A los pocos días después de esa tarde, en el hospital creyeron que debía regresar a casa, ya había ganado algo de peso y no tenía mayor relevancia que siguiera ahí puesto que también de alguna manera mis crisis de ansiedad habían reducido un poco su intensidad lo que me permitía dormir un poco por las noches. Comenzaron el proceso para darme alta que en esta ocasión era mucho más complicado, recibimos la visita de la nutriologa que debía informarle a mis padres cómo ellos iban ahora a preparar esos vasos con el líquido amarillo-naranja que entraba a mi cuerpo, también recibimos a médicos y enfermeras que nos informaron acerca de los cuidados que debíamos de tener para no lastimar mi sonda y las posibles complicaciones que pudieran surgir con ella.
Finalmente llegamos a casa, todos pensábamos que en ese momento nada, nada podía complicarse o salirse de control de nuevo, que ya todos habíamos tocado fondo y que ya ahora todo sería cuesta arriba, pero una nueva desilusión surgió para nosotros cuando al poco tiempo nos vimos de nuevo en el auto y en camino al hospital por un colapso que tuvieron mis emociones y que me tenía en una nueva crisis. Llegamos a urgencias del hospital donde me recibieron los médicos residentes y, por alguna extraña razón, también se acercó una doctora que había estado conmigo desde el inicio...una reumatologa que había sido parte de la pasarela de médicos que intentaron encontrar la causa de lo que me tenía en ese estado. Ella tomó su teléfono y llamó a una de sus amigas, que también era médico, le pidió que viniera a visitarme y tras un tiempo en el que le estuvo explicando mi situación terminó la llamada y le explicó a mis padres que venía en camino una psiquiatra y que quizá ella pudiera darnos algunas respuestas.
Al poco tiempo llegó ella, yo lo único que tengo en mente de ese encuentro fue que la vi, se acercó a mi, me saludó y me observó, no recuerdo sus palabras pero lo que sí recuerdo es que después de su visita y tras sugerir que se me administrara un medicamento nuevo me sentí yo de nuevo, todos los síntomas se fueron, desaparecieron el temblor, la taquicardia, las náuseas, pero sobre todo, sobre todo eso desaparecieron el miedo, la angustia y el sufrimiento que llevaba cargando conmigo desde hacía ya algunos meses y que me hacían pensar que mi vida jamás iba ser de nuevo mía. Esa noche, para alegría y sorpresa de muchos, descansé, dormí, me sentía bien, me sentía aligerada, me sentía liberada.
Al día siguiente recibí de nuevo la visita de la reumatologa para ver cómo había pasado la noche, también recibí la visita de mi gastroenterologo de cabecera y recibí la visita de ella, de la nueva doctora a quien yo ya le debía mi primera noche de sueño. A partir de ahí comencé un nuevo tratamiento, que yo todavía desconocía pero que estaba devolviéndome mi vida y la esperanza de recuperarme y ser yo otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario