jueves, 5 de febrero de 2015

Los días transcurrieron y así, repentinamente, ya estábamos en vísperas de año nuevo, parecía imposible para mí que el cambio de siglo lo pasara encerrada en un cuarto aislada, con medicamentos para la ansiedad, llena de ronchas y con una sonda en mi cuerpo, pero así fue. Ese día mi mamá y mi hermano estuvieron con la familia celebrando y mi papá fue quien se quedó conmigo cuidándome y tratando de hacerme sentir mejor acerca del hecho de que ambos estuviéramos ahí ajenos a todo lo que representaba esa fecha.

Ambos veíamos la televisión y cuando dieron las 12, después de abrazarnos, recuerdo que volteé hacia la ventana que tenía en ese cuarto y, aunque con dificultad, pude apreciar algunos de los fuegos artificiales que la gente utilizó para celebrar la llegada del año y del siglo nuevo. Ambos estábamos muy alejados de sentir un ambiente festivo, pero mientras veía esos destellos una nueva esperanza se plantó en mí; ese momento representaba el inicio de un nuevo período, era el comienzo de una nueva oportunidad y pensé "este cambio es todavía más significativo para mí, para mis papás y para el resto de mi familia, a partir de ahora todo va a ser diferente", recuerdo también que volteé a ver a mi papá quien ya estaba dormido y en ese momento me prometí que haría todo cuanto estuviera en mis manos para terminar la odisea que nos había llevado a dejar de vivir para caer en una preocupación constante de si viviría, de si no lo haría, o de si alguna vez volvería a correr, jugar, caerme y levantarme como todos los demás.

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