jueves, 5 de febrero de 2015

Durante todo el trayecto mi cabeza comenzó a elaborar hipótesis de lo que me estaba pasando...¿era esto algo relacionado con la ansiedad?, ¿había algún problema con la sonda? o ¿era algo completamente nuevo a lo que también debía enfrentarme? Llegamos al área de Urgencias del hospital donde comenzó mi tiempo de espera para que alguien pudiera atenderme; poco tiempo después nos llamaron y mientras mi papá se dedicó a arreglar trámites y papeles con la recepción y la aseguradora, mi mamá entró conmigo al área de revisión. Ahí, comenzaron los médicos residentes a checarme, a hacerme preguntas y a constatar primero que todo estuviera bien con mi auxiliar en la alimentación.

Aparentemente todo estaba en perfecto estado, yo no tenía síntomas intensos de ansiedad, no había dolor, malestar, ni ningún otro indicador a parte del hecho de que mi cuerpo se encontraba lleno de ronchas...no había parte de mí que no las tuviera y eso me asustó tanto como a mis papás quienes ya estaban cansados de pensar en la posibilidad de que ese lugar donde tantas cosas habían pasado se convirtiera de nuevo en nuestro lugar de confinamiento... alejándonos otra vez de la esperanza de que la pesadilla hubiera terminado.

Los médicos procedieron a hacer algunas pruebas y al poco tiempo regresaron para darnos una respuesta...Varicela. De alguna manera, y a pesar de tener poco contacto hasta ese momento con la vida y el mundo fuera de mi casa, mi cuerpo recibió a esta enfermedad y ésta fue la razón de un regreso tan prematuro al lugar y a la vida que tanto esfuerzo me había costado dejar. Regularmente no es necesario internar a un niño cuando le da varicela, pero yo no era un caso común, así que para monitorear el progreso de la enfermedad que había llegado de una forma muy agresiva y para revisar de manera constante la sonda que traía en mi estómago, los médicos decidieron que iban a hospitalizarme.

Esa ocasión fue diferente a las demás en muchas maneras, primero, mi ansiedad había reducido considerablemente su intensidad, mis horarios de sueño se habían regularizado y aunque no comía siempre por mi cuenta, ya empezaba a probar más cosas a la par de la comida que introducían a mi cuerpo...aunado a eso, los medicamentos que tomaba en esos momentos para contrarrestar la ansiedad me ayudaron a no experimentar los molestos síntomas de la varicela, si bien, mi cuerpo tenía fiebre y estaba completamente lleno de ronchas yo no sentía comezón, ardor o alguna otra molestia, por primera vez mi estancia en el hospital no estaba llena de dudas, de incertidumbre o miedo por lo desconocido ya que sabíamos la causa exacta, el tiempo que permanecería ahí y la manera en que debíamos tratarla.

Me ubicaron fuera del ala pediátrica así que no había peces de colores ni sala de juegos, en su lugar recorrimos un pasillo pálido hasta una habitación grande de colores neutros, con una cama al centro y dos sillones, uno de los cuales sirvió de cama para mi papá quien asumió el rol de cuidador el tiempo que estuve en el hospital. Esa vez las visitas estaban completamente restringidas debido al grado de contagio que mi situación representaba; las enfermeras y los médicos que entraban a revisarme llegaban con guantes y cubrebocas, se deshacían siempre de los instrumentos que utilizaban después de haberme revisado y llevaban mi comida en platos y con cubiertos desechables para evitar que contagiara a alguien más. 

En ese tiempo mi condición era muy diferente a la que tenía meses atrás así que fue una estancia mucho más tranquila y fluida, una estancia que pudo resultar mas placentera si hubiera tenido a alguien con quien compartir y fue en ese momento cuando más me puse a pensar en mi compañera de juegos, deseé de una manera muy especial el poder volver a verla y compartir tiempo con ella... desafortunadamente eso ya no volvería a suceder ya que durante la última vez que la ansiedad me había llevado al hospital, ella, tras algunas complicaciones propias de su enfermedad, falleció. En ese entonces cuando lo supe, no tuve tiempo si quiera de llegar a comprender la noticia, pero ahora que mi estado era mucho mejor podía sentir su ausencia, nunca nos vimos fuera del hospital pero adentro eramos una especie de cómplices porque por mucho tiempo compartimos el mismo "hogar" a la expectativa de lo que sucedería con nuestras vidas ¿cómo era posible que alguien que me había acompañado muchas tardes ya no estuviera? ¿cómo es que lo que sea que controle nuestro destino puede ser tan cruel que enferma y se lleva a alguien que apenas empezaba su vida? No había respuestas a esas preguntas así que en se momento ya sólo podía contar con el recuerdo de su paso por mi vida, breve pero muy valioso para mí.

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