jueves, 8 de enero de 2015

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Con esa esperanza me vi llegando a un nuevo hospital, en medio de la noche y con una crisis tan intensa que no hubo mas remedio que amarrarme para que me pudieran poner el catéter por donde estaría entrando el suero para rehidratarme y los medicamentos que buscarían mi alivio, al poco tiempo me asignaron una habitación en el ala pediátrica, un lugar muy bonito con peces dibujados en las paredes y una televisión en la que, si quería, podía ver todas las caricaturas que quisiera. Incluso tenía a unos pasos de mi cuarto una sala de juegos con legos, pinturas, un acuario y una televisión mucho más grande para que pudiera ahí distraerme y olvidar un poco la situación en la que me encontraba.

El médico que me recibió, un hombre de mediana edad que parecía que tenía todos los conocimientos necesarios para atenderme, comenzó de inmediato a hacer correr todos y cada uno de los estudios médicos que existían para tratar de encontrar una respuesta a mi problema, me sacaron sangre, me hicieron radiografías, ecografías, electroencefalogramas, resonancias, endoscopias y colonoscopias; algunos de esos exámenes ni siquiera los sentía porque mi ansiedad era tan grande que debían sedarme completamente para que ellos pudieran hacer su trabajo y, para otros, debía mantenerme despierta y alerta y era en esas situaciones cuando más sufría y me lastimaba vivir de esa manera, quería y muchas veces pensé en que morir sería la respuesta que a todos les daría la tranquilidad que necesitaban ya que por un lado yo dejaría de sentir, de vivir con medio y de sentirme envuelta y abrazada por alguien que no era yo, y, por otro lado, mis padres sabrían o al menos tendrían la esperanza de que donde sea que estuviere sería un mejor lugar que donde en ese momento me encontraba.

Independientemente de los estudios que me hicieran el resultado siempre era el mismo, para mi fortuna y desfortuna también no había nada malo, dañado o lastimado en mi cuerpo...todo estaba perfectamente bien. Eso, eso era lo que a mis padres tenía angustiados y a los médicos los había puesto frente a un enigma que no sabían cómo empezar a aclarar.
El punto más critico de todo ese proceso fue cuando debían hacer un nuevo estudio, una simple resonancia que no pudieron llevar a cabo porque mi ansiedad era tan intensa que no podía mantenerme acostada en la camilla el tiempo que lo requerían; se tomó la decisión de sedarme completamente pero, y debido a que yo ya estaba muy débil por no dormir y no comer durante días enteros, al momento en que comenzó a ingresar la anestesia en mi cuerpo, colapsé...Sacaron a mi mamá de la habitación llorando desesperadamente porque mi cuerpo no respondía, supongo que ella pensaba que había pasado lo peor y que eso que soñaba en ocasiones se había hecho realidad.

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