El punto clave en el que todo comenzó a empeorar sucedería cerca del mes agosto de 1999, yo me encontraba en un curso de Informática y fue ahí, después de la hora que nos otorgaban para comer, que mi primera gran crisis de ansiedad se hizo presente. Yo no sabía lo que estaba experimentando, es decir, eran sensaciones y emociones conocidas para mi pero engrandecidas, tan intensas que parecían totalmente nuevas, miedo que no me permitía mantenerme sentada o parada o acostada, náuseas, temblor, taquicardia, me sentía completamente ajena al lugar donde estaba.
El instructor, un maestro joven y con una gran vocación a lo que hacía, se percató de que algo no andaba bien; me preguntó que era lo que pasaba pero yo no encontraba la manera de expresarle de una manera que el pudiera entender lo que en ese momento estaba yo sintiendo. ¿Su sugerencia? de inmediato llamaron a una ambulancia para que fuera a mi atención, el maestro tuvo que tomarme en brazos y cargarme hasta donde la ambulancia estaba puesto que para mi era imposible. Al llegar me hicieron la misma pregunta que me había hecho mi maestro ¿qué es lo que te pasa? Y pues, yo de nuevo no encontré las palabras adecuadas así que lo único que salió de mí fue que estaba temblando (cosa que era más que obvia) y que tenía muchas ganas de vomitar, una inyección después mis síntomas habían disminuido considerablemente.
Cuando llegamos a casa y se les dio a mis padres el reporte de lo que había sucedido ellos decidieron que lo mejor era que viera a un médico, y así fue. En ese momento comenzó una serie interminable de visitas al médico en las que siempre obtenía una respuesta similar: un diagnóstico estomacal de gastritis, gastroenteritis, colitis y otras cosas más, obviamente recibía tratamiento para todas aquellas enfermedades, pero sin respuesta o mejora alguna. Lo que se mantenían constantes eran mis síntomas, yo seguía sintiendo náuseas, malestar general, incomodidad, miedo y además de todo eso había perdido también la capacidad de dormir, poco a poco se fue intensificando mi insomnio, un insomnio que era casi siempre acompañado de momentos, de períodos de tiempo en los que ese miedo, esa angustia y esa desesperación se hacían mucho más intensos, estaban tan presentes en mi vida que eso era lo único en lo que podía pensar.
Para mis padres y las demás personas a mi alrededor esta ya era una situación demasiado apremiante, era necesario tomar medidas drásticas y determinantes para tratar de ayudarme y fue así que terminé, después de una de esas noches intensas en las que no hacía más que caminar en la habitación sufriendo por algo que desconocía, en un hospital. Con unos kilos menos y con una fuerza mucho muy desgastada me recibió una Gastroentereloga que de inmediato comenzó con estudios que ella consideraba necesarios: endoscopias, colonoscopias y otros muchos más, algunos imperceptibles y otros que me hacían sufrir tanto como las mismas crisis.
En la habitación, en ese lugar en donde recibía medicamentos de manera constante, las cosas parecían no mejorar, yo para ese entonces ya había perdido el apetito, había dejado de comer de manera considerable, mayormente debido que ideas intrusas, esos pensamientos automáticos me decían que si lo hacía vomitaría y ese al ser uno de mis grandes miedos, lo evitaba a toda costa.
Cuando la noche llegaba la situación no cambiaba, yo no dormía y ese momento era cuando más desesperada me sentía así que mi opción siempre era salir a recorres los pasillos con la bolsa de medicamentos y la mano penetrada por la aguja que los administraba en el cuerpo. Siempre acompañada de mi madre recorría una y otra vez los pasillos de ese hospital hasta que amanecía.
Mi madre, tan joven que era en ese momento (apenas rebasaba los 30 años), era quien junto con mi padre me acompañaban en esas noches de insomnio, ambos perdidos en las ganas de dormir, de manera casi automática empujaban la silla de ruedas en la que me encontraba o movían el carrito que traía los medicamentos con la esperanza de que en algún momento el sueño se apoderará de mi... casi siempre sin éxito alguno.
Los doctores decidieron que debía irme a casa, todos los estudios que me hicieron arrojaban resultados positivos, es decir, no había nada malo en mi y por esa razón me dejaron salir del hospital. Yo pensé que ese había sido el final de mi pesadilla pero no había sido así, ese era apenas el gran comienzo de todo.
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