Al final de esa primer consulta mis primeras tareas fueron asignadas:
1.- series de ejercicios de respiración tres veces al día me ayudarían a mantenerme tranquila o a disminuir el grado de ansiedad que sentía cuando estaba en crisis.
2.- Luchas directas que mantenía con ese "intruso" que consistían en que todas y cada una de las veces en las que comenzará a dudar para dormir o para probar un poco de comida yo debía defenderme de esas ideas y evitar que se implantarán en mí o que accediera a lo que me decían.
Además de eso yo me iría a casa con los dos medicamentos que me habían ayudado desde el momento en que los tomé, Rivotril en gotas tres veces al día y Altruline de 50 mg, así que después de extendernos la receta y explicarlos la importancia de que no fallara a los medicamentos y no faltara a ninguna de mis sesiones procedimos a hablar del costo económico que esto implicaría. Ella en esos momentos ya era una Psiquiatra reconocida y excelente en lo que hacía así que sus honorarios representaban para nosotros algo imposible de hacer tomando en cuenta que debía verla una vez por semana y que el costo de los medicamentos también era muy importante. ¿Qué sucedió entonces? Ella nos ofreció reajustar sus honorarios hasta un nivel que fuera cómodo y posible para nosotros, de manera que el problema que teníamos con el dinero no me llevara a dejar la terapia y a dejar el tratamiento y eso, esa disposición de su parte hizo posible que para mis padres fuera posible el seguir llevándome a su consultorio.
Llegamos a casa asustados por lo que acabábamos de escuchar ¿una enfermedad psiquiátrica?, ¿medicamentos controlados?, ¿ansiedad?, ¿trastorno obsesivo-compulsivo? todo eso aunado a la sonda que traía pegada a mi cuerpo representaban un nuevo reto para todos en mi casa. Ya teníamos respuestas, ya sabíamos lo que pasaba y teníamos el apoyo de alguien que nos guiaría y proveería de recursos para hacer frente, pero no dejaba de resultar preocupante y aún así pensábamos de manera incierta en el futuro...guardábamos todavía una pequeña posibilidad de que todo se repitiera y yo volviera al hospital como tantas veces lo había hecho ya.
Al atardecer mi mamá comenzó la preparación de mi comida, eran horas y horas las que estaba dentro de la cocina procurando hacer todo al momento en que me lo daba y cuidando cada detalle para que no faltara ningún ingrediente y que pudiera continuar ganando peso. Para ese momento ya éramos todos muy hábiles en el manejo de la sonda, fácilmente instalaban el embudo, me alimentaban, me limpiaban y volvían a acomodar todo en su lugar había ocasiones en las que incluso yo misma hacía pasar el líquido hacía mi estómago y cuando era momento de bañarme había ya dejado el miedo atrás y podía manipularla sin miedo alguno.
Esa noche mis papás me compraron una libreta para que comenzará a llevar registro de mis ejercicios de respiración y de las luchas que estaba por tener con mi propia cabeza.
Comencé, inhalaba profundamente y exhalaba suavemente una, dos, tres, cuatro veces así hasta completar la serie que me había sugerido la Doctora, después de eso tome mis medicamentos y de nueva cuenta pude dormir, pude descansar en mi cama durante toda la noche sin darme cuenta de lo que sucedía afuera y sin la presencia inquietante y perturbadora de ideas extrañas que por esa noche me dejaron dormir.
Al día siguiente comenzaron a llegar las llamadas y visitas de los miembros de mi familia quienes habían recibido las noticias de que había comenzado a mejorar y que ya estaba durmiendo mucho mejor, eso, por un lado me llenó de gusto pero por otro fue demasiado para mí y al final de ese día una nueva crisis de ansiedad se hizo presente, la taquicardia, la sudoración, la desesperación y la angustia volvieron a invadir mi cuerpo solo que en esta ocasión tenía armas diferentes para hacerles frente así que me fui a uno de los cuartos de la casa y comencé a defenderme de ese "intruso" por primera vez, ante esa crisis mi cabeza me llenaba de ideas como "todo se va a repetir", "esta noche no vas a poder dormir", "si duermes, algo malo sucederá" y "siempre existirá al ansiedad", pero mi respuesta no fue aceptar esos pensamientos y dejarme envolver por una crisis tan incapacitante que me impedía incluso mantenerme sentada, parada o acostada por mucho tiempo; en esta ocasión, me senté y respondí a cada una de las ideas con una defensa fundamentada: "nada se va a repetir porque ya sé lo que tengo y sé cómo tratarlo", "si las noches anteriores pude dormir, ¿por qué hoy no?", "si algo de verdad amenazante sucediera si duermo tengo a mi Psiquiatra y a un montón de hospitales a los que puedo acudir" y "no, la ansiedad no es para siempre" y así fue que tras 5 o 10 minutos logré, por primera vez en meses logré ser yo quien dominará mi cuerpo y la ansiedad que padecía disminuyó.
Claro que no solamente era mi fuerza de voluntad lo que estaba logrando la mejoría en mí, los medicamentos, las sesiones, mis padres, la sonda y la música se conjugaban para lograr que poco a poco fuera reestructurando la persona que era, pero ahora renovada. ¿Cómo intervino la música? Una de las sugerencias de la Doctora fue que disfrutara de las cosas que me gustaban y que las usara a mi favor así que desde ese consejo pusimos al lado de mi cama en un pequeño buró café una grabadora negra para cassettes y CD´s y todas las noches, sin excepción, después de la "cena" y de los medicamentos me recostaba en la cama, conectaba unos audífonos a la grabadora y escuchaba música mientras hacía los ejercicios de relajación y eso hacía que pudiera dormir, la música me transportaba a estados en los que no existía nadie más que yo, pero un yo tranquilo, un yo firme en la posibilidad de poder vivir sin la ansiedad... estaba fascinada, por fin dormía, por fin estaba dejando de pasar las noches en vela angustiada, expectante y atemorizada de lo que pudiera suceder el día de mañana y de que eso que sentía terminara por consumirme y acabar con mi vida.
En ese entonces, ya en el mes de Diciembre de 1999 la rutina en la casa se había estabilizado, mi mamá hacía todos los días la comida que pasaba tres veces hacía mi estómago, mi hermano había retomado su rutina ya con mis padres en casa, mi papá había ya retomado también su trabajo de manera normal y yo cada vez me sentía mejor y aunque todavía no regresaba a la escuela ya lograba tener más contacto con familia y salir de la casa con menos miedos y preocupaciones de un posible ataque de ansiedad. Todo comenzaba a tomar forma de nuevo hasta que sucedió algo que nadie, ni mis padres, ni yo esperábamos; una noche, mientras estaban alimentándome a través de la sonda, noté una pequeña roncha cerca de donde ésta salía, no le dimos mayor importancia a parte del hecho de que me daba un poco de comezón y que se veía algo extraña así que nos fuimos a dormir solamente para despertar al día siguiente con mi cuerpo lleno de ellas, estaban por todas partes: mi cabeza, mis pies, mis manos, mi espalda, mi estomago, cerca de la sonda, en mi cuello, hasta dentro de mi. Obviamente la alarma se encendió de nuevo y lo que sucedió después fue que me vi recorriendo el camino que ya tan bien conocía hacía el hospital que había sido mi cárcel por varios meses...Solo que en esta ocasión no sabíamos lo que pasaba y los riesgos que esto implicaría para todos.
Comencé, inhalaba profundamente y exhalaba suavemente una, dos, tres, cuatro veces así hasta completar la serie que me había sugerido la Doctora, después de eso tome mis medicamentos y de nueva cuenta pude dormir, pude descansar en mi cama durante toda la noche sin darme cuenta de lo que sucedía afuera y sin la presencia inquietante y perturbadora de ideas extrañas que por esa noche me dejaron dormir.
Al día siguiente comenzaron a llegar las llamadas y visitas de los miembros de mi familia quienes habían recibido las noticias de que había comenzado a mejorar y que ya estaba durmiendo mucho mejor, eso, por un lado me llenó de gusto pero por otro fue demasiado para mí y al final de ese día una nueva crisis de ansiedad se hizo presente, la taquicardia, la sudoración, la desesperación y la angustia volvieron a invadir mi cuerpo solo que en esta ocasión tenía armas diferentes para hacerles frente así que me fui a uno de los cuartos de la casa y comencé a defenderme de ese "intruso" por primera vez, ante esa crisis mi cabeza me llenaba de ideas como "todo se va a repetir", "esta noche no vas a poder dormir", "si duermes, algo malo sucederá" y "siempre existirá al ansiedad", pero mi respuesta no fue aceptar esos pensamientos y dejarme envolver por una crisis tan incapacitante que me impedía incluso mantenerme sentada, parada o acostada por mucho tiempo; en esta ocasión, me senté y respondí a cada una de las ideas con una defensa fundamentada: "nada se va a repetir porque ya sé lo que tengo y sé cómo tratarlo", "si las noches anteriores pude dormir, ¿por qué hoy no?", "si algo de verdad amenazante sucediera si duermo tengo a mi Psiquiatra y a un montón de hospitales a los que puedo acudir" y "no, la ansiedad no es para siempre" y así fue que tras 5 o 10 minutos logré, por primera vez en meses logré ser yo quien dominará mi cuerpo y la ansiedad que padecía disminuyó.
Claro que no solamente era mi fuerza de voluntad lo que estaba logrando la mejoría en mí, los medicamentos, las sesiones, mis padres, la sonda y la música se conjugaban para lograr que poco a poco fuera reestructurando la persona que era, pero ahora renovada. ¿Cómo intervino la música? Una de las sugerencias de la Doctora fue que disfrutara de las cosas que me gustaban y que las usara a mi favor así que desde ese consejo pusimos al lado de mi cama en un pequeño buró café una grabadora negra para cassettes y CD´s y todas las noches, sin excepción, después de la "cena" y de los medicamentos me recostaba en la cama, conectaba unos audífonos a la grabadora y escuchaba música mientras hacía los ejercicios de relajación y eso hacía que pudiera dormir, la música me transportaba a estados en los que no existía nadie más que yo, pero un yo tranquilo, un yo firme en la posibilidad de poder vivir sin la ansiedad... estaba fascinada, por fin dormía, por fin estaba dejando de pasar las noches en vela angustiada, expectante y atemorizada de lo que pudiera suceder el día de mañana y de que eso que sentía terminara por consumirme y acabar con mi vida.
En ese entonces, ya en el mes de Diciembre de 1999 la rutina en la casa se había estabilizado, mi mamá hacía todos los días la comida que pasaba tres veces hacía mi estómago, mi hermano había retomado su rutina ya con mis padres en casa, mi papá había ya retomado también su trabajo de manera normal y yo cada vez me sentía mejor y aunque todavía no regresaba a la escuela ya lograba tener más contacto con familia y salir de la casa con menos miedos y preocupaciones de un posible ataque de ansiedad. Todo comenzaba a tomar forma de nuevo hasta que sucedió algo que nadie, ni mis padres, ni yo esperábamos; una noche, mientras estaban alimentándome a través de la sonda, noté una pequeña roncha cerca de donde ésta salía, no le dimos mayor importancia a parte del hecho de que me daba un poco de comezón y que se veía algo extraña así que nos fuimos a dormir solamente para despertar al día siguiente con mi cuerpo lleno de ellas, estaban por todas partes: mi cabeza, mis pies, mis manos, mi espalda, mi estomago, cerca de la sonda, en mi cuello, hasta dentro de mi. Obviamente la alarma se encendió de nuevo y lo que sucedió después fue que me vi recorriendo el camino que ya tan bien conocía hacía el hospital que había sido mi cárcel por varios meses...Solo que en esta ocasión no sabíamos lo que pasaba y los riesgos que esto implicaría para todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario