Ese día, al salir del hospital, ingenuamente pensé que regresaría a mi vida sin la necesidad de contar, de repetir, de obsesionarme y sobre todo sin la apremiante sensación de miedo y angustia que tanto me lastimaba. Pero no fue así y ese mismo día, en esa misma noche, el insomnio regresó a mi y una nueva crisis se hizo presente, toda la noche la pasé en vela en compañía de mis padres quienes impotentemente se dedicaban solamente a estar ahí...era lo único que podían hacer ya que no había nada que calmara mis ideas, mis miedos y lo que en ese momento mi cuerpo sentía. A los pocos días en que esa situación era la única constante mis padres decidieron que era momento de que una vez más ingresara al hospital, y ahí me vi de nuevo, repitiendo la misma rutina de estudios, de noches en vela y de más kilos que iba perdiendo porque no había manera en la que, como cualquier otra persona, yo deseara comer algo.
Los doctores y las enfermeras que estaban a mi cuidado siempre tuvieron una actitud amable, protectora y acogedora hacia mi, quizá porque en ese momento ni siquiera ellos sabían lo que estaba sucediendo conmigo, y solamente se dedicaban a a"atacar" los síntomas que presentaba y a buscar la manera en la que yo pudiera empezar a comer y a dormir, dos cosas tan naturales y automáticas, pero que para mi se habían convertido en lo más difícil y en lo más angustiante que alguien podía experimentar. En una ocasión la médico que estaba a cargo de mi caso se acercó a la cama donde estaba y me dijo: -¿Te gustaría que te trajera algo para que puedas hacer burbujas en la tina del baño y te bañes ahí?- Mi respuesta fue obvia, en mi vida había tenido un baño de burbujas y acepte, ¿su condición? debía comer después.
Después de semi disfrutar ese baño de burbujas (fue así por la ansiedad que me implicaba saber lo que pasaría después) volvió a llegar la hora de la cena y mi mamá me motivó a que probara la comida, (una comida que a pesar de ser de hospital no estaba nada mal) yo lo intenté pero simplemente era algo imposible, dejé a un lado el plato y ya no hice más. Ea misma noche, como todas las demás, mi corazón volvía a latir con fuerza, tenía mucho miedo, me sentía de nuevo encerrada en un cuerpo que parecía sentirse ajeno a mi; si me acostaba al poco tiempo debía levantarme, si me sentaba al poco tiempo me sentía tan incómoda que debía pararme y no me quedaba mas remedio que comenzar a recorrer los pasillos del hospital, sentada en una silla de ruedas o caminado al lado de mi mamá, quien no se de donde sacaba las fuerzas necesarias para mantenerse despierta toda la noche y al día siguiente seguir de pie ahí.
A los pocos días la historia se repitió y salí del hospital porque los médicos decían que no había nada malo en mí, era una niña completamente sana y en ese momento comenzó un nuevo miedo y en mi cabeza surgió además la idea aplastante de que en cuanto llegará a mi casa mis crisis aparecerían con mayor intensidad y no habría ningún médico o enfermera que pudiera ayudarme.
Llegué a casa, para mis padres era de nueva cuenta una oportunidad para que todo se arreglara y una oportunidad más también de voltear a ver mi hermano 4 años más joven que yo y a quien habían dejado al cuidado de una de mis abuelas mientras toda la atención era para mi, pero, esa esperanza no sirvió de nada y durante las noches posteriores a mi llegada a casa e incluso durante el día yo me sentía sumida en mis propias ideas: "ya va a ser de noche, lo peor está por comenzar", "ya es hora de comida, recuerda que si comes vas vomitar, de nada sirve que lo hagas", "nadie te va poder ayudar a las 3 de la mañana cuando te sientas mal." Simplemente era presa de mi propia persona.
Durante las noches y mientras yo caminaba de un cuarto al otro, con miedo llorando, a veces gritando mis padres buscaban la manera de calmarme hablando de que debía estar bien para poder regresar a ver a mis amigos a la escuela y salir con ellos, ir al cine y hacer todo lo que quisiera. Yo ni si quiera los escuchaba claramente lo único en lo que mi cuerpo se concentraba era en lo que sentía y pensaba en esos momentos. La desesperación y angustia de mi familia los llevaron a llevarme a un hospital diferente y a un médico diferente esperando que las cosas fueran también diferentes y que llegara de nuevo la estabilidad a nuestra casa.
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