A los pocos días de la llegada de ese nuevo año los médicos me dieron de alta...una vez más. Llegué a mi casa con el mal sabor que cualquiera experimenta tras una estancia en un hospital, pero para ese entonces estaba ya harta de lo mismo, ya conocía a las enfermeras, a los médicos residentes, al personal de limpieza, a los que repartían la comida y hasta a las monjas y sacerdotes que iban a hacer visitas a las habitaciones para buscar ofrecer un poco de consuelo a quienes ahí nos encontrábamos. En ese punto me di cuenta de que ese lugar se había convertido en un destino habitual para mí y yo ya estaba completamente cansada de eso, me hastiaba el pensar en que una nueva posibilidad de dormir en una cama de hospital pudiera volver a presentarse.
En mi casa la rutina se fue estableciendo de nuevo poco a poco, otra vez todos los días mi mamá dedicaba horas y horas a hacer la comida que ella o yo misma hacía pasar por mi sonda, en ese punto la había adoptado ya como una extensión de mi cuerpo aunque siempre con la firme convicción de que fuera solo temporal, mi papá retomó su trabajo de manera habitual, mi hermano de nuevo tenía la oportunidad de convivir con nosotros y no estar al cuidado de mis abuelas o tías y yo, que todavía no regresaba a la escuela, pasaba los días escuchando música, practicando mis ejercicios de respiración, debatiéndome en luchas continuas con las crisis de ansiedad que todavía experimentaba (aunque ya en menor intensidad) y retomando de nuevo el contacto con la familia de quien había estado alejada mucho tiempo.
Ellos, mis tíos, mis tías, mis abuelos y todos los demás sabían el camino que había recorrido, pero nunca habían tenido la oportunidad constante de convivir conmigo así que ahora que ya estaba de nuevo en casa todos querían verme y acercarse para darme ánimos, acompañarme y también para saber cómo era que "comía" a través de la sonda así que cuando iniciábamos el proceso y estábamos en casa de algún familiar me sentía como si tuviera espectadores tratando de comprender cómo funcionaba aquello. Primero calentábamos en el microondas los vasos, me recostaba , colocaba el embudo, limpiaba la manguera haciendo pasar primero un poco de agua y después poco a poco vaciaba el contenido de los vasos directamente en mi estómago así que para cuando terminábamos yo sentía como si hubiera comido un menú completo.
Había retomado también las sesiones con mi Psiquiatra, durante la última estancia en el hospital seguí tomando los medicamentos y ella estuvo al pendiente de mi situación pero no la había vuelto a ver, así que a partir de mi regreso nos pusimos a trabajar intensamente conmigo y con mis ideas. Ella me fue guiando en el proceso de destrucción de ese intruso que buscaba doblegarme y mantenerme presa, poco a poco abrió de nuevo mi vista hacia un panorama más alentador en el que ya no existía tanta aprehensión, tanto miedo o tanta preocupación por cosas que carecían de sentido... comenzó a darme libertad para recoger las piezas que se me habían caído y reconstruir aquellas que había perdido y, así, poder acomodarlas de nuevo para comenzar mi transformación en un persona diferente.
Poco a poco ella fue involucrando tanto a mis padres como a mi hermano a las sesiones y eso hizo que todos aprendiéramos a vivir de una manera diferente, la ansiedad, la sonda, los recuerdos del hospital y el temor de que todo comenzara de nuevo seguían presentes pero ahora todos estábamos adquiriendo habilidades que nos hacían enfrentarnos a todo eso de una manera más eficiente; ya no teníamos tanto miedo, ya sabíamos que tarde o temprano habríamos de poner punto final a ese largo capítulo.
Las semanas transcurrieron con la misma rutina de siempre pero ahora, al menos para mí, había llegado el momento de pensar en regresar a la escuela; toda mi historia comenzó mucho antes de que terminará el Quinto Grado así que yo pensaba que lo más probable era que me hicieran repetir todo ese curso. Yo siempre fui una alumna aplicada que se esmeraba por obtener buenos resultados y eso hacía que mis maestros tuvieran opiniones positivas acerca de mí así que cuando mis padres fueron a hablar con el director de la escuela, quien en varias ocasiones había ido a visitarme al hospital, para hacerle saber de mi mejoría y de mi deseo de regresar él se limitó a felicitarnos por lo sucedido y a decirnos que, si así lo aceptábamos, me pondría un examen que serviría para evaluar mi estado actual y de ese resultado el decidiría si me quedaba en ese grado inconcluso o brincaba a Sexto, el último nivel de mi educación primaria.
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