domingo, 25 de enero de 2015

Al día siguiente comenzó la rutina que me acompañaría por un largo período de tiempo, en la mañana, mientras escuchaba los carros del comedor del hospital que hacían paradas en cada uno de los cuartos para entregar los alimentos que sabía que no eran para mi, yo me preparaba también para recibir el mío de una manera diferente... la enfermera tocaba la puerta y entraba con los tres vasos de líquido amarillo-naranja que se convertirían en mi primer alimento del día, cada uno de esos vasos contenía alimentos de todos los grupos había frutas, avena, carne, vegetales y todo lo necesario para que comenzara a ganar peso de nuevo.

La enfermera procedió a revisar mis signos vitales, a irrigar la canalización que tenía en mi muñeca para que descansara un poco y pudiera bañarme después de "comer", después de eso me pidió que me recostara y descubriera mi estómago para que comenzara el proceso que haría por primera vez mi mamá. Yo supongo que ella también estaba muerta de miedo porque era la primera vez que hacía algo semejante, me descubrí el estomago y ahí estaba esa extensión de mi cuerpo que era un recordatorio constante de que algo estaba mal en mí y que nadie había podido descubrir todavía, ella entonces levantó la manguera, dejo pasar primero un poco de agua para después empezar a introducir el alimento, poco a poco, como esperando que no fuera mucho para mi.

Cuando la enfermera vio que todo estaba bajo control se retiró no sin antes advertirnos que debía introducirse todo el contenido de los tres vasos y que ante cualquier situación no dudáramos en llamar, así, al irse nos quedamos mi mamá y yo en el cuarto esperando que terminara mi desayuno y cuando por fin se acabaron los vasos llegó de nuevo la enfermera para revisar que todo estuviera bien, para colocarme una bolsa de plástico en la mano para que pudiera bañarme (esto para no lastimar la canalización que ahí tenía) y que pudiera entrar a la regadera y para explicarme como debía hacerlo ahora que tenía esa sonda en mi cuerpo; afortunadamente la infección que se había generado ya no existía más y ahora solo debía preocuparme por mantener esa zona lo más limpia posible, ella entonces me dijo que debía quitar la gasa que tenía alrededor de la base, dejar que el agua cayera sobre esa área y con un pequeño jabón hacer espuma y dejar que cayera también sobre la zona para mantenerla limpia, que no me tallara y que procurara dejar que la zona secara para después colocar de nuevo las gasas que protegían un poco el lugar donde nacía la sonda que era ya una parte de mí.

Después de escuchar esa explicación entré al baño y con una mano me deshice de la bata que traía puesta y entré a la regadera aunque era un poco complicado para mí hacer todo o que me habían explicado porque solamente tenía disponible una mano, pero eso no era lo difícil,lo realmente complicado fue lidiar con lo que se había generado en mi cabeza al ver mi cuerpo, un cuerpo que no era el mío, que no era como el de todos los niños, yo era diferente, yo no estaba bien y en ese momento la idea de ver eso en mí cada vez que me bañara me hizo desear como nunca el encontrar una solución o la resignación para aceptar que esta sería ahora mi vida, mi carga permanente.

Salí del baño y con ayuda de mi mamá regresé a la cama, me recosté y mientras veíamos la tele esperábamos también que se secará mi estómago para poder volver a colocar la gasa y re-conectarme al suero y a los medicamentos que entraban a través de mi muñeca. Mis días transcurrían entre períodos en los que me atacaba la desesperación y angustia, otros tantos en los que veía por momentos la televisión y otros más en los que iba a la sala de juegos donde a veces me encontraba con una paciente que se había convertido en mi compañera de juegos y cuya mamá representaba también una compañía para la mía. Ella padecía fibrosis quística, llevaba catéter como el que yo tenía para alimentarme, era mucho más delgada que yo y constantemente regresaba a internarse al hospital, pero a pesar de su gravedad cuando nos veíamos jugábamos sin pensar en todo lo que había a nuestro alrededor, éramos niñas, éramos libres.

Los doctores que ya nos conocían, que eran la mayoría, las veces que nos veían en esa sala junto a los peces o en la mesa de colores se acercaban a saludarnos y a platicar con nosotros. Una tarde  y esa fue la última vez que vi a mi compañera de juegos, nos encontrábamos sentadas en las sillas en compañía de nuestras madres y por el pasillo entró un oncólogo que había sido parte tanto de su vida como de la mía (en la búsqueda incansable de diagnósticos me revisaron los médicos de todas las especialidades posibles), se acercó,  nos dio la mano y un beso, nos preguntó como estábamos y después de eso se retiró, cosa que después hicimos las dos para dirigirnos a nuestras habitaciones, ella para recibir las nebulizaciones que le ayudaban a reducir el moco en sus pulmones y yo para recibir la cena a través de mi sonda.

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