lunes, 14 de marzo de 2016

Here it goes again

Después de eso, la vida siguió como se supone que deben hacerlo las vidas normales, como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera estado en el hospital, como si nunca hubieran metido una sonda a mi cuerpo, como si nunca hubiera conocido a mi Psiquiatra. En la casa poco se continuó hablando del tema y todos nos avocamos a vivir, el camino mismo nos fue enseñando a desechar lo poco que quedaba de esos eventos y dejamos ir todo, al menos en la conciencia.

Pasó la preparatoria, yo seguí siendo la misma, pero  diferente, estudiaba, hacía tareas, buscaba buenos promedios y aunque me estresaba en ocasiones, la ansiedad no volvió a tocar mi puerta, conocí a quienes se convertirían en dos de mis mejores amigas y ellas fueron en ese momento las únicas que conocieron esa parte de mi historia y me apoyaron cuando entré de nuevo al quirófano al poco tiempo después.

Mi existencia había sido renovada en ese momento, pero había un recuerdo imborrable que bajo circunstancias específicas me ponía en posición de tener que dar explicaciones: la cicatriz que había quedado cuando quitaron la sonda, no era común, no era fácilmente ignorada, parecía un ombligo ¿cómo explicas que tengas dos ombligos? Así que cuando las cosas se daban, cuando la gente podía observarme y comenzaban las preguntas, la curiosidad y en algunos casos, la sorpresa, yo me sentía un poco incomoda así que buscaba que nadie me viera. Mis papás comenzaron a pensar en la idea de remover esa cicatriz, ¿por estética? Tal vez, pero más allá de eso implicaba borrar de mi cuerpo la última evidencia de lo sucedido, ¿quería yo hacerme eso? A veces.

En algún lado había leído que las cicatrices nos recordaban que el pasado era real así que no estaba del todo segura de querer cambiar esa parte de mí; por un lado buscaba dejar todo atrás, pero igual pensaba que si lo hacía y ponía en una cajita todo lo que había pasado para nunca más saber de eso, estaría en posibilidades de que en algún momento todo comenzara de nuevo. Me tomó un tiempo decidirlo, pero a final de cuentas le entré y una vez más se presentó la oportunidad de ver mi muñeca envuelta en gasas, parches y agujas, de escuchar el sonido de las camas de hospital cuando te recuestas y mueves en ellas y de transitar por los pasillos en una camilla buscando el lugar donde me quitarían ese recuerdo. ¿Dolió?, apenas. Realmente poco recuerdo de ese evento, pero sin duda me gusté más después de él.

Todo se manejó con mucha discreción así que a los pocos días regresé a la escuela y continúe con lo que había dejado pendiente: mis materias, mis amigas, una próxima graduación y  la búsqueda de mi siguiente  decisión ¿qué iba a hacer después de la prepa? Cuando les planteé a mis padres la posibilidad de estudiar Psicología, la reacción fue la esperada y comenzaron a cuestionarse si era sano o si era bueno para mí, afortunadamente dejaron que fuera yo quien decidiera (tal como debía ser) y me permitieron ir tras lo que yo consideraba era mi camino. Todo era tan disfrutable, las últimas clases, los registros para la Facultad, la Graduación, los viví como pensé que los viviría y mis padres estaban igual o más entusiasmados que yo por terminar una parte y comenzar una nueva.

Justo un día después de haber celebrado el término de la Preparatoria me vi caminando a la Universidad para revisar si mi nombre aparecía en la lista de los aceptados…sí estaba. ¿Qué seguía? Nada menos que comenzar a transitar por uno de los caminos que más he disfrutado y más me ha enseñado en lo que llevó de vida. Cada una de las materias, de las personas, de los momentos fueron disfrutados y me aventuré a vivir algo que quizá nunca había considerado hacer. La primera vez que le hablé a mis padres de buscar la posibilidad de ser una estudiante de intercambio se encendieron las alarmas de la protección y el temor de que yo, con la cabeza que tenía, estando en un lugar diferente a casa pudiera resultar herida, pero una vez más me abrieron la puerta y me dejaron la decisión nada más a mí.

Todo se hizo, todo se buscó y justo en la mitad de la Carrera me fui a vivir a Guadalajara con otra de mis mejores amigas, fue una experiencia única, por primera vez estaba yo sola, por primera vez era yo quien estaba cargo de lo que hacía, de lo que no hacía, de cómo vivía y era algo que necesitaba y que ansiaba vivir. Sentí miedo solamente cuando me despedía de mi familia, nunca había visto llorar a mi mamá así que verla con lágrimas cuando me dejó, me hizo dudar un poco, sólo ahí y nada más en ese momento.

El viaje me presentó una nueva escuela, nuevos maestros, nuevos aprendizajes, pero sobre todo la oportunidad de conocer gente que hasta el día de hoy sigue presente en mi vida, eso y lo que compartí con ellos fue lo que más saboreé de toda la experiencia, porque cuando eres alguien así de aprehensivo, ante la oportunidad de vivir en libertad y bajo tus propios pasos, puedes o quebrarte o dejarte ir con la vida te está regalando y ser feliz y yo hasta ese momento había escogido lo segundo. Todo duró 6 meses, tiempo en el que me sentí feliz y liberada, nunca cruzó por mi cabeza lo que poco tiempo después sucedería.

Regresé a casa, con mis padres y mi hermano, volví a la escuela y a la vida como la había estado viviendo, todo iba bien…todo regresó a como era antes, hasta que un buen día en un viaje con personas que había conocido en Guadalajara, todo comenzó de nuevo, algo diferente pero a la vez tan familiar. Comencé a sentirme mal estando en la Capital del País y no sabía lo que eso significaba, sentía náuseas, estaba preocupada, no tenía hambre, no estaba disfrutando el lugar y las personas con las que estaba; una semana completa transcurrió así y yo realmente lo único que quería regresar a casa y esperaba que estando allá todo se asentaría y lo que pasó había sido una falsa alarma, un recordatorio para que no olvidara el pasado, nunca pensé que eso buscaba asentarse y ponerse cómodo de nuevo.

Al llegar de nuevo casa, me rodeé de circunstancias similares a las ya vividas, pero esta vez no dejé de ir a la escuela, no podía hacerlo porque estaba frente a mí la responsabilidad de comenzar el período de prácticas profesionales y no podía ni quería darme el lujo de botar todo como lo hice la primera vez así que aguante…hasta donde pude. Comencé a ver gastroenterólogos mientras intentaba arreglar una cita con mi Psiquiatra, todo era tan conocido, habían pasado cerca de 7 años desde la última vez y por alguna razón todos habíamos pensado que no habría una más…obviamente nos equivocamos. Finalmente y después de días en los que puse todo mi ser para no dejar de ir a la escuela ni al programa de prácticas y aguantar lo que fuera que estaba sintiendo, volví a verla y sentí tanto esperanza como decepción. Sabía, al verla, que me recuperaría, pero me odié por estar de nuevo ahí.
Esta vez no sería atendido por ella, sino por alguien que trabajaba a su lado y así, como cuando era una niña, comenzó el tratamiento terapéutico y farmacológico…la ansiedad había regresado. Todos, en especial yo, sabían lo que eso significaba, la conocía de tiempo atrás y habíamos compartido muchas cosas, pero esta vez yo era diferente y tenía otros recursos para hacerle frente, así que aunque ella llegó, se sentó y se acomodó, no iba a dejar que fuera por mucho tiempo.

Nadie se dio cuenta fuera de algunos miembros de la familia, no dejé de ir a la escuela, no dejé de hacer mis cosas, no hubo más hospital que el necesario para un endoscopia que corroborara que no era mi cuerpo sino mi mente la que estaba haciéndome esto y así fue, no había nada malo en mí, no eran ni mi estómago ni mi esófago ni cualquier otra parte de mi cuerpo…éramos nada más ese intruso y yo. ¿Pensaba lo mismo? ¿Eran las mismas ideas de antes las que me atacaban? No, esta vez todo era algo diferente.

No contaba, no repetía, no me angustiaba si no contaba los árboles que había en la calle o si pisaba alguna de las rayas del piso, en lugar de eso, al poco tiempo estaba preocupándome por la posibilidad misma de sentir ansiedad, que esto fuera en un lugar público y que los demás se dieran cuenta de ello. Fue difícil, estuve medicada por un tiempo que para mí fue eterno, pero poco a poco las citas se fueron espaciando y el medicamento reduciendo hasta que logré una sensación de estabilidad aparente, lo que fue suficiente para para poder continuar con mi vida. Seguí haciendo cosas, pero me sentía un poco diferente, ocasionalmente evitaba algunas salidas, me sentía incómoda en situaciones sociales y me sorprendía a veces pensando en que, de la nada, alguna crisis aparecería, pero continué, no me detuve para atascarme en ese charco de ideas y sensaciones sin sentido. Traté de seguir y no prestarle mucha atención a los pinchazos que a veces me daba la cabeza.  

Tomando en cuenta lo sucedido en el pasado y lo que estaba sucediendo en ese momento, no se había presentado la oportunidad de comenzar una relación amorosa, si existieron personas que en su momento llamaron mi atención y con quienes me hubiera gustado vivir algo más, pero eso nunca sucedió; hasta ese año en el que alguien conocido de la preparatoria y que por mucho tiempo había llamado mi atención, me contactó de nuevo y me invitó a salir. Dudé, ¿Qué tal que justo a mitad de la cita la cosa esa que tenía en mi cabeza decidía aparecer?, lo pensé y a final de cuentas me aventé, fue divertido… diferente. Después de eso el contacto siguió por un par de meses y el interés fue creciendo, él me gustaba, pero no podía dejar de pensar en todo lo que traía cargando conmigo.

Tras varias salidas, muchas llamadas y conversaciones y el empujón de una de mis amigas, la pregunta de si quería comenzar una relación  con él, fue hecha y mi respuesta inmediata fue un sí, pero no sin antes abrirle y dejarle ver lo que había en mi pasado y lo que sucedía en mi presente para que las sorpresas no aparecieran en los momentos menos inoportunos, él me escuchó y al menos en ese momento lo comprendió, fue así que la relación inició, la primera para mí.

Dentro de esa relación mi ansiedad fue transformándose y pasó a frenar mi vida social, me dolía mucho tener que enfrentarme a un restaurante, a una salida al cine, una fiesta o una reunión con amigos, el sólo hecho de pensar en ello desencadenaba malestar en mí, verme en un lugar público con la posibilidad que todos se dieran cuenta de la locura que cargaba  hacía que, desde el momento en que hacíamos fila para entrar al cine, creara los escenarios más intensos en mi cabeza que traían consigo la taquicardia, las náuseas, la desesperación, las ganas de salir corriendo a un lugar seguro. Al inicio él comprendía todo, pero supongo que por momentos se cansaba ¿quién no lo haría?

¿A dónde me llevó eso? A evitar, buscaba excusas para que no tuviéramos que salir, para quedarnos en casa donde supuestamente no había peligros y en un par de ocasiones esa misma ansiedad me llevó a pedirle que nos saliéramos de donde quiera que estuviéramos. La ansiedad, la culpa que sentía por no ser capaz de disfrutar y el masticar constante de preguntas como ¿Por qué estoy pensando eso? ¿Por qué tengo miedo? ¿Cómo voy a salir de aquí?, a las que poco a poco les fui encontrando algunas respuestas, comenzaron a agrietar la relación en la que estaba, pero que continuó todavía por mucho tiempo más.

Lo que pensaba de mí, estaba determinado en gran parte por esa dificultad para salir al mundo, me veía mal, pequeña, diferente e insignificante comparada con prácticamente cualquier persona que se ponía frente a mí. ¿Qué valor puede tener alguien incapaz de controlar su cabeza y que siempre tiene miedo? ¿Qué tan importante puede ser alguien que se esconde del mundo por temor a que una crisis la haga más vulnerable todavía? Por mucho tiempo fue esa la manera en la que me hablaba y aunque al inicio, la relación en la que estaba me presentó experiencias gratas y nuevas para mí, el sentimiento de minusvalía se mantuvo en parte por lo que el otro hacía, comentarios en apariencia inocentes, pero que llegaban a lo más profundo de mi ser. No me sentía suficiente porque sabía que él quería que me viera diferente, que me vistiera diferente, que actuara diferente y que comprendiera y aceptara cuando él veía y me señalaba a alguien que sí cumplía con lo que estaba buscando.

Poco a poco y tras una serie de eventos desafortunados, mi ansiedad, sus comparaciones y demandas y  la percepción de que no era suficiente para él, hicieron que una noche la relación terminara. Él asumió la culpa, pero desconozco si fue sincero en esa intención; durante los días siguientes la ansiedad regresó y vio en el duelo la oportunidad de tomar fuerza, pero no la dejé, saqué una cita con mi Psiquiatra y dejé que el tiempo hiciera su trabajo.

Se supone que cuando una relación termina uno, otro o ambos se vuelcan a buscar descifrar ¿qué pasó?, ¿dónde estuvo el problema?, ¿qué hubiera pasado si hubiera actuado diferente? y otras tantas cosas dramáticas y sin sentido, yo no, yo no  podía permitirme eso, no podía dejar que esas ideas se convirtieran en pensamientos asaltantes que se clavaran en mi cabeza como lo hacían el “¡cuenta”! “ “¡repite”! y todos ellos. Si, esa relación dolió cuando terminó,  sacudió mi cabeza y mis ideas,  pero no podía dejar que me arrastrara a un estado innecesario que iba a terminar (seguramente) por envolverme en una caja de autodestrucción.

¿Qué hice entonces? Entré al gimnasio, ya no más por él, ni por complacer el ideal que por él me había impuesto, lo hacía por mí, nada más por mí. Salí con amigas, leí más y, más allá de eso, tomé una de las decisiones que más retos me ha puesto, pero que más amor me ha dado y fue así, que gracias a la revoltura de panza generada por un rompimiento, llegué a mi primera clase de Tango y fue también el momento en el que mi viejo amigo volvió a asomar su cabeza por la ventana de mi conciencia para ver si tenía de dónde agarrarse.

De niña veía los movimientos, la conexión, la comunicación y lo seguras que se veían todas ellas bailando, como si nada más existiera, como si solamente estuvieran ellos dos en el mundo y siempre guardé el anhelo de lograr algo así en el lugar más escondido que pude encontrar porque pensaba –No voy a lograrlo nunca-, -La ansiedad no me va a dejar-, -Tengo miedo- y nadie me empujaba a pensar de otra manera así que el deseo se quedó guardado y después de ese rompimiento llegó de nuevo a la conciencia, pero esta vez sí hice algo al respecto.

El primer domingo llegó y se sintió algo extraño. Una de las cosas que más me lastima es no poder tener el control o  no saber qué va a suceder y ese dolor era justo lo que estaba sintiendo ese día, la maldita ansiedad se sintió por todo mi cuerpo, lista para entrar de nueva cuenta al campo de batalla y vio en mi decisión la oportunidad de aparecer para joder. Entre más cerca estaba del lugar más ansiedad sentía,  así que para cuando llegué a donde sería mi clase, lo único en lo que pensaba era en irme de nuevo, retirarme y aliviar mis síntomas aún a sabiendas de que eso era como entregarle una llave maestra al intruso aquel para que se asentará de nuevo en la sala de mi cabeza.

No lo hice, entré al lugar  (una tienda de artesanías y promotora de las obras de algunos artistas locales) y me vi rodeada de inmediato de productos artesanales, joyería, bolsas, zapatos, cuadros, esculturas, dos de las personas más relajadas que he podido conocer y demás. Me preguntaba qué estaba haciendo ahí, me hablaba para encontrar una excusa para poder salir, pero a la vez me gritaba “NOOO, porque carajos?? No más, no hoy, no esta vez. Y me quedé y así me he quedado por más de un año.

Al verlo, inmediatamente supe que estaba en el lugar correcto, el maestro bailaba con tanta facilidad, con tanto disfrute, yo quería esa sensación. Lo primero que aprendí, mejor dicho, que admití, porque en algún nivel ya lo sabía, es que conocía mi cabeza, conocía mis ideas, sabía lo malditas que podían ser, tenía conciencia clara de lo que ella podía ser capaz, pero no conocía mi cuerpo, nunca había trabajado con él, no me movía, no lo conectaba con algo más, en fin, no sentía.

Aun así, no lo solté… no quería. En el tango, el abrazo es muy importante y eso también me dolía, la cercanía de personas desconocidas y la necesidad de comunicarme con ellas a través de lo que se siente fue sumamente angustiante y desconcertante, ¿cómo carajo iba a hacer eso si yo misma no sabía cómo sentir los movimientos en mi cuerpo?, era difícil. Cada clase implicaba una lucha interna que me dejaba agotada. Todo esto era mío, era sólo para mí hasta que una vez, quien se había convertido en amiga y acompañante de clases lo supo y me preguntó ¿Por qué lo haces si no te hace sentir bien? ¿Por qué sigues? ¿Por qué no lo dejas? Puta madre, ¿cómo lo explicas? ¿Cómo puedes ayudarle a alguien a entender que eso que tanto amas hacer, es lo mismo que te tiene las uñas desechas, el estómago en un nudo, el corazón y las manos tambaleantes y la cabeza con una vida que no es la tuya?

No sé si ya lo entienda o no, pero esa dualidad es, para muchos de nosotros, la raíz de la impotencia más grande que puede ser sentida, amaba ir a clases de Tango, pero mi cabeza las interpretaba como amenazantes  y en algunos momentos dolorosas. Me causaban ansiedad y esa es la única explicación que hasta el momento puedo ofrecer. No sé cómo y quizá es equivocado decirlo, pero creo que él (mi maestro) lo comprendía y quizá sin saberlo fue ayudándome a trabajar con ello. Rápidamente él y yo nos hicimos amigos, buenos amigos, compartíamos muchas cosas y por primera vez, en mucho tiempo, sentía que estaba con alguien que de alguna manera sabía y comprendía por lo que había pasado, yo le admiraba su amor y respeto por el Tango y quería, en algún momento, bailar como el buscaba que lo hiciéramos, sintiéndolo.

¿Qué hizo que me quedara? Algunas de las palabras de él, muchas veces me decía –No pienses tanto- ¡Ja!  Como si con decirlo yo pudiera controlarlo, pero esa insistencia y todo eso que él hacía lograron que por momentos, por pequeños espacios de tiempo yo sintiera que había nada alrededor, no me preocupaba por nada, podía, aunque fuera por el tiempo que dura un giro o alguna otra cosa (dos, tres, 5 segundos) apagar mi cabeza y dejar de pensar. No podía irme de lo que me daba esa paz, de lo que me producía placer y me liberaba; porque si sucedía por esos pequeñísimos momentos, quería decir que podía suceder más y más.

La ansiedad al lado social del Tango continuaba, la anticipación era mi peor enemiga y eso hacía que los inicios de mis clases fueran un tanto incómodas y angustiantes, pero era impresionante como al poco tiempo todo se iba, era sorprendente para mí el cómo la ansiedad cesaba y podía disfrutar e intentar. Me era (todavía) difícil entender y hacer lo que me pedía, todo lo que le escuchaba decir era “espera”, “no te adelantes”, “no, así no” “esto no va a funcionar si no le ponen algo más” y demás cosas que en algunos momentos me hicieron dudar si eso era para mí, pero esos pequeños momentos de sentirme sola con la canción eran más grandes que cualquier duda que pudiera albergar, quería más de eso.

Lo que aprendía ahí iba más allá de la técnica para bailar bien, muchos de los discursos que él nos daba podía retomarlos en otros momentos de mi vida y eso hacía más rica la experiencia, había llegado ahí por obra de quién sabe quién, pero estaba agradecida por ello, si, a veces me enojaba porque me sacaban de mi zona de confort y me exigían cosas que no podía hacer, pero aún en esos momentos sabía que estaba donde debía estar y solamente era cuestión de tiempo para que nuevas pruebas se presentaran.




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