaba los árboles que había en la calle o si pisaba alguna
de las rayas del piso, en lugar de eso, al poco tiempo estaba preocupándome por
la posibilidad misma de sentir ansiedad, que esto fuera en un lugar público y
que los demás se dieran cuenta de ello. Fue difícil, estuve medicada por un
tiempo que para mí fue eterno, pero poco a poco las citas se fueron espaciando
y el medicamento reduciendo hasta que logré una sensación de estabilidad
aparente, lo que fue suficiente para para poder continuar con mi vida. Seguí
haciendo cosas, pero me sentía un poco diferente, ocasionalmente evitaba
algunas salidas, me sentía incómoda en situaciones sociales y me sorprendía a
veces pensando en que, de la nada, alguna crisis aparecería, pero continué, no
me detuve para atascarme en ese charco de ideas y sensaciones sin sentido.
Traté de seguir y no prestarle mucha atención a los pinchazos que a veces me
daba la cabeza.
Tomando en cuenta lo sucedido en
el pasado y lo que estaba sucediendo en ese momento, no se había presentado la
oportunidad de comenzar una relación amorosa, si existieron personas que en su
momento llamaron mi atención y con quienes me hubiera gustado vivir algo más,
pero eso nunca sucedió; hasta ese año en el que alguien conocido de la
preparatoria y que por mucho tiempo había llamado mi atención, me contactó de
nuevo y me invitó a salir. Dudé, ¿Qué tal que justo a mitad de la cita la cosa
esa que tenía en mi cabeza decidía aparecer?, lo pensé y a final de cuentas me
aventé, fue divertido… diferente. Después de eso el contacto siguió por un par
de meses y el interés fue creciendo, él me gustaba, pero no podía dejar de
pensar en todo lo que traía cargando conmigo.
Tras varias salidas, muchas
llamadas y conversaciones y el empujón de una de mis amigas, la pregunta de si
quería comenzar una relación con él, fue
hecha y mi respuesta inmediata fue un sí, pero no sin antes abrirle y dejarle
ver lo que había en mi pasado y lo que sucedía en mi presente para que las
sorpresas no aparecieran en los momentos menos inoportunos, él me escuchó y al
menos en ese momento lo comprendió, fue así que la relación inició, la primera
para mí.
Dentro de esa relación mi
ansiedad fue transformándose y pasó a frenar mi vida social, me dolía mucho
tener que enfrentarme a un restaurante, a una salida al cine, una fiesta o una
reunión con amigos, el sólo hecho de pensar en ello desencadenaba malestar en
mí, verme en un lugar público con la posibilidad que todos se dieran cuenta de
la locura que cargaba hacía que, desde
el momento en que hacíamos fila para entrar al cine, creara los escenarios más
intensos en mi cabeza que traían consigo la taquicardia, las náuseas, la
desesperación, las ganas de salir corriendo a un lugar seguro. Al inicio él
comprendía todo, pero supongo que por momentos se cansaba ¿quién no lo haría?
¿A dónde me llevó eso? A evitar,
buscaba excusas para que no tuviéramos que salir, para quedarnos en casa donde
supuestamente no había peligros y en un par de ocasiones esa misma ansiedad me
llevó a pedirle que nos saliéramos de donde quiera que estuviéramos. La
ansiedad, la culpa que sentía por no ser capaz de disfrutar y el masticar
constante de preguntas como ¿Por qué estoy pensando eso? ¿Por qué tengo miedo?
¿Cómo voy a salir de aquí?, a las que poco a poco les fui encontrando algunas
respuestas, comenzaron a agrietar la relación en la que estaba, pero que
continuó todavía por mucho tiempo más.
Lo que pensaba de mí, estaba
determinado en gran parte por esa dificultad para salir al mundo, me veía mal,
pequeña, diferente e insignificante comparada con prácticamente cualquier
persona que se ponía frente a mí. ¿Qué valor puede tener alguien incapaz de
controlar su cabeza y que siempre tiene miedo? ¿Qué tan importante puede ser
alguien que se esconde del mundo por temor a que una crisis la haga más
vulnerable todavía? Por mucho tiempo fue esa la manera en la que me hablaba y
aunque al inicio, la relación en la que estaba me presentó experiencias gratas
y nuevas para mí, el sentimiento de minusvalía se mantuvo en parte por lo que
el otro hacía, comentarios en apariencia inocentes, pero que llegaban a lo más
profundo de mi ser. No me sentía suficiente porque sabía que él quería que me
viera diferente, que me vistiera diferente, que actuara diferente y que
comprendiera y aceptara cuando él veía y me señalaba a alguien que sí cumplía
con lo que estaba buscando.
Poco a poco y tras una serie de
eventos desafortunados, mi ansiedad, sus comparaciones y demandas y la percepción de que no era suficiente para
él, hicieron que una noche la relación terminara. Él asumió la culpa, pero
desconozco si fue sincero en esa intención; durante los días siguientes la
ansiedad regresó y vio en el duelo la oportunidad de tomar fuerza, pero no la
dejé, saqué una cita con mi Psiquiatra y dejé que el tiempo hiciera su trabajo.
Se supone que cuando una relación
termina uno, otro o ambos se vuelcan a buscar descifrar ¿qué pasó?, ¿dónde
estuvo el problema?, ¿qué hubiera pasado si hubiera actuado diferente? y otras
tantas cosas dramáticas y sin sentido, yo no, yo no podía permitirme eso, no podía dejar que esas
ideas se convirtieran en pensamientos asaltantes que se clavaran en mi cabeza
como lo hacían el “¡cuenta”! “ “¡repite”! y todos ellos. Si, esa relación dolió
cuando terminó, sacudió mi cabeza y mis
ideas, pero no podía dejar que me
arrastrara a un estado innecesario que iba a terminar (seguramente) por
envolverme en una caja de autodestrucción.
¿Qué hice entonces? Entré al
gimnasio, ya no más por él, ni por complacer el ideal que por él me había
impuesto, lo hacía por mí, nada más por mí. Salí con amigas, leí más y, más
allá de eso, tomé una de las decisiones que más retos me ha puesto, pero que
más amor me ha dado y fue así, que gracias a la revoltura de panza generada por
un rompimiento, llegué a mi primera clase de Tango y fue también el momento en
el que mi viejo amigo volvió a asomar su cabeza por la ventana de mi conciencia
para ver si tenía de dónde agarrarse.
De niña veía los movimientos, la
conexión, la comunicación y lo seguras que se veían todas ellas bailando, como
si nada más existiera, como si solamente estuvieran ellos dos en el mundo y
siempre guardé el anhelo de lograr algo así en el lugar más escondido que pude
encontrar porque pensaba –No voy a lograrlo nunca-, -La ansiedad no me va a
dejar-, -Tengo miedo- y nadie me empujaba a pensar de otra manera así que el
deseo se quedó guardado y después de ese rompimiento llegó de nuevo a la
conciencia, pero esta vez sí hice algo al respecto.
El primer domingo llegó y se
sintió algo extraño. Una de las cosas que más me lastima es no poder tener el
control o no saber qué va a suceder y
ese dolor era justo lo que estaba sintiendo ese día, la maldita ansiedad se
sintió por todo mi cuerpo, lista para entrar de nueva cuenta al campo de
batalla y vio en mi decisión la oportunidad de aparecer para joder. Entre más
cerca estaba del lugar más ansiedad sentía, así que para cuando llegué a donde sería mi
clase, lo único en lo que pensaba era en irme de nuevo, retirarme y aliviar mis
síntomas aún a sabiendas de que eso era como entregarle una llave maestra al
intruso aquel para que se asentará de nuevo en la sala de mi cabeza.
No lo hice, entré al lugar (una tienda de artesanías y promotora de las
obras de algunos artistas locales) y me vi rodeada de inmediato de productos
artesanales, joyería, bolsas, zapatos, cuadros, esculturas, dos de las personas
más relajadas que he podido conocer y demás. Me preguntaba qué estaba haciendo
ahí, me hablaba para encontrar una excusa para poder salir, pero a la vez me
gritaba “NOOO, porque carajos?? No más, no hoy, no esta vez. Y me quedé y así
me he quedado por más de un año.
Al verlo, inmediatamente supe que
estaba en el lugar correcto, el maestro bailaba con tanta facilidad, con tanto
disfrute, yo quería esa sensación. Lo primero que aprendí, mejor dicho, que
admití, porque en algún nivel ya lo sabía, es que conocía mi cabeza, conocía
mis ideas, sabía lo malditas que podían ser, tenía conciencia clara de lo que
ella podía ser capaz, pero no conocía mi cuerpo, nunca había trabajado con él,
no me movía, no lo conectaba con algo más, en fin, no sentía.
Aun así, no lo solté… no quería.
En el tango, el abrazo es muy importante y eso también me dolía, la cercanía de
personas desconocidas y la necesidad de comunicarme con ellas a través de lo
que se siente fue sumamente angustiante y desconcertante, ¿cómo carajo iba a
hacer eso si yo misma no sabía cómo sentir los movimientos en mi cuerpo?, era
difícil. Cada clase implicaba una lucha interna que me dejaba agotada. Todo
esto era mío, era sólo para mí hasta que una vez, quien se había convertido en
amiga y acompañante de clases lo supo y me preguntó ¿Por qué lo haces si no te
hace sentir bien? ¿Por qué sigues? ¿Por qué no lo dejas? Puta madre, ¿cómo lo explicas?
¿Cómo puedes ayudarle a alguien a entender que eso que tanto amas hacer, es lo
mismo que te tiene las uñas desechas, el estómago en un nudo, el corazón y las
manos tambaleantes y la cabeza con una vida que no es la tuya?
No sé si ya lo entienda o no,
pero esa dualidad es, para muchos de nosotros, la raíz de la impotencia más
grande que puede ser sentida, amaba ir a clases de Tango, pero mi cabeza las
interpretaba como amenazantes y en
algunos momentos dolorosas. Me causaban ansiedad y esa es la única explicación
que hasta el momento puedo ofrecer. No sé cómo y quizá es equivocado decirlo,
pero creo que él (mi maestro) lo comprendía y quizá sin saberlo fue ayudándome a
trabajar con ello. Rápidamente él y yo nos hicimos amigos, buenos amigos,
compartíamos muchas cosas y por primera vez, en mucho tiempo, sentía que estaba
con alguien que de alguna manera sabía y comprendía por lo que había pasado, yo
le admiraba su amor y respeto por el Tango y quería, en algún momento, bailar
como el buscaba que lo hiciéramos, sintiéndolo.
¿Qué hizo que me quedara? Algunas
de las palabras de él, muchas veces me decía –No pienses tanto- ¡Ja! Como si con decirlo yo pudiera controlarlo,
pero esa insistencia y todo eso que él hacía lograron que por momentos, por pequeños
espacios de tiempo yo sintiera que había nada alrededor, no me preocupaba por
nada, podía, aunque fuera por el tiempo que dura un giro o alguna otra cosa
(dos, tres, 5 segundos) apagar mi cabeza y dejar de pensar. No podía irme de lo
que me daba esa paz, de lo que me producía placer y me liberaba; porque si
sucedía por esos pequeñísimos momentos, quería decir que podía suceder más y
más.
La ansiedad al lado social del
Tango continuaba, la anticipación era mi peor enemiga y eso hacía que los inicios
de mis clases fueran un tanto incómodas y angustiantes, pero era impresionante
como al poco tiempo todo se iba, era sorprendente para mí el cómo la ansiedad
cesaba y podía disfrutar e intentar. Me era (todavía) difícil entender y hacer
lo que me pedía, todo lo que le escuchaba decir era “espera”, “no te
adelantes”, “no, así no” “esto no va a funcionar si no le ponen algo más” y
demás cosas que en algunos momentos me hicieron dudar si eso era para mí, pero
esos pequeños momentos de sentirme sola con la canción eran más grandes que
cualquier duda que pudiera albergar, quería más de eso.
Lo que aprendía ahí iba más allá
de la técnica para bailar bien, muchos de los discursos que él nos daba podía
retomarlos en otros momentos de mi vida y eso hacía más rica la experiencia,
había llegado ahí por obra de quién sabe quién, pero estaba agradecida por
ello, si, a veces me enojaba porque me sacaban de mi zona de confort y me
exigían cosas que no podía hacer, pero aún en esos momentos sabía que estaba donde
debía estar y solamente era cuestión de tiempo para que nuevas pruebas se
presentaran.
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